Los maestros y los alumnos de Blay

Escrito por Jordi Sapés

A mi me gusta imaginar a Blay como un punto en el que convergen varias líneas y del que salen otras muchas. Cuando a él se le preguntaba por los maestros que había tenido siempre respondía: “muchos, muchos, entre ellos varios perros y gatos”.

Y por otro lado, cuando se refería a los que le estábamos escuchando en los cursos, decía: “aquí hay 200 o 300 cursos”, según fuera el número de asistentes.

Procuraba resaltar así, por activa y por pasiva, que él trasmitía una experiencia personal suya: no era el continuador de ninguna línea espiritual ni había hecho ninguna componenda con las diferentes fuentes de las que había bebido. Y de la misma manera, quería subrayar que no tenían intención de crear ninguna escuela ni de dejar sucesores. Así que los que nos dedicamos  a divulgar su línea, lo hacemos desde nuestra experiencia personal, una experiencia que, lógicamente, se ha producido en las circunstancias de la existencia que cada uno ha vivido.

En mi caso, antes de encontrarlo a él, había desarrollado una gran actividad política y social que me sigue interesando y se refleja en la inclusión que hago de estas esferas de la existencia en el marco de los niveles superiores de conciencia. Considero que la actualización del potencial en la existencia, que Blay describe como actitud positiva, se optimiza en la medida en que el sujeto tiene un mayor conocimiento de los territorios por los que se interesa.

La buena voluntad del samaritano que atiende al viajero malherido se perfecciona cuando es capaz de reconocer la clase de heridas que ha recibido y los remedios más apropiados para sanarlas. Porque la compasión, por si sola, no cura; solo nos predispone a atender a los demás.

El hecho de que Blay basara su enseñanza en su experiencia personal y transmitiera la necesidad de experimentarla también personalmente, no significa que no se hubiera interesado por las diversas corrientes espirituales, occidentales y orientales, que le habían precedido. Los que estuvieron más cerca de él son testimonio de que había leído prácticamente todo cuanto estaba publicado. Como comentaba Ricardo en la mesa redonda, la sabiduría de Blay se percibía en una doble faceta: la inmensa información de la que disponía y su capacidad de aplicarla a la persona que tenía delante, justo en la situación concreta que esta persona estaba viviendo.

Puede que a diversas personas, en diferentes momentos, les recomendara determinadas lecturas de autores concretos. Pero a veces estas recomendaciones se cuentan como si fuera una especie de revelación de un trasfondo doctrinal que Blay tuviera escondido. Y todo aquel que ha leído su obra sabe que, al igual que no contiene bibliografía, tampoco cita a ninguno de los autores o maestros que conocía y que sin duda contribuyeron a su formación. Con una excepción que no me resisto a comentar: en diversas ocasiones cita a San Pablo.

Y a lo anterior hay que añadir otra frase suya muy habitual: “por cada 10 minutos de lectura, 10 años de práctica”.  De hecho, después del resumen teórico que impartimos en los cursos de presentación, si la gente decide iniciar el Trabajo espiritual bajo nuestra tutela, ni tan solo les recomendamos que lean sus obras: diferimos esta recomendación para cuando son capaces de reconocer en su experiencia personal la bondad de las indicaciones que Blay hace en sus libros.

Y en general, nos preocupamos especialmente por advertir que el Trabajo es algo práctico que no se puede confundir con la lectura de textos. Otra cosa es que quien tenga afición a la lectura y un especial interés por ciertas materias lo haga como una actividad más de su vida cotidiana. Seguro que su mente se verá enriquecida por las obras de autores serios que explican su experiencia, pero esto no debe sustituir la propia.  

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