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Hola.

Os querría presentar un texto de Antonio Blay que, al menos en mi caso, me ayudó a afrontar las situaciones que usualmente me creaban un cierto conflicto interior, y ante las que  por muchas buenas intenciones que le pusiera al asunto, y por mucho que leyera y me propusiera tener una actitud positiva, al final solía acabar sumergido en las mismas tribulaciones de siempre.  En este texto encontré un par de claves para reorientar mi manera de encararlas.

Jordi Calm

Buenas,

Mientras ojeaba el libro Ser de Antonio Blay en busca de un texto para esta sección me encontré con un párrafo, que a continuación os transcribo, en el que se explica un concepto que para mí supuso un antes y un después en mi vida y en el Trabajo. Recuerdo perfectamente, aunque hace muchos años ya, la primera vez que el mecanismo automático de “estimulo- respuesta” falló. Al estímulo no le sucedió nada; sólo unos breves segundos de silencio, los suficientes para bloquear el mecanismo. Durante esos breves segundos, tuve, por primera vez, una sensación enorme de libertad, de liberación. Por esta razón quiero compartirlo con vosotros, con los que empezáis el camino y con los que ya lleváis un trecho andado. Para que sigamos todos atentos.

Un abrazo, María

Si quiero llegar a vivir una plenitud afectiva, el único medio que existe es que yo ejercite activamente mi acto de amar, mi acto de responder con gozo, con felicidad a las situaciones. Mientras yo esté esperando que el exterior me llene de satisfacción, me llene de amor, estaré esperando toda la vida en vano. Lo único que me desarrolla es ese acto por el cual yo ejercito mi potencia.

Curiosamente eso se ve muy claro en el aspecto físico; yo sé que no puedo tener una fortaleza física que no sea el resultado de mi ejercitamiento físico. En la medida que ejercito, que hago gimnasia, que hago ejercicio físico, etc.…, en esa medida soy más fuerte y no puedo esperar ser fuerte si no me ejercito.

Antonio Blay

Todo ser racional, en un momento u otro de su vida, tiene que detenerse a pesar de su más o menos agitado ritmo de vida diaria, para enfrentarse con un enigma fundamental que exige una respuesta clara, inmediata y contundente: Yo, ¿por qué existo?, ¿para qué estoy viviendo?, ¿cuál es el sentido de mi existencia?, ¿qué es la vida?

A mí no me gusta hablar de poner límites a la libertad porque no considero que la libertad consista en hacer lo que me da la gana. Deberían poner límites a mi libertad si yo fuera una energía caótica sin dirección ni propósito que ignora que mis actos afectan a la gente que tengo alrededor. Pero, para mí, la libertad es la capacidad que tengo, en una determinada circunstancia, de elegir entre dos o más respuestas adecuadas, todas con sentido y todas útiles.

Siguiendo el hilo del artículo de julio, podemos aplicar a la situación social el mismo criterio que aplicamos a nuestros problemas personales. 

Hay una crítica del personaje que consiste en rechazar las cosas porque no coinciden con el presupuesto que él tiene de lo que le ha de suceder. Porque él vive en un mundo en el que las cosas le suceden a él, como si fuera el centro de este mundo. Este rechazo es total, en bloque, no se detiene en detalles ni profundiza en ellos porque lo considera una pérdida de tiempo; simplemente esto no es de recibo para él. Y dado que no se cuestiona estos presupuestos, se encuentra en un callejón sin salida, viviendo en un mundo negativo, en el que nunca  pasa lo que debería pasar. Pero si se le pregunta por lo que cree que ha de suceder, tampoco lo sabe; sólo sabe que esto no. Es decir, no tiene una alternativa para la realidad, solo tiene exigencias.

De acuerdo con la línea de Antonio Blay, llamamos actitud positiva a la conducta propia del yo experiencia: cuando ya estamos despiertos y somos conscientes de que nuestra naturaleza es ser capacidad de ver amar y hacer. 

Actitud positiva es lo mismo que actualización del potencial, es hacer aquello que está en nuestra naturaleza: tratar de entender la realidad, interesarnos por ella y mirar de perfeccionarla con nuestra acción. Actitud positiva viene de “poner”; ponemos luz, atención y combatividad. No viene de “me parece muy bien” o de “estamos de acuerdo en todo”.

La mayor parte de nuestros pensamientos, emociones y acciones se produce en un nivel subconsciente  que no percibimos a no ser que lo observamos expresamente.  Por ejemplo, no prestamos atención a los movimientos que hacemos para caminar. 

Pues bien, con los pensamientos sucede lo mismo. No nos damos cuenta de que cuando salimos de casa para ir al trabajo, pensamos donde está el trabajo. Y que, a la vuelta, recordamos donde está nuestra casa.  La existencia de esta clase de pensamientos sólo se pone de relieve cuando se produce una anomalía, como la amnesia. Si sufro un accidente que me causa amnesia transitoria, lo único que sabré es que soy yo; pero no recordaré nada: ni como me llamo ni donde vivo.  Es una de las maneras  de quedarse sin personaje.

En “Alicia en el país de las maravillas”, hay una anécdota muy divertida: Alicia y la Reina corren a toda pastilla y, de pronto, Alicia cae en la cuenta de que el paisaje no cambia. Extrañada, Alicia le pregunta a la Reina qué está pasando; y esta responde: es que corremos tanto para conseguir mantenernos en el mismo sitio. 

Este fenómeno describe muy bien la existencia del personaje: corre constantemente para no perder lo poco que tiene y mantenerse en una realidad que le disgusta. Su mundo está lleno de paradojas: Si le preguntas al personaje qué ha pasado hoy, lo habitual es que te responda que no ha pasado nada. Y si no te conformas con la respuesta te explica las cosas que no han sucedido; por ejemplo: hoy tampoco le ha tocado la lotería.

Voluntad viene de “volo” que, en latín, significa querer. Eso es importante tenerlo en cuenta porque “tener voluntad” equivale mantener un deseo el tiempo suficiente para que se transforme en acto. Llamamos “falta de voluntad” a querer algo, pero quererlo poco; de tal manera que cualquier otro deseo pasa por encima de eso.

Sabemos por ejemplo que es importante conseguir un título académico y que para ello es necesario aprobar unos exámenes. Así que pensamos que tenemos que estudiar, al menos la semana antes  de los exámenes. Queremos estudiar para aprobar pero, a los pocos minutos, también queremos ver una película; y este segundo deseo es más fuerte que el primero.