Jordi Sapés de Lema

Jordi Sapés de Lema

Dice Antonio Blay: la lucidez es el que ve en el acto de ver; el sujeto que ve y la actualización de la capacidad de ver; actualización que, obviamente requiere de un objeto que está siendo observado. Pero fijaros que aquí no hay juicio por ninguna parte; la lucidez no opina si lo que ve está bien o está mal. Ve lo que hay y el sentido que tiene. 

Últimamente se habla mucho de exceso de información. Dicen que este exceso nos impide asimilar una noticia porque justo cuando la estamos mirando nos llega otra. Dicen que esto ha conseguido hacernos impermeables a las desgracias y que las cosas que suceden ya no nos sorprenden ni nos alteran. En otras palabras: no tenemos tiempo de juzgar la información que recibimos y nos olvidamos de ella. Y se quejan de que esto genera despreocupación moral, porque no juzgamos ni condenamos; ya nada nos sorprende.  

En mi artículo del mes pasado comentaba que con el desplome de la Unión Soviética había caído también el humanismo: la idea de que la sociedad evoluciona apoyándose en el esfuerzo del ser humano. Me olvidaba de Cuba, de la revolución que hizo posible que un pueblo condenado a ser el burdel de los EEUU se levantara y alcanzara con su esfuerzo la completa alfabetización de sus gentes y la sanidad gratuita para toda la población.

 

Nadie discute la importancia que ha tenido el pensamiento racional y el desarrollo de la ciencia en la evolución de la humanidad. Otra cosa es que podamos seguir manteniendo la idea de que estos factores, por sí solos, nos conducirán al incremento de la conciencia y a la felicidad.

Desde la Revolución Francesa el pensamiento filosófico no solo se había considerado capaz de explicar todos los fenómenos sociales sino que presentaba los periodos turbulentos de la historia como una transición entre un nivel de desarrollo agotado y otro superior.

La encíclica del Papa Francisco sobre el trato que el ser humano está dando al planeta del que formamos parte no dice nada que no se esté afirmando desde hace tiempo: Dios dijo “dominad la tierra”, no dijo “destruidla”; el sistema capitalista opera exclusivamente en términos de beneficio a corto plazo y no considera como gasto la destrucción del medio ambiente; los estudios de preservación del mismo que se adjuntan a los grandes proyectos urbanísticos son un trámite meramente estético para cubrir las formas; los gobiernos son incapaces de tomar decisiones a largo plazo, más allá del período que les toca gobernar y se despreocupan de los problemas que sus decisiones van a causar a las generaciones futuras, etc.

El privilegio más grande del Trabajo espiritual es descubrir que las ilusiones de nuestra infancia están de nuevo a nuestro alcance. Si tu infancia es normal, en los primeros años no tienes que preocuparte por nada: el entorno se cuida de ti, te sientes querido, aceptado y valorado, vives rodeado de estímulos y celebraciones, tu vida es una constante y apasionante aventura y no te acabas el mundo.