El poder de levantarse ante la ira. (Publicado en La Vanguardia el 13 de noviembre de 2022) pixabay

El poder de levantarse ante la ira. (Publicado en La Vanguardia el 13 de noviembre de 2022) Destacado

Escrito por Michelle Obama

Después de que George Floyd muriera asfixiado por un agente de policía, que le aplastó el cuello al inmovilizarlo con la rodilla, en la esquina de una calle de Mineápolis en mayo de 2020, la gente me escribió para preguntarme si elevarse era realmente la respuesta correcta. 

     Después de que el Capitolio fuera asaltado, después de que los representantes republicanos continuaran apoyando la acusación falsa y sediciosa de que se había manipulado el resultado de las elecciones, la gente se preguntaba algo similar. Las provocaciones no tienen fin. Hemos visto que más de un millón de estadounidenses han muerto en una pandemia que ha resaltado todas las desigualdades de nuestra cultura. Hemos visto a las tropas rusas masacrar a civiles en Ucrania. Los talibanes han prohibido que las niñas vayan a la escuela en Afganistán. En Estados Unidos, nuestros propios líderes han criminalizado el aborto mientras las comunidades se ven asoladas constantemente por la violencia de las armas y los delitos de odio. Los derechos de las personas transgénero, los derechos de los gais, los derechos de los votantes, los derechos de las mujeres..., todos están siendo atacados. Cada vez que tiene lugar otra injusticia, otra brutalidad, otro incidente por culpa de un mal liderazgo, otro caso de corrupción u otra violación de derechos, recibo cartas y correos electrónicos que de alguna forma plantean la misma pregunta: ¿Se supone que todavía debemos elevarnos?

 

     Mi respuesta es sí. Sigue siendo sí. Debemos seguir intentando elevarnos. Debemos aferrarnos una y otra vez a esa idea. Actuar con integridad es importante. Lo será siempre. Es una herramienta.

 

     Al mismo tiempo, quiero ser clara: elevarse es algo que se hace, no es un mero sentimiento. No se trata de ser complaciente y esperar a que se produzca el cambio ni de mantenerse al margen mientras otros luchan. No se trata de aceptar unas condiciones opresivas ni de dejar que la crueldad y el poder campen a sus anchas. La idea de elevarse no debería llevarnos a preguntarnos si debemos sentirnos obligados a luchar por más equidad, honradez y justicia en este mundo, sino más bien a plantearnos cómo vamos a luchar, cómo vamos a intentar resolver los problemas con los que nos topamos y cómo vamos a resistir el tiempo suficiente para que nuestros actos den resultado y no nos quememos por el camino. Algunos consideran que aferrarnos a esa idea es algo injusto e inútil, una mera aplicación de la política de la respetabilidad, por la cual optamos por cumplir las normas en vez de desafiarlas para poder sobrevivir. “¿Por qué tenemos que intentar ser razonables todo el rato?”, se pregunta la gente.

 

     Entiendo que algunos piensen que la razón no deja espacio a la ira. Comprendo que se perciba que elevarse supone, de alguna manera, apartarse del mundanal ruido para que no te moleste todo aquello que de otro modo te enfadaría y te provocaría.

 

     Pero no se trata de eso en absoluto. Cuando dije por primera vez esas palabras en el escenario de la Convención Nacional de 2016 en Filadelfia, yo no me sentía apartada del resto del mundo ni indiferente. De hecho, estaba bastante alterada. En ese momento, la bilis que estaban soltando los representantes republicanos era una provocación constante. Después de casi ocho años, estaba cansada de ver como echaban por tierra el trabajo de mi marido y lo denigraban como persona, incluso se atrevieron a cuestionar su ciudadanía. —Volvemos a lo de siempre: “No considero que tengas derecho a lo que tienes”—. Y estaba furiosa porque el principal instigador de esos ataques fanáticos estaba ahora haciendo campaña para ser presidente.

 

     Pero ¿qué podía hacer al respecto? Con mi sufrimiento y mi rabia, nada, al menos mientras no consiguiera moldearlos, pulirlos. Pero tenía que hacer algo con ese sufrimiento y esa rabia, estaba en mi mano decidir hacia donde llevarlos, que clase de destino darles. Todo dependía de si sería capaz o no de elevarme por encima de esos sentimientos tan básicos para construir algo que fuese más difícil que otros ignoraran, que transmitiera un mensaje claro, una llamada a actuar, y que llevara a un resultado por el que estaba dispuesta a esforzarme.

 

     Eso es lo que para mí significa “elevarse”: coger un sentimiento abstracto, y normalmente negativo, y esforzarse por convertirlo en una especie de plan que se pueda implementar, para superar esos sentimientos tan básicos y avanzar hacia una solución más amplia.

 

     Quiero dejar claro que esto es un proceso y no siempre es rápido. Puede requerir tiempo y paciencia. Está bien sentarse y reflexionar un tiempo, sentir la inquietud causada por la injusticia o el miedo o la pena, o que expreses tu dolor. Está bien que te concedas el espacio que necesitas para recuperarte o sanar. Para mí, elevarse suele acarrear hacer una pausa antes de reaccionar. Es una forma de autocontrol, una línea que separa nuestros mejores y nuestros peores impulsos. Elevarse consiste en resistir la tentación de dejarse llevar por la rabia sin sentido y el desprecio mordaz; en vez de eso, hay que averiguar cómo responder con claridad ante cualquier cosa sin sentido y corrosiva que te rodee. Eso es lo que ocurre cuando partes de una reacción y logras transformarla en una respuesta.

 

     Porque aquí está la clave, las emociones no son planes. No resuelven problemas ni corrigen injusticias. Puedes sentirlas —las sentirás, inevitablemente—, pero ten mucho cuidado, no te dejes llevar por ellas. La rabia puede ser como un parabrisas sucio. El dolor, como un volante roto. La decepción se limitará a viajar, enfurruñada y sin ayudar en nada, en el asiento de atrás. Si no haces algo constructivo con tus emociones, te llevaran directamente al abismo.

 

     Y mi poder siempre ha dependido de mi capacidad para mantenerme fuera de ese abismo.

 

     Vivimos en una época en la que reaccionar se ha vuelto casi demasiado fácil, demasiado cómodo. La ira se extiende fácilmente, junto con el sufrimiento, la decepción y el pánico. La información y la desinformación parecen fluir al mismo ritmo. Nuestros pulgares nos crean problemas, convirtiéndose en vectores que transmiten fácilmente nuestra furia. Podemos teclear unas cuantas palabras enfadados y lanzarlas como cohetes a la estratosfera digital, sin saber nunca con precisión dónde o cómo o contra quién impactarán esas palabras. Y si, nuestra rabia a menudo está justificada, así como nuestra desesperación, pero la pregunta que debemos hacernos es que estamos haciendo con ella. ¿Podemos reconducirla para hacer algo que no sea mero ruido, algo que sea más duradero? Hoy en día, la complacencia suele llevar la máscara de la comodidad: podemos dar un ≪me gusta≫ o apretar el botón de reenviar y luego aplaudirnos por ser activos, o por considerarnos activistas, tras haber hecho un esfuerzo de tres segundos. Nos hemos vuelto expertos en generar ruido y felicitarnos por ello, pero a veces se nos olvida hacer el trabajo. Invirtiendo tres segundos, quizá estes dando una determinada imagen, pero no estas provocando ningún cambio.

 

     ¿Estamos reaccionando o estamos respondiendo? Merece la pena pensar en ello. Es una pregunta que me hago antes de postear nada en las redes sociales o de hacer cualquier comentario en público. ¿Estoy siendo impulsiva?, ¿solo intento sentirme mejor? ¿He vinculado mis sentimientos a algo concreto para hacer algo o simplemente me dejo llevar por ellos? ¿Estoy dispuesta a hacer el trabajo real que conlleva provocar un cambio?

 

     Para mí, escribir puede ser una herramienta increíblemente útil cuando se trata de elevarse. Es un medio que me permite navegar por mis emociones y moldearlas hasta darles una forma provechosa. Durante la campaña de Barack y a lo largo de los años que estuve en la Casa Blanca, tuve la suerte de trabajar con unos escritores de discursos de gran talento que se sentaban conmigo y dejaban que volcara verbalmente mi cerebro en el de ellos; mientras yo exponía mis sentimientos más viscerales, ellos tomaban notas y me ayudaban a dar sentido y forma a mis pensamientos.

 

     Decir las cosas en voz alta a alguien que te escucha y en quien confías siempre me ha animado a probar mis ideas a la brillante luz del día. Me permite desahogarme, soltar mi rabia y airear mis preocupaciones, y empezar a razonar de un modo más amplio. Soy capaz de ver lo que es productivo y lo que no, de dar con un conjunto de verdades más elevadas. He aprendido que rara vez mis pensamientos iniciales son tan valiosos; solo son el punto de partida desde el cual avanzamos. Tras ver todo eso plasmado en unas páginas, sigo afinándolo, revisándolo y repensándolo para hallar el camino hacia algo que tenga un propósito real. Escribir se ha convertido en una de las herramientas más poderosas de mi vida.

 

     Lo que dije esa noche quizá haya ayudado a que la frase “Cuanto más bajo caen ellos, más nos elevamos nosotros” se haya incorporado al espíritu de una época, pero al final el resto del mensaje no caló. Por cada uno que respondió a la llamada, demasiados de los nuestros se olvidaron de hacer ese esfuerzo. En 2016, más de noventa millones de votantes se quedaron en casa el día de las elecciones. Y así fue como nos dirigimos directamente al abismo. Durante cuatro años, sufrimos las consecuencias de esos resultados. Todavía seguimos sufriéndolas.

 

     ¿Cómo enderezamos el rumbo bajo una tormenta que no da señales de amainar? ¿Cómo hallamos estabilidad cuando seguimos notando las turbulencias y el suelo parece moverse constantemente bajo nuestros pies? Creo que comienza, al menos en parte, cuando somos capaces de encontrar un propósito y una finalidad dentro de este estado de cambio constante, cuando recordamos que, por muy pequeño que sea el poder que uno tiene, este es muy importante. Tu voto es importante. Ayudar a un vecino es importante. Invertir tu tiempo y tu energía en una causa en la que crees es importante. Alzar la voz cuando ves que una persona o un grupo de personas son denigradas o deshumanizadas es importante. Mostrar que te alegras por otra persona, ya sea tu hijo, un compañero de trabajo o incluso alguien con quien te cruzas por la calle, es importante. Tus pequeños actos se convierten en un instrumento que te visibiliza, que te proporciona estabilidad y una sensación de conexión con los demás. Sí, pueden ayudarte a recordar que tú también eres importante.

 

     Los problemas que nos rodean se multiplican. Tenemos que volver a confiar en los demás, recuperar en parte nuestra fe perdida, ya que todo eso nos lo han arrebatado en los últimos años. Pero nada se consigue por arte de magia. Muy poco cambiará si nos encerramos en nuestros grupitos homogéneos, si estamos en contacto únicamente con gente que comparte nuestros puntos de vista, hablando más que escuchando.

 

     Unos días antes de dar ese discurso en Filadelfia, la revista online Slate publicó un artículo con este titular: “¿Es 2016 el peor año de la historia?” En él se hacía referencia a un montón de cosas, desde la aparente popularidad de Trump a los tiroteos policiales, el virus Zika y el Brexit, como posibles pruebas de que era así. Pero lo más interesante de esto es que no habíamos llegado a 2017, año que se convirtió, según comentaron en las noticias, al informar sobre los resultados de una encuesta global de salud emocional realizada por Gallup, en “el peor año del mundo en al menos una década”.

 

     Al que siguió, por supuesto, un nuevo año y luego otro, cada uno marcado por nuevas crisis y nuevas catástrofes. La revista Time declaró 2020 como “el peor año de la historia”, aunque muchos sostienen que 2021 no fue mucho mejor. La cuestión es que la incertidumbre es una constante; continuaremos luchando, enfrentándonos al miedo, en busca de alguna sensación de tener el control. Tampoco vamos a tener nunca del todo claro que está ocurriendo en el momento histórico que nos ha tocado vivir. ¿Acaso las cosas van a mejor o a peor? ¿Para quién? ¿Y esto cómo lo medimos? Lo que podría ser un buen día para ti podría ser un día horrible para tu vecino. Una nación podría prosperar mientras otra sufre. La alegría y el dolor suelen vivir muy cerca; se entremezclan. La mayoría vivimos en un lugar intermedio, siguiendo el impulso humano más innato, que es aferrarse a la esperanza. ≪No te rindas≫, nos decimos unos a otros. “Sigue esforzándote”.

 

     Esto también es importante.

 

Michelle Obama. "La Vanguardia" 13 de noviembre de 2022.

Artículos ADCA
Visto 198 veces
Escrito por Michelle Obama
Valora este artículo
(5 votos)
Más en esta categoría: ¿Y ahora, qué?
Inicia sesión para enviar comentarios