Nostalgia de ser e ignorancia del saber

Escrito por Jordi Sapés

Hace pocos días, nuestro compañero Carlos Ribot nos ha ilustrado sobre la necesidad de considerar como complementarios la ciencia y la espiritualidad.

          Hace tan solo una década, habríamos comentado que la ciencia proponía declarar obsoleta la espiritualidad y que los científicos acusaban a las iglesias de difundir supersticiones.  Sin embargo, en estos momentos, los científicos se están viendo igualmente rechazados y cuestionados.

 

     Y en gran parte, este rechazo parte de los mismos círculos que han protagonizado el espiritual. Lo que tiene predicamento en tales círculos es la disensión contra todo lo que tenga el marchamo de oficial. 

 

          Hasta aquí podemos hablar de una manifestación del derrumbe del sistema y de la desconfianza hacia las instancias económicas y administrativas que lo gestionan. Pero hay otro aspecto preocupante que es la aceptación acrítica de cualquier propuesta que contradiga las instancias oficiales, tanto espirituales como científicas. Se acusa a la Iglesia de adoctrinar mientras se siguen con pasión las declaraciones de personas que dicen tener un contacto personal con los ángeles o los extraterrestres. Se acusa a la pandemia de ser una conspiración para manipular a la sociedad como si desde hace años no fuera evidente que la sociedad esta manipulada. Y hay quien se niega a vacunarse porque teme que le introduzcan un chip en su organismo para teledirigirlo, como si no estuviera de sobras teledirigido por los programas de televisión que consume.

     Y detrás de todo este movimiento se entrevén unas fuerzas políticas reaccionarias que, fomentando la irracionalidad y las emociones negativas, están promoviendo el desorden y el caos, con la intención de presentarse como salvadoras de un sistema en crisis cuya caída van a intentar retrasar.

 

          Ante esta situación lo más urgente será reforzar, ni que sea conceptualmente, el significado de espiritualidad y de conocimiento científico. Y exigir rigor, no solo las multinacionales y a las farmacéuticas, sino a cualquiera que se crea con derecho a proponer alternativas. El rigor que nosotros defendemos no requiere censura sino eficacia. Tanto la espiritualidad como la ciencia tienen un largo recorrido en la historia del ser humano y ambas se han ido modificando y transformando a lo largo de los siglos; así que no estamos en contra de aceptar nuevas propuestas en estos ámbitos. El requisito es que estas nuevas incluyan y superen a las anteriores, en vez de limitarse a rechazarlas.

 

          En ambos campos la insatisfacción es el requisito indispensable para investigar y formular nuevos planteamientos: en la espiritualidad la nostalgia del ser y en la ciencia la evidencia de no saber. Esto es lo que activa el potencial de inteligencia que somos, no la presunción de ser más listo que el otro o el hecho de practicar una espiritualidad a la carta.       

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