El Sermón de la Montaña. Interpretación según la línea de Antonio Blay. (Segunda parte, de 3).

Escrito por Jordi Sapés de Lema

 

Indicaciones para el Trabajo espiritual:

Ante la complejidad de la personalidad, es necesario colocarse en los niveles superiores de conciencia y observar desde allí la existencia. Las cosas no se entienden de abajo arriba sino de arriba abajo.

Puesto que, de entrada estamos abajo y no arriba, resulta difícil percibir la verdad; pero, si tenemos intención de encontrarla, lo Superior viene en nuestro auxilio a través de la intuición.  La verdad no es una idea que se pueda encontrar en un libro o escuchar por boca de alguien, es una visión que da sentido a lo que nos parece contradictorio, injusto o inaceptable, pero está ahí, delante de nosotros o dentro de nosotros. La verdad nos hace libres porque resuelve estas contradicciones, pero solo lo Superior en nosotros es capaz de buscarla y encontrarla.

     Inicialmente, esta verdad intuida se nos presenta en forma de desacuerdo con la hoja de ruta que la sociedad nos presenta. No nos atraen los objetivos que se nos proponen, pero tampoco tenemos clara una alternativa; más bien nos encontramos confundidos y desorientados. Todo el mundo parece tener claro lo que quiere y hacia dónde va, menos nosotros. Nos llueven consejos y propuestas por todas partes y ninguna nos hace el peso. Incluso, acabamos dudando de nuestra capacidad de ver, como si fuéramos un poco retrasados intelectualmente. Pero esto nos obliga a investigar en nosotros, y esta búsqueda pone en marcha nuestra capacidad de ver.

 

     También nos sentimos tristes e insatisfechos a nivel afectivo: las relaciones que tenemos no nos llenan, las diversiones al uso no nos atraen y nos sentimos vacíos y faltos de ilusión por las cosas que interesan a los demás. La gente nos invita a participar y a disfrutar de lo que ellos valoran, pero no conseguimos vibrar en su frecuencia. Tampoco le echamos la culpa a nadie; más bien nos acusamos a nosotros mismos de ser raros, sosos o aburridos. Y esto nos obliga a buscar  el amor donde realmente está:  en el interior de nosotros mismos.

 

     Por último, dado que no competimos con nadie, tampoco caemos en la tentación de culpar a los demás de nuestras dificultades. El hecho de no ver claro el camino que nos han preparado, nos coloca ante la necesidad de buscar nuestro propio camino. Y esto conlleva un esfuerzo personal que nace de nosotros mismos y que, aparentemente, es todo menos exitoso.

 

     Así que la puerta de entrada a la trascendencia no es precisamente espectacular. Además de rechazar lo habitual, tenemos que desprendernos de la poca o mucha influencia que los hábitos han ocasionado en nuestra personalidad. Debemos reconocer que la realidad no está equivocada, que somos nosotros quienes lo estamos y que la causa de nuestros desengaños y desilusiones reside en las expectativas que hemos alimentado.

 

     Todo esto hay que soltarlo; es lo que llamamos personaje. Y, en principio, parece como negativo; pero, visto desde lo Superior, son bienaventurados los que  toman la conciencia de no saber gran cosa, los que sufren y los que aceptan sus propias dificultades como algo que han de remediar por sí mismos.

 

     El despertar empieza por dudar de las ideas, sigue con los sentimientos y acaba desactivando las reacciones mecánicas del personaje. A partir de ahí, empieza la realidad y el desarrollo sigue el camino inverso: actuamos en un modo consciente, en respuesta a las circunstancias que se nos presentan. Nos sentimos así integrados en una realidad más amplia, que nos incluye y nos posibilita participar en ella, y acabamos contemplando esta realidad como un todo, que es la única manera de comprenderla. Este segundo tramo empieza en las acciones y asciende hasta la visión; parte de la práctica, no de las ideas.

 

     Si queremos utilizar las ideas del Trabajo espiritual como sustituto de las que veníamos profesando, es cuando echamos la sal a perder: el Trabajo espiritual se desvirtúa y pierde toda eficacia. A veces, sería mejor no haberlo conocido, porque alimenta el yo ideal, creando un superpersonaje que se considera más listo que los demás, y utiliza estas ideas para obtener éxito y manipular mejor. Es algo muy triste, que solo se puede combatir mediante la honestidad y el rigor.

 

(Continúa y termina en el próximo boletín.)

 

Jordi Sapés de Lema.  El evangelio interpretado desde la línea de Antonio Blay. Colección Jordi Sapés. Boira editorial. Lleida. 2020.

 

Imagen: Pixabay, mar de Galilea.

 

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