Miquel

Miquel

Cuando mi hermano y yo éramos niños solíamos jugar a béisbol. Aunque no tendríamos mucho más de 10 años, llegó un día que nos dejamos de chiquilladas y empezamos a jugar como profesionales: Teníamos un robusto bate de madera mayor que nosotros y, aunque solíamos batear pelotas de tenis, un día compramos una pelota de cuero que pesaba un quintal, cuyo corazón siempre imaginé de hierro.

Uno de los ejercicios que nos acercan más a la esencia de nosotros mismos es la difusión de los frutos del camino. Cada avance que hacemos nos permite vivir la realidad en un punto desde el cuál podemos ayudar a otros.

Decir que el Trabajo Espiritual tiene que ser un estilo de vida no implica dejar nuestro trabajo para hacer de maestro y llevar alumnos.

A menudo cuando empezamos en el Trabajo muchos de los conceptos que nos explican nos suenan muy bien, incluso descubrimos una cierta sintonía interior con ellos; sin embargo, también suele suceder que, a la hora de aplicarlos en nuestro día a día, esa claridad se difumina, a veces con rapidez. Por ejemplo: nos es fácil entender que hay un yo-idea y un yo-ideal que nos hacen bailar la cabeza, incluso podemos ser capaces de reconocerlos puntualmente, pero de ahí a identificar las dicotomías que establecen en nosotros, y constatar hasta que punto somos marionetas de estas dicotomías es fácil que se nos escape, sobre todo si no hemos concluido aún el análisis del personaje a través de los eventos.

Muchas veces, en los artículos de ADCA hablamos de la necesidad de estar despierto como único remedio al nivel de conciencia del personaje; al que, por el contrario, llamamos estar dormido. Esta necesidad de estar despierto, de ser conscientes de ser el sujeto de nuestra existencia, cae por su propio peso cuando las pesadillas a las que nos somete el personaje se hacen insoportables y uno busca algo sólido y verdadero.

El pasado sábado 12 de octubre tuvo lugar la primera Asamble Anual de ADCA. Fue una magnífica oportunidad para revisar el camino recorrido hasta el momento y también para compartir con todos los asistentes las excelentes perspectivas que la Asociación, gracias a la colaboración de todos, tiene en estos momentos.

Por la tarde se celebraron varias ponencias, de las cuales iremos dado cumplida cuenta en otros apartados de esta web.

Llevo nueve años en el Trabajo Espiritual, en la línea de Antonio Blay y con la ayuda de Jordi Sapés. Lo inicié justo cuando estaba terminando los estudios de ilustración y empezaba a buscarme la vida en lo profesional, en el mundo de la ilustración y de la pintura.

Hace unos cuatro años que inicié la andadura por el Trabajo. No por una situación de crisis sino por  “casualidad”; y, cómo no, debido al interés del personaje por ser “más y mejor”.

Di los primeros pasos y durante más de un año, por el “desierto” de identificar el personaje y la dificultad de notar mi presencia. El simple gesto de darme cuenta me traía de cabeza.

Todas las personas que hacemos el Trabajo experimentamos un progreso palpable en muchos aspectos de nuestras vidas: nuestra capacidad para tratar las circunstancias que nuestro entorno nos presentaba, un mayor reconocimiento y vivencia de nuestra realidad esencial, y así podríamos seguir desplegando un abanico que sería bastante amplio.

A menudo, en charlas y cursos surge de parte de los asistentes un tema que va volviéndose recurrente y que podríamos resumir como sigue: de qué forma podemos evitar en nuestros hijos la génesis de este personaje que tanto condiciona en la actualidad nuestras vidas. Nuestra respuesta  suele ser que, de entrada, las explicaciones que damos son básicamente para que los asistentes al curso entiendan su propio personaje.

La experiencia de Oseira ofrece una panorámica del proceso que se ha intentado seguir. Esta experiencia no sólo recoge el momento vivido en el Monasterio, sino todos los pasos dados previamente en la asimilación de los textos preparatorios, así  como el bagaje que cada uno  lleva desarrollando a través del centramiento y del despertar en la vida cotidiana. Sin esta base de trabajo que requiere la actitud despierta del potencial que somos,  y el correlativo ejercicio de las capacidades inherentes a éste en la vida diaria, se tendría más dificultad en asimilar los textos preparatorios. Estos ayudan a enfocar la atención para concentrarla y profundizar en la experiencia esencial.Así  esos textos no tendrían sentido si no pudieran fertilizar  la tierra ya trabajada, valga la metáfora,  puesto que se quedarían en ideas necesarias para una guía interior, pero  no irían más allá de los conceptos o creencias.