Jordi Calm

Jordi Calm

Siempre que vamos más allá de lo particular, sea agradable o desagradable, descubrimos esa base inmutable de plenitud, de realidad. Siempre. Lo que pasa es que generalmente nos vienen ganas de ir más allá cuando estamos muy mal donde estamos, cuando lo pasamos mal; en cambio cuando lo pasamos bien, no buscamos nada más. Por eso se dice frecuentemente que la persona sólo se despierta debido al sufrimiento. Pero cuando lo pasa bien, queda amarrado al bien particular, pero eso no es una necesidad, es simplemente un hábito.

Cuanto más estoy descubriéndome yo como ese foco de energía, inteligencia y afectividad, y no como una forma particular de sentir, de pensar y de hacer, cuanto más me vivo como fondo más veo lo maravillosa que es cada persona tal como es. En cambio, cuanto más me vivo como forma particular más estoy dividiendo a las personas en unas que van a favor y otras que van en contra. La prueba de que se vive realmente en lo esencial de uno es esta facilidad natural de aceptar a la otra persona de verdad, no de una manera vaga, implícita, sino de un modo actual como tal persona en particular. Ello quiere decir que estoy viviéndome en lo fundamental.

Otra consecuencia de esto que estoy explicando es que yo no soy solamente yo, sino que también soy la imagen que tengo del otro, la cual para mí es el único otro que conozco. La imagen que tengo de mi mujer es la única que conozco. Ella es ella, pero yo la conozco solo en la medida en que soy consciente de ella y del modo en que soy consciente de ella.

(continuación del anterior)

Armonización de lo superior con lo inferior

El cuarto requisito, y éste ya es para ir desarrollándolo sobre la marcha, es el de procurar trabajar lo espiritual de manera que se armonice siempre con los niveles elementales de la personalidad. Hay personas en las que su descubrimiento de lo espiritual es explosivo y que, entonces, se dejan llevar por esta demanda o por esta experiencia que puedan tener de lo espiritual y se vuelven de espaldas a todo lo que es vida de su personalidad, de su mente concreta, de su vitalidad, de su cuerpo, siendo esto completamente erróneo.

Demanda auténtica.

¿Qué requisitos, pues, hay que tener o hay que seguir para tratar de abrirse paso en este sendero espiritual? El primer requisito es que hay una demanda auténtica. Nadie puede ir a lo espiritual porque él personalmente lo decide así. Lo espiritual solamente amanece en nosotros, cuando se abre paso a través de nuestras estructuras personales, es un crecimiento, es un desarrollo que viene de dentro; por mucho que me hayan educado a mí en un ambiente de tipo religioso, o del tipo que sea, esto no producirá en mí ni siquiera un poco de desarrollo, de apertura espiritual.

El Yo-experiencia (lo real) o personalidad es el resultado de todo lo que vivimos de un modo activo. Gracias a las experiencias, dijimos, movilizamos las energías, desarrollamos nuestros niveles, actualizamos nuestra inteligencia y adquirimos unos modos de reacción ante las situaciones. Esta respuesta que damos una y otra vez va desarrollando en nosotros un eje que es la base de nosotros mismos en el mundo de los fenómenos, en lo existencial. Yo realmente soy lo que he desarrollado: en inteligencia, en energía, en afectividad, en capacidad de adaptación, etc.; ésta es mi verdad objetiva, yo soy exactamente esto.

Hay un aspecto de la relación humana que conviene aclarar, porque muchas personas, cuando se les habla de la dimensión espiritual, de la actitud receptiva, de la comprensión ante los demás, etc., tienden a asociar esas actitudes a una disposición meramente pasiva o de tolerancia, y esto puede dar lugar a unos malentendidos que no deben existir.

Nuestra relación con los demás es, al principio, una relación de superficie; yo estoy identificado en mis modos de ser y percibo al otro sólo en sus modos de ser; yo me vivo a mí mismo por criterio de comparación: yo soy más o menos que lo de más allá, y mi valoración de lo otro está en función de estos más y estos menos con los que me valoro a mí mismo.

Lo más importante es que yo aprenda a descubrir la importancia del otro, que yo aprenda a descubrir que el otro, tan sólo por el hecho de ser el otro, sea quien sea ese otro, es al menos tan importante como yo. Por lo tanto, tengo que aprender a descubrir este valor: el otro tiene la misma realidad que yo, tiene una vida interior exactamente como la tengo yo, tiene una voluntad interior, unas aspiraciones, unos deseos, un modo de ver las cosas, una experiencia detrás de sí, está viviendo todas las situaciones por lo menos con la misma intensidad como las vivo yo, y son tan importantes para él como lo son para mí. Pero yo nunca vivo esto así. Teóricamente acepto que es así, pero a la hora de tratar con los demás yo me hallo centrado en mi modo de pensar y de sentir, y los otros modos de pensar y sentir son para mí secundarios, muy secundarios.

En el momento de la relación humana yo he de aprender a vivir al otro con la misma realidad y la misma importancia con que me vivo a mí.

La relación con el mundo exterior es un medio enormemente rico que nos permite desarrollar todas nuestras cualidades positivas; es un medio por el cual yo puedo ejercitar la expresión de mis cualidades positivas, esas cualidades que constituyen mi ser, mi personalidad; es un medio para poderlas ejercitar deliberadamente, sistemáticamente y a todos los niveles.