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La espiritualidad en el Tú Destacado

Escrito por Juan María de La Torre, Maria Jesús Rodríguez y Jordi Sapés

Las propuestas que nos planteamos surgen de un impulso interior que debemos mantener si queremos llevarlas a buen término.

     Recorrer este camino da sentido a nuestra existencia porque buscamos satisfacer necesidades individuales o colectivas, lo cual nos hace conscientes de que somos capacidad de amar. Y el amor es lo que mejor refleja nuestra naturaleza espiritual.

 

     Si no hay amor, contemplamos a los demás como cosas que intentamos manejar, nos cosificamos a nosotros mismos y convertimos nuestra existencia en un trámite carente de sentido. Este es el problema de fondo en este momento evolutivo de la humanidad: falta atención al otro y sobra egocentrismo. Así que la espiritualidad la hemos de vivir aquí, no debemos buscar a Dios en la trascendencia sino en el Tú que se nos aparece por todas partes.

 

     Dios no está arriba, el espíritu no está separado del cuerpo, sino que lo vivifica y lo hace consciente. No es una abstracción, es algo que se manifiesta de un modo personal a través de cada uno de nosotros, dando forma a la materia que le permite actuar. La materia no tiene nada de malo. El error no procede de la materia sino de la mentira en la que vive el hombre que ha perdido el contacto con la esencia e intenta disimular su miseria con toda clase de disfraces. Pero internamente, nos sentimos desnudos y desorientados.

 

     Esta desorientación se hace sentir en forma de polémicas y conflictos que nos obligan tarde o temprano a prestar atención a lo que intentamos eludir. Nos sacan de nuestra comodidad y despiertan nuestra conciencia, a veces a la fuerza. La realidad nos impide dimitir de nuestra responsabilidad como seres conscientes y nos señala las dificultades que hemos de superar. Así que protagonizar esta acción de una forma consciente y voluntaria nos lleva a conectar con el espíritu: considerando nuestra inquietud como una llamada de lo superior y utilizando las dificultades que se nos presentan para poner luz.

 

     Lo hacemos utilizando nuestros sentidos y emociones, como hijos de Dios encarnados; porque así es como Dios nos ha amado a nosotros.

 

 

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