Inconsciente y unidad

Escrito por Jordi Sapés de Lema

Para representar el inconsciente acostumbramos a utilizar la imagen de un iceberg, sumergido en un 89 por ciento, que muestra en la superficie el 11 por ciento restante. De hecho el iceberg representa la totalidad de la conciencia presuntamente dividida en este 11 por ciento a la vista y el 89 por ciento oculto, pero esta división es falsa porque el iceberg es y se comporta como un todo. Es una división aparente.

Y si la división es aparente, no digamos lo que pueden ser las descripciones de la parte sumergida hechas desde aquella que se percibe. La lógica indica que la parte más grande es la que más condiciona la totalidad del bloque, así que pretender adivinar lo más grande partiendo de lo poco que se ve es una pérdida de tiempo. En cambio podemos advertir que las decisiones que toma la pequeña, a la que llamamos “consciente”, se ven generalmente distorsionadas o anuladas por la otra a la que llamamos “inconsciente”. 

Así que una de las cosas que debemos cuestionar es esta supuesta superioridad que le atribuimos al consciente. Imaginad que una persona está habitualmente situada en el nivel del personaje: la representación de sí misma que se hace en su conciencia es totalmente errónea, mientras que la realidad esencial, que sigue presente, permanece totalmente velada en el inconsciente.  Sin embargo, desde esta descripción errónea que hace de si mismo, pretende dilucidar lo que hay en su inconsciente y monta una especie de tribunal en el que imagina y juzga conflictos; reparte condenas, castigos, indultos y, finalmente, con un poco de suerte, perdona.

Si volvemos a la imagen del iceberg, veremos hasta qué punto es absurda toda esta agitación fantasiosa que la parte emergida pretende realizar sobre la sumergida. A la división física aparente se añade ahora otra división mental y emocional que no solo no explica nada sino que lo complica todo inútilmente. Porque si hay un punto del bloque de hielo capaz de explicar la totalidad este punto es su centro de gravedad, el baricentro. Y de entrada, está sumergido.

Por eso nosotros planteamos que el trabajo del inconsciente, que no debiéramos llamar “de limpieza” sino “de conexión y asunción”, solo se puede iniciar después de una cierta práctica del centramiento: la suficiente como para haber detectado experimentalmente en nosotros zonas más profundas y haberlas hecho conscientes, de manera que nos sintamos más nosotros mismos en ellas que en la periferia de nuestra conciencia ordinaria. A partir de aquí se trata de viajar por las zonas adyacentes que se van revelando, disfrutándolas cuando son gozosas e iluminándolas si aparecen oscuras.

La oscuridad suele ser, efectivamente, indicativo de un proceso que ha quedado sin resolver en nuestro yo experiencia, porque las circunstancias en su momento lo imposibilitaron. Pero estas circunstancias están hechas de energía, inteligencia y amor como todo lo demás; y por tanto pueden ser experimentadas, comprendidas e integradas, sin rechazar a nada ni a nadie.

El perdón es la consecuencia de constatar que no ha habido agravio alguno y es fruto de observar esta realidad, que se ha vivido con dificultad, desde un nivel de conciencia superior que lo explica y lo resuelve. Es la luz y el amor del centro lo que ilumina y abraza esto que se presumía negativo.

Así que cuidado con ciertas expresiones que proponen coger lo negativo y llevarlo al centro para que el centro lo disuelva: lo negativo nunca se puede llevar al centro porque en el centro no subsiste nada negativo. De hecho no llegará, porque lo negativo es producto de un error que está causando una emoción dolorosa; si de entrada es inconsciente puede que se encuentre situado a cierta profundidad pero no a mucha. Y en todo caso ha de ser la luz y el amor del centro el que acudan a esta zona para sanarlo, no al revés.

Nuestra existencia no es un asunto individual sino colectivo; y esto vale para las circunstancias que asumimos conscientemente y recordamos, pero también para aquellas que hemos rechazado o reprimido. No podemos iluminar y curar estas heridas sin incluir en este acto a los presuntos responsables que nos las han infligido; y esto va mucho más allá de ser buenos y comprensivos. 

En Astrología se señala como difícil el área de la existencia en la que está situado al nacer el planeta Saturno. Y al mismo tiempo se contempla este área como aquella en la que la persona puede dejar una especial huella en su existencia; justamente porque tendrá que prestarle una atención superior a la normal. Si damos por bueno el argumento y concedemos a esta disciplina un cierto valor predictivo, tendremos que convenir que para materializar las dificultades vamos a necesitar el concurso de ciertas personas que nos causen los problemas.

Pues eso. Es otra forma de llegar al consejo evangélico: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen. Una práctica que nos beneficia a nosotros y no perjudica a nadie.     

    

   

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Escrito por Jordi Sapés de Lema
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1 comentario

  • Enlace al Comentario Imanol Cueto Mendo Imanol Cueto Mendo Lunes, 28 Diciembre 2020 20:22

    Luminoso texto sobre el tan controvertido asunto del inconsciente. Me llama la atención la parte final haciendo referencia al consejo Evangélico de “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen”. Entendiendo que los supuestos enemigos en realidad nos hacen un gran favor porque son el catalizador a través del cual vamos a dar salida a esas causas pendientes sumergidas en las profundidades de nuestro iceberg personal y nos permiten, en el presente, iluminarlas, integrarlas y solucionarlas desde el centro que previamente se ha Trabajado. Esto da una visión mucho más amplia del inconsciente porque de alguna manera necesita del colectivo para su integración en esta existencia.
    Gracias por el artículo Jordi.

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