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El Sermón de la Montaña. Interpretación según la línea de Antonio Blay. (3ª parte y final).

Escrito por Jordi Sapés de Lema

(Viene del artículo con el mismo nombre publicado el los dos  boletines anteriores https://autorrealizacion.org/articulos-adca)

 

El camino real pasa por “tener hambre y sed de justicia”, por el propósito de atender lo mejor posible lo  que la existencia nos presenta. Esto es lo que Blay llamaba “actitud positiva”, que viene de poner; poner inteligencia, amor y energía en la respuesta que damos ante cualquier circunstancia. La actitud positiva no significa ser muy guay, muy positivo, optimista y marchoso; significa estar despierto, estar presente, ser protagonista consciente de la existencia. Protagonista en el sentido de constatar que somos capacidad de ver, amar y hacer y que hemos venido a este plano a ejercitar estas capacidades para mejorar el entorno en el que estamos participando. No hemos venido a pasarlo bien, sino a trabajar.

     Ejercitando estas capacidades, tomamos conciencia de serlas y, entonces, el resultado que conseguimos pasa a un segundo término, porque lo que resalta es nuestra naturaleza esencial. A menudo, repetimos que somos inteligencia, amor y energía, como si lo fuéramos estudiando en un catecismo, pero lo gozoso es experimentarlo. Es lo que llena y satisface: ejercitar lo que somos. Y no necesitamos razones para justificar una acción dirigida a extender el bien lo máximo posible: el mismo propósito contiene  su justificación.

   

     Este cambio de actitud, en nuestra relación con el mundo, nos lleva a quererlo, a sufrir con él, en vez de sufrir por causa de él. La compasión y la misericordia no son algo que tenga que ser forzado, no son un ejercicio de “bondad” que la personalidad se pueda atribuir, son productos de la conciencia, que precisa de un entorno que la estimula y nos contiene. Los misericordiosos alcanzan la misericordia porque experimentan la unidad con el todo; no es cuestión de ser muy buenos, sino de ver claro que la palabra “yo” carece de sentido si el mundo y la realidad están ausentes en nuestra conciencia.

 

     La conciencia de pertenecer a la totalidad excluye por completo una visión egocéntrica de la existencia. Solo cuando la mente puede mirar la realidad sin necesidad de interpretarla de forma interesada, puede contemplarla tal cual es y comprenderla. Entonces, se descubre el Ser detrás de las formas, porque se mira la forma y no se la juzga. La pureza de corazón es la ausencia de prejuicios, intereses, apriorismos e ideales; sobre todo, de lo último, porque el peor enemigo de la realidad es el yo ideal.

 

     El pacifismo que predica la séptima bienaventuranza [“Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios”] no consiste en luchar contra el conflicto. Luchar contra el conflicto solo lo incrementa. El conflicto, en el seno de esta totalidad, es algo indispensable para su evolución. No hay buenos y malos, hay personas cuya función es remover la realidad para hacer que evolucione, y otras que están ahí para consolidar estos avances. La totalidad los incluye necesariamente a todos. Nosotros hemos de promover que los buenos atiendan a los malos, en vez de rechazarlos, porque los malos ponen en evidencia los desequilibrios existentes que hay que resolver.

 

     No es malo ser perseguido, no es malo estar lleno de dudas y experimentar la incomprensión de la gente de nuestro entorno. Cuando estamos seguros de a dónde vamos y de por qué hacemos las cosas, nos resulta relativamente fácil contestar a las críticas. No exigimos a nadie que nos siga, pero tampoco prestamos oídos a sus avisos y recomendaciones. No obstante, el problema es cuando nosotros mismos nos sentimos en una posición totalmente inestable. Entonces, nuestra propia mente nos da cantidad de razones para abandonar un camino lleno de interrogantes y volver al comportamiento que cuenta con el consenso social.

 

     Cuando esto ocurre y seguimos caminando, es porque algo inexplicable nos impulsa a continuar; significa que estamos en el buen camino, viviendo nuestra pasión personal. Lo que experimentamos como sufrimiento, no es sino el proceso de purificación necesario para alcanzar nuestra meta: la realización en el Ser. El consenso social está preñado de incomprensión, injusticia y crueldad y nuestra existencia se ha de organizar para servir a la esencia, modificándolo. El camino que estamos siguiendo es el de la humanidad y la espiritualidad es su faro. No es algo que podamos esconder en nuestra intimidad. Esto es lo más importante que nos señaló Jesucristo.

 

Jordi Sapés de Lema.  El evangelio interpretado desde la línea de Antonio Blay. Colección Jordi Sapés. Boira editorial. Lleida. 2020.

Imagen: pixabay

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