Jordi Calm

Jordi Calm

Transcribo una experiencia de centramiento de una compañera nuestra:

“El otro día en un centramiento tuve como una imagen muy vívida de lo que éramos y de lo que sucedía justo debajo de nosotros…era un sinsentido, sobre todo porque arriba todo era paz y sosiego y abajo la gente iba y venía como hormigas empujándose unos a otros cada uno con sus propios problemas. Toda la gente hablaba, cada uno de lo suyo, y nadie escuchaba a nadie porque claro, todo el mundo estaba hablando. Yo veía a toda esa gente y no podía hacer nada, sólo me decía “ellos creen que eso es real… si supieran lo que hay más arriba”. Claro que en ese nivel de percepción no cabe nada porque más allá de uno mismo y con careta no se puede percibir ni luz ni nada.

El Potencial que somos, la capacidad de ver amar y hacer que somos, se actualiza en respuesta a los estímulos que nos llegan del exterior. Estamos en continuo movimiento de intercambio con este exterior que a la vez nos sirve de estimulo. Necesitamos sostener nuestro cuerpo para, a continuación, ponernos a entender, integrar y trasformar las circunstancias que se nos presentan y en el seno de las cuales existimos. Es un intercambio que redunda en un crecimiento mutuo: yo me desarrollo en el mundo y el mundo evoluciona gracias a mí. 

Si alguien de Barcelona, o de Sevilla, viaja por vez primera a París, pongamos por ejemplo, no se le ocurrirá mandar una postal que diga: “Estamos en una ciudad que no es Barcelona, o Sevilla”. Hablará de donde está, no de dónde estaba antes de moverse.

Sin embargo, cuesta Dios y ayuda, conseguir que dejemos de explicar el despertar comentando que no estamos nerviosos, angustiados y confusos. Hay que insistir mucho para que se acabe escribiendo que experimentamos seguridad, paz y claridad. Y no es porque sí, es porque la gente ha venido al Trabajo para no estar nervioso, angustiado y confuso. Después se han encontrado con la sorpresa de que experimentan seguridad, paz y claridad; pero como esto, inicialmente, no lo pueden mantener, vuelven a caer en la trampa de luchar contra el nerviosismo, la angustia y la confusión.

Hace tres o cuatro años, en uno de los artículos publicados en www.aticzendo.com, planteé que la superación del actual sistema económico y social tendría que apoyarse necesariamente en la espiritualidad, porque sólo la espiritualidad era capaz de trascender la lógica del beneficio y la acumulación del capital. Lo que nunca me hubiera imaginado es que la iniciativa surgiera del Vaticano. Aquí tenéis algunos fragmentos significativos de la última publicación del Papa Francisco: Evangelii Gaudium.  

Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. 

En círculos eclesiásticos se cuenta un chascarrillo que ha tomado relevancia estos últimos meses. Se refiere a una discusión que implica a la Santísima Trinidad: 

Cuentan que el Padre llama al Hijo y le comunica que las cosas en la Tierra andan muy mal y tendrá que volver a bajar a nuestro planeta. El Hijo se niega en redondo, aduce que en su anterior descenso lo pasó muy mal y no está dispuesto a repetir la experiencia. El Padre insiste, dice que es algo que no puede eludir pero Hijo se resiste. Total que interviene El Espíritu Santo diciendo: No os enfadéis, ya bajaré yo, que no he estado nunca en el Vaticano y me hace gracia visitarlo.

Bien, pues parece ser que esta visita se ha hecho realidad: tenemos un nuevo Papa que habla y se comporta como si hubiera entendido el Evangelio. Fijaros lo que dice en diversas declaraciones.

Todos llegamos al Trabajo porque queremos ser felices. Y tenemos derecho a ello porque esta es nuestra naturaleza esencial. El problema es que el personaje ha distorsiona la percepción de nosotros mismos y nos ha llevado a identificar la felicidad con el hecho de que ocurran determinados sucesos, al tiempo que nos prohíbe ser felices si estas circunstancias no se dan.

Nos cuesta mucho entender que la complejidad del mundo y la poca fuerza que tenemos individualmente convierten esta felicidad condicionada en una quimera. Y sin embargo, destinamos la mayor parte de nuestro tiempo y esfuerzos a manipular la realidad con la intención de alcanzar este objetivo. Así que es imprescindible que revisemos esta forma de enfocar la existencia porque es obvio que nunca nos conducirá a ser felices.

A los dos últimos artículos de Nico y Miquel, que exponen cómo están aplicando el Trabajo en su actividad profesional, quiero añadir este mes otro aspecto práctico que destaca en muchos de los alumnos que tienen hijos: la actividad profesional de padre y madre en la etapa de la adolescencia.

Esta es una etapa en la que los jóvenes se enfrentan con el sentido de la existencia. No pueden seguir obedeciendo sin más las indicaciones de la familia sino que necesitan constatar personalmente que aquello que se les propone merece la pena.

No podemos quejarnos de la época en que vivimos. Seguramente no es muy confortable pero tenemos la oportunidad de vivir una época en la que la historia se acelera. 

En nuestro país hemos asistido a la caída del franquismo, el advenimiento de la democracia, la descentralización de la administración, la entrada en la Unión Europea, el cambio de moneda, la burbuja inmobiliaria, la crisis económica, el afloramiento de la corrupción, la aparición de los indignados y la obsolescencia de la última Constitución. 

En el mundo hemos experimentado la caída del socialismo soviético, el triunfo de la Escuela de Chicago, el advenimiento de un presidente norteamericano de raza negra y la crisis financiera mundial. 

El tema de la discrepancia renace periódicamente y aparece como fuente de confusión en el Trabajo.

La cuestión viene de la denuncia que hacemos en relación a la manera que tiene el personaje de interpretar la realidad. Decimos que al personaje nunca le parece nada bien, que se dedica a rechazar la realidad porque no es tal como él pretende que sea; que siempre habla de lo que no hay en lugar de prestar atención a lo que hay, que para observar la realidad lo primero que hay que hacer es librarse de los ideales del personaje, etc. 

Sucede que a menudo, hay quien interpreta que lo bueno y deseable es justo lo contrario: que todo nos parezca bien, que hagamos elogio de la realidad en la que vivimos, que ignoremos los déficits que esta realidad presenta, nos conformemos con lo que hay y aparquemos los ideales como una utopía irrealizable.

Ken Wilber, en su obra más conocida: El espectro de la conciencia, hace una afirmación contundente desde la perspectiva filosófica y psicológica de la realidad. Dice: la realidad es un nivel de conciencia. Por eso nosotros planteamos que los problemas que tenemos habitualmente no se solucionan sino que se trascienden; y esto se hace modificando el nivel de conciencia en el que estamos situados. Conciencia que incluye lo que llamamos exterior e interior, en el bien entendido de que no hay un exterior inamovible y un interior afectado por las circunstancias externas, sino que el exterior es la visión que de él tenemos, la interpretación que nuestra mente realiza.