Imanol Cueto Mendo

Imanol Cueto Mendo

El niño, cuando es muy pequeño, tiene una conciencia de realidad que, aunque difusa, se refleja en esa gracia, esa mirada que vemos en el niño, esa espontaneidad en el movimiento, esa cosa amable que tiene incluso todo animal joven. Ahora bien, luego empezamos a ponerle etiquetas a las cosas y eso es así porque necesitamos identificar cada cosa, para que se estructure la mente concreta y pueda manejarse en relación con el mundo concreto. Pero lo malo está en que luego nos quedamos metidos dentro de esta mente concreta; pues vemos que los mayores viven así, mentalmente estructurados en porciones, y es a ese mundo de la mente concreta al único que atribuyen la realidad.

Aunque de jóvenes conserváramos una resonancia de esa conciencia difusa infantil, pero amplia, sólo por el contagio de la gente adulta existe ya una inducción hacia esa mente concreta como algo exclusivo. Tendríamos que superar luego la fase de distinguir y separar, para poder llegar a la síntesis, a una abstracción profunda, completando el circuito completo del desarrollo que se ha quedado detenido a la mitad del camino.

Ciertamente, al principio hay que trabajar porque predominan en nosotros los viejos hábitos mentales, los miedos, los recelos, las inseguridades; y aunque en un momento dado nos sentimos muy ligeros, muy libres, al poco tiempo vuelve otra vez la fuerza de la costumbre a encerrarnos en nuestras ideas, en nuestros miedos y precauciones, y hemos de renovar una y otra vez esta Presencia hasta que va adquiriendo una continuidad. Y llega un momento en que esta Presencia constantemente renovada cambia por completo toda mi actitud en la vida en un sentido totalmente positivo; donde había angustia, deja de haberla, donde había preocupación, duda, sospecha, todo eso deja de existir; y me doy cuenta de que interiormente estoy siendo conducido, como en el fondo siempre lo he sido.

Pero ahora reconozco que mi inteligencia no es nada más que una pequeña avanzadilla, una pequeña delegación de la Inteligencia Absoluta. Y al estar conectado con esta gran Inteligencia dejo de apoyarme exclusivamente en mi pequeña delegación. Entonces estoy constantemente atento para ver con claridad desde la Gran Mente, no desde mi pequeña mente; ésta se convierte en lo que realmente es: en una delegación.

Y esto no solamente afecta a la mente para ver y valorar las cosas, sino también al corazón para sentir y a la voluntad para actuar. Descubro que el amor no es algo que fabrico yo, sino algo que me es dado; y que, en la medida que yo me abro a esta Presencia activa de Dios, este Amor-Felicidad aumenta y aumenta, y es como un pozo sin fondo; es realmente una Fuente que mana desde la Vida Eterna. Y me doy cuenta de que la fuerza no es la que tengo yo personalmente, no es la que puedo acumular o renovar a través del descanso, sino que hay una Fuente enorme, fantástica, de Energía que está expresándose en mí, en la medida en que todo yo me mantengo abierto a esta Presencia activa de Dios.

Vivir todos los hechos de la vida cotidiana, incluso los más habituales, de un modo constantemente nuevo, intenso y lleno de sentido. Concebir formas nuevas de resolver dificultades, intuir y expresar las realidades superiores del hombre y de la naturaleza, sea a través del lenguaje científico, filosófico o artístico. He aquí dos formas bien distintas de una misma cualidad fundamental: la creatividad.

Pero de estas dos formas de creatividad, la que aquí nos interesa de un modo especial es la primera, la de vivir diario, la que está al alcance de todos y cada uno de nosotros, puesto que no requiere ningún don ni ninguna calificación o aptitud extraordinaria, sino que exige tan sólo la utilización efectiva de lo que cada uno de nosotros ya posee: la vida, la inteligencia, la energía, la conciencia, el amor, la voluntad.

El ser humano, en efecto, es naturalmente creador, del mismo modo que lo es en grado sumo la Vida de la cual él es una elevada expresión.
La creatividad, pues, no la hemos de ver exclusivamente en aquellos grandes artistas cuyas obras admira la humanidad a través de los siglos, ni tampoco en esos hombres geniales en el terreno de los descubrimientos científicos, de las realizaciones tecnológicas o de las innovaciones comerciales.

Lo que os estoy proponiendo en este ciclo es que nosotros hemos de (o podemos) vivir lo que es nuestra realidad profunda; porque esta realidad ya la somos y, además, en su propio plano ya es consciente; totalmente consciente. El problema está en que mi mente externa está absorbida por unas determinadas cosas; y así es imposible sintonizar con ese plano de conciencia de realidad profunda. Para remediar esto, os propongo distintos medios para despertar a esa realidad profunda, la cual cambiará de manera absoluta nuestra capacidad para vivir y para manejar las cosas.
 
  Pregunta: Esa realización total de la conciencia profunda de uno, que ya es una realidad en sí..., ¿soy yo mismo, en un desplegamiento de mi conciencia de ser? ¿soy yo un punto que me estoy desplegando a partir de todo lo que son aspectos de todo tipo fenoménico o concreto? ¿Es eso mi actualización?
  Blay: Esto es así visto desde aquí abajo, desde la conciencia sensorial.
 

  Pregunta: Sí. Pero es que yo he de partir de aquí abajo para llegar a mí mismo como la conciencia plena y real que soy allá arriba.
  Blay: Pero es que ese «llegar»..., resulta que ya estás ahí ¿sabes?
 

Pero como hasta ahora yo estoy pendiente de las situaciones exteriores, como mi valoración la hago en relación con el mundo, con la gente, con las situaciones, entonces mis emociones dependen del acontecer, de la valoración que yo hago de las situaciones. Así, yo no vivo lo que soy en mí, sino que vivo sólo mi transacción con el mundo; y este modo particular de relación lo vivo como si fuera mi realidad, fuera mi inteligencia, mi felicidad. O sea, que estamos viviendo fuera de nosotros mismos. Estamos viviendo lo que es sólo una expresión nuestra como si fuera nuestra identidad. Y hasta que no descubramos que nuestra identidad está detrás de toda relación, y que ninguna relación puede afectar esencialmente a nuestra identidad -pues desde el principio al fin es siempre la misma-, estaremos pendientes de lo exterior, estaremos sobre un terreno completamente falso.

Otra característica que ha de reunir el amor -y muy importante, yo diría que la base del secreto de amar es que en este aprendizaje que decimos, hemos de procurar expresar el amor, sentirlo y proyectarlo pero apoyándonos cada vez más en nosotros mismos, no en el objeto o persona que amamos. Amar es ejercitar una facultad que tenemos dentro, es expresar una realidad de inteligencia, con la voluntad y la energía.


El amor se desarrolla de dentro a fuera. Cuando amo estoy desarrollando está realidad, esta capacidad que hay en mí, estoy desarrollándome ya de hecho, estoy tomando conciencia de mí mismo, estoy siendo más yo mismo. Por lo tanto amar no es hacer un favor al otro ni tampoco esperar recibir un favor de él. El favor es poder amar, poder desarrollar yo mi capacidad, poder vivir mi ser. Es que estamos acostumbrados a amar sólo en la medida en que el otro se nos ofrece como amable o estimable, en que cumple unos requisitos, unas necesidades, unos deseos nuestros. No hay duda que es así como surge el amor, que éste es el mecanismo inicial de brote del amor. Pero quien quiera desarrollar un poco más el amor ha de aprender a tomar conciencia de su amor como facultad propia y a ejercitar el amor simplemente por el hecho del amor mismo, por la fuerza misma del amor, porque el amar no hace sino expresar su realidad interior, vivirse más plenamente, ser más yo.