El Yo Experiencia o personalidad como baremo del Trabajo Espiritual

Escrito por Jordi Sapés

Probablemente, la idea budista de que todo es maya (espejismo, fantasía), combinada con el concepto occidental del Ser como realidad eterna y permanente, nos conduce a no dar la suficiente importancia a nuestra personalidad en el marco del Trabajo espiritual.

Queremos saltar de la nada al ser esencial porque a veces tenemos vislumbres de este ser esencial. Sin embargo, inicialmente y durante mucho tiempo, nuestra personalidad es el único punto de referencia que tenemos para constatar que realmente estamos avanzando.

Justamente por ello, el primer paso real en la práctica consiste en descubrir que personalidad y personaje no son lo mismo:

La personalidad es la forma a través de la cual se manifiesta la esencia en cada uno de nosotros, consta de un cuerpo físico y de un psiquismo capaz de comprender, relacionarse y actuar en el mundo.  Tanto el cuerpo que tenemos como los conocimientos, la sensibilidad y las habilidades que hemos desarrollado son totalmente benéficos y  positivos; y además nos distinguen de cualquier otra persona: somos únicos en la existencia. El problema es que estamos tan acostumbrados a buscar en el exterior aprobación, cariño y seguridad, que hemos acabado confundiéndonos con lo que creemos que los demás piensan de nosotros. Y si no tenemos el éxito esperado, nos juzgamos deficientes e incapaces de brillar con luz propia. Esta idea negativa de nosotros es lo que llamamos personaje.

Así que no se trata de desenmascarar el personaje para retirarnos al Ser esencial sino para recuperar la visión, el valor y el control de este vehículo que la esencia está utilizando para manifestarse en la existencia.  Y esto se hace constando lo que somos existencialmente en vez de pensarnos; se hace tomando conciencia del cuerpo que tenemos en vez de compararlo con el del artista que está de moda; observando lo que conocemos realmente en vez de defender una opinión porque es la nuestra; constando la capacidad de interesarnos por las virtudes que muestran los demás en vez de buscar sus defectos; y actuando en cada momento de la mejor forma posible en vez de quejarnos porque las circunstancias son difíciles. Resumiendo: mirando lo que hay en lugar de pensar, resaltar y hablar de lo que no hay.

Tanta es la costumbre que tenemos de actuar de esta forma tan absurda que, de entrada, cambiarla parece dificilísimo. Y sin embargo no lo es: basta con despertar, con tomar conciencia de nuestra presencia aquí y ahora. Y para eso no hace falta ir al fondo, es suficiente con retrasar un poco nuestra atención, que suele estar por completo fuera de nosotros, hasta incluirnos en ella; sin por ello dejar de atender al exterior. Simplemente con esta atención un poco más profunda, nos descubrimos siendo alguien concreto, con capacidad para decidir. Y a partir de aquí tomamos las decisiones nosotros en vez de subordinarnos a las exigencias que el personaje nos obliga a satisfacer en busca de aprobación.

Es como tener dos programas informáticos para el ordenador que constituye nuestra mente: El programa del personaje dice que no somos nadie, no valemos nada y no podemos gran cosa; y añade que hemos de aprovechar cualquier situación para conseguir un poco de estima, seguridad y  reconocimiento. El programa de la personalidad dice que somos capaces de entender las cosas, interesarnos por los demás y hacer lo posible para mejorar nuestro entorno; así que observa las circunstancias como una ocasión de aportar algo. Con el programa del personaje nos sentimos pobres y limitados y con el de la personalidad útiles y creativos.

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Escrito por Jordi Sapés
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1 comentario

  • Enlace al Comentario Carlos Carlos Miércoles, 02 Diciembre 2020 11:21

    Me gusta esa forma de ver la personalidad no sólo como se contempla habitualmente desde la psicología, sino de una manera mucho más amplia, incluyendo nuestro cuerpo y nuestras experiencias, y lo que de ellas hemos aprendido.

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