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Jueves, 30 Noviembre 2017 19:38

Final y Principio

Publicado por  Jordi Sapés
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La existencia material se desarrolla con ilusión durante la primera mitad, llevados por unas expectativas que convierten cada momento en el primer paso de un futuro lejano que está por venir; todo lo que hacemos tiene un sentido y una finalidad que se realizará más adelante, y nosotros nos realizaremos en ella.  Pero llega un momento en el que se hace evidente que el porvenir se acorta y estas expectativas no se van a cumplir. Entonces los días se hacen monótonos, los años pasan y se terminan, lo que hacemos no es nuevo sino mecánico, repetimos siempre lo mismo y actuamos porque hemos desarrollado una serie de responsabilidades que estamos obligados a atender. Y a cierta edad, el cuerpo empieza a fallar, de modo que incluso estas obligaciones se nos resisten.

Si no hemos desarrollado previamente una sensibilidad por lo esencial y la espiritualidad vamos a interpretar esta situación como el inicio de una decadencia total. Porque la decadencia del cuerpo es un hecho pero, si nos confundimos con el cuerpo, la proyección hacia el futuro, que nuestra mente continua haciendo por sistema, nos presenta un panorama de aniquilación no solo física sino psicológica.


Debemos anticiparnos a esta situación con el tiempo suficiente para evitarla. El remedio es desarrollar nuestra conciencia sustituyendo las expectativas del cuerpo y de la personalidad por las de la mente y el espíritu; porque estas últimas se verán alentadas y liberadas cuando podamos prescindir del cuerpo y de las limitaciones que comporta. Si estamos preparados para ello, claro.


Es un error fatal aplazar la preocupación espiritual para cuando esta existencia se acerca al final, porque no vamos a poder protagonizar de manera consciente algo que no nos consta como real, algo que se nos aparece solamente como ideas para paliar el miedo a la muerte. La conciencia del ser esencial se ha de alimentar en y desde la madurez, de tal manera que se pueda experimentar como algo más real que el propio cuerpo y el mismo psiquismo: como algo idéntico, invariable, constante, invulnerable e independiente de las circunstancias; algo que no ha nacido y por lo tanto no puede morir. Si se atiende esta dimensión trascendente de nuestra individualidad, la pérdida de eficacia física en la vejez y el deterioro del organismo contribuirán a resaltar en la conciencia esta dimensión espiritual. Y viviremos el final de esta existencia como el preludio de algo infinitamente superior.

La religión tradicional nos ha planteado siempre la vida terrenal como un trámite obligado lleno de engaños, dificultades y peligros que nos podían hacer caer en la trampa de una desorientación final susceptible de alejarnos irremediablemente de Dios. Pero el mensaje de Jesucristo, que el Trabajo recoge y practica, es que esta existencia constituye una matriz que conforma y desarrolla cada conciencia individual y personal para que florezca como un nuevo centro de irradiación de la plenitud de Dios, un centro apto quizás para seguir actuando en otros planos trascendentes.

Por eso es tan importante rescatar tiempo y atención de lo que el mundo nos presenta como obligado e ineludible, para poder cultivar la conciencia de ser contemplando la dimensión del espíritu. Y si deseáis un pasaporte seguro hacia la trascendencia, procurad atender estas obligaciones desde un nivel superior de conciencia, de tal manera que vuestra actitud en relación al mundo sea una manifestación evidente de este espíritu que ya es y solo necesita expresar lo que es aprovechando las situaciones que requieren atención y cuidado.

En este mes que finaliza el año, y en el que celebramos con la Navidad el renacimiento de nuestra naturaleza espiritual, puede ser interesante atender nuestras almas desde el silencio interior que proporciona el centramiento, teniendo presente que llega un momento en el que deja de ser un ejercicio para convertirse en la única realidad.

Que sea para todos una Navidad consciente y un año iluminado.

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