La vida sexual...en el practicante de yoga

Escrito por Antonio Blay Fontcuberta

Una vez más hay que distinguir: cuando uno se consagra en cuerpo y alma al Yoga, se aconseja una continencia, si no absoluta, sí lo más estricta posible. Pero cuando una persona practica Yoga dentro de un ritmo de vida activo, entonces la vida sexual no está contraindicada.

     

Se ha de ver bien claro que lo sexual es una función orgánica natural, sana, excelente. Se ha convertido en tabú por varias razones, algunas de ellas plenamente justificadas. Y eso ha dado lugar a que, si bien para muchas personas constituye una prohibición casi de tipo mágico, para otras ha venido a ser un medio abusivo de cerrarse en un círculo de satisfacciones morbosas del que no pueden salir.

 

La función sexual es sana en la medida en que es expresión de una necesidad real orgánica. En este sentido la persona que está casada y lleva una vida conyugal normal no ha de tener ningún gran problema. Lo fundamental, desde el punto de vista del Yoga, tal como yo lo entiendo, es que la sexualidad no se utilice nunca como medio de compensación de nada. Si se hace uso de la sexualidad como necesidad orgánica natural, no ha de haber prevención o miedo respecto a su posible contraindicación para la salud, aparte de factores morales que dependen ya de la formación o de las obligaciones morales de cada persona. Pero aquí hablamos ahora desde el punto de vista higiénico, y queremos dejar bien entendido que el ejercicio normal de la función sexual, siempre que responda a verdaderas necesidades orgánicas, no perjudica para nada de suyo a la salud.

 

Conviene también añadir que, a pesar de lo dicho, la tendencia general de la persona ha de ser controlar un poco este impulso, porque, como ocurre con todas las funciones naturales que van acompañadas de placer, cuanto más se ejercita más se desarrolla, y de la misma manera que muchas personas han empezado a comer por necesidad, por hambre diríamos natural y luego el placer que han experimentado las ha inducido al exceso, convirtiendo el apetito en gula; algo muy parecido ocurre también, o puede ocurrir, con lo sexual. Hay una tendencia a exagerar, a apoyarse exclusivamente en el placer, que llega a convertirse en centro y fin. Pero no ha de ser así, y por eso conviene establecer un control.

 

A algunos puede quizás preocuparles cómo conseguir esta actitud de control. No es nada difícil a condición de que la persona esté entregada con auténtico interés a vivir. Si uno aprende a poner interés en las personas, en las cosas que hace, en sus obligaciones, en su vida espiritual, es decir, en todas las facetas de la vida, tanto internas como externas, si vive todo esto con interés, con entusiasmo, que no se preocupe, pues la sexualidad no se saldrá de su cauce natural. Pero cuando nuestra vida queda coartada, artificialmente condicionada en una de esas direcciones o en varias de ellas, entonces esta capacidad, este impulso de proyección, de entusiasmo no encuentra salida por los niveles superiores, y sigue el camino más fácil de lo inferior, que es lo sexual, la comida o la bebida.

 

Al decir que no encuentra salida nos referimos, por ejemplo, a no trabajar con entusiasmo, a no dedicarse a algo en que poder proyectar los propios valores. Ocurre a personas que viven una vida rutinaria, encerradas en su despacho, con un trabajo que no les gusta en absoluto, conviviendo con otras personas con las que no se compenetran, dentro de un círculo en el que todos o casi todos son factores desagradables. Estas personas no pueden dar salida a su vitalidad, se van cargando y entonces es natural que necesiten buscar de un modo u otro un desahogo, que será lo sexual, la bebida o un apasionamiento de cualquier clase.

 

Pero si esas mismas personas encuentran un modo de abrirse camino por medio de alguna actividad de tipo superior, en la que se hallan a sí mismas, dedicándose a un quehacer creador, si puede ser dentro de su mismo trabajo ordinario, o si no consagrándose aparte al estudio, a la investigación o incluso al trabajo manual -pero un trabajo manual que no sirva sólo para matar el tiempo, sino para crear algo por propia iniciativa,- por propio gusto entonces pueden vivir bien sin experimentar la necesidad de entregarse a abusos viciosos sexuales, etc.

 

No hablamos ahora de sublimar la potencia sexual. Nos limitamos a afirmar que cuando una persona normal expresa de un modo completo su naturaleza, sobre todo si lo hace a través de sus facultades superiores, entonces su vida sexual se mantiene sin dificultad en su sitio.

 

Puede ocurrir, no obstante, que una persona se encuentre en circunstancias especiales que la sitúen al margen del uso normal de la función sexual, sea por su formación religiosa o por su estado de vida, y en este caso le convenga o tenga la obligación de practicar una abstinencia sexual absoluta. A esta persona le viene aún mejor el aprender a entregarse en cuerpo y alma a algo superior, para que su energía sexual no sólo no se desmande, sino que se absorba íntegramente en su psiquismo en un proceso de sublimación. Le ayudará una vida consagrada sin reservas a Dios y además al bien de los otros, en la que gaste el remanente de energías que no consume por su cauce natural.

 

Antonio Blay “Yoga integral”. Ediciones  Cedel, 1965.

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