El maravilloso Efecto Espejo

Escrito por Sergi Pérez

Un cuento para empezar: la gente del pueblo
En la entrada de un pueblo había un anciano sentado en un banco. Llegó un forastero y le preguntó:
- Buen hombre, ¿cómo es la gente de éste pueblo? Es la primera vez que paso por aquí y no tengo conocimiento.
- ¿Cómo son las personas de dónde vienes? –replicó el anciano.
- Son desconfiadas, reservadas, violentas, estafadoras… Por eso he dejado mi casa y el trabajo de allí –respondió el recién llegado.
- Aquí la gente es igual –dijo el viejito.

 

El forastero se marchó, decepcionado, a la búsqueda de un lugar mejor. Unos días después, llegó a la entrada del pueblo otro forastero, montado en un caballo. Se paró al lado de un pozo a refrescarse y le hizo la misma pregunta al anciano:
- ¿Cómo es la gente de este pueblo? No soy de aquí y no sé nada de éste lugar.

 

El viejo volvió a preguntar:
- ¿Cómo son las personas del lugar del que vienes?
- Son buena gente, abiertas, generosas, bondadosas.
- Aquí la gente es igual –respondió con una sonrisa el anciano.

 

¿Qué es el efecto espejo?

 

El efecto espejo es un fenómeno que se da entre una persona y la realidad que la rodea.
En esta ocasión, nos centraremos en el efecto espejo que se da entre una persona y los demás.
Quizás el aspecto más conocido de dicho efecto es el que afirma que todo aquello que nos incomoda y molesta de los demás, en realidad nos apunta a nosotros.
Es decir, el dolor, enfado o molestia con el que reaccionamos en nuestra relación con los demás, en realidad no se puede atribuir a lo que ha hecho o dejado de hacer la otra persona. Sino que con toda certeza es algo que está en nuestro interior y que a nivel subconsciente lo estamos rechazando en nosotros mismos.
Esto significa que los demás actúan a modo de espejo y nos muestran aquello que no queremos ver pero que permanece oculto en nosotros.

 

Un poco de historia: el efecto espejo no es nuevo

 

Aunque la teoría del efecto espejo se atribuye al psicoanalista Jacques Lacan, en realidad viene de mucho más lejos.

 

Aristóteles, por ejemplo, daba explicación al efecto espejo a través de su concepto de mimesis.

 

En la Biblia, a todos nos sonará la frase de: “Vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga que tenemos en el nuestro”.

 

Y quizás también hayáis oído un popular refrán inglés que dice: “Recuerda cuando señales a alguien con un dedo, que hay tres más que te señalan a ti”.

 

Una metáfora esclarecedora

 

Para entender mejor el funcionamiento del efecto espejo vamos a servirnos de una imagen.

 

Tomemos al Jorobado de Notre Dame. Imaginemos que nuestro poco agraciado personaje no se ha visto jamás reflejado en un espejo. De hecho, ni tan siquiera sabe lo que es un espejo.

 

Sin embargo, él se imagina que se parece a Brad Pitt. Tenemos pues, a alguien que está convencido que es muy guapo, cuando en realidad su apariencia es más bien desagradable.

 

¿Qué sucedería si, a éste personaje le pusiéramos un espejo delante y pudiera ver allí reflejada su imagen?

 

Con toda seguridad no se reconocería a sí mismo en el reflejo. Él se piensa que es Brad Pitt, y ahora en el espejo está viendo lo que a él le parece un auténtico adefesio. ¿Cómo tendrá algo que ver con él eso tan feo que está viendo?

 

Seguramente la imagen que está viendo le produzca rechazo. Si el rechazo es muy intenso, nuestro personaje reaccionará muy probablemente de una de estas dos maneras:

 

1. Rompiendo el espejo: destruyendo aquello que le produce rechazo. En realidad el impulso nace de querer eliminar aquello que, a un nivel inconsciente, nos recuerda a nosotros mismos pero que nos esforzamos en reprimir y ocultar. En las relaciones con los demás, romper el espejo significa que se despierta un profundo odio hacia ellos, que nos empuja a criticar ferozmente a los demás, y a una colección de estados destructivos: rabia, ira, rencor, resentimiento, frustración, etc.

 

2. Huyendo del espejo: el reflejo nos ha generado un rechazo hacia aquello que más tememos, esto es, a nivel inconsciente, parecernos a lo que estamos viendo. Entonces huimos de nuestro reflejo como del demonio. En las relaciones con los demás, esta reacción se traduce en un elitismo selectivo: excluimos a ciertas personas de nuestra vida, dividimos el mundo en buenos y malos, etc. La cuestión es no ponerse enfrente espejos que nos remuevan profundamente.

 

 Una experiencia personal

 

Allá por el año 1990 empecé a interesarme y a iniciarme en el trabajo interior. Uno de los primeros ejercicios que me propusieron, sin contarme previamente nada del efecto espejo fue llevar siempre una libreta pequeña encima y apuntar en ella todo lo que me molestaba de los demás.

 

Que me molestaba una persona que acababa de mostrar su soberbia y altanería, pues lo apuntaba rápidamente en la libreta: “No soporto la chulería de esta persona”. Que me molestaban los celos de alguien, directo a la libreta: “Buf! No aguanto a alguien celoso”, y así sucesivamente.
Las indicaciones del profesor eran muy claras. Cuando hubiéramos agotado las páginas de la libreta debíamos ir a su encuentro. Me lo tomé muy en serio. Acabé el primero. Orgulloso, le mostré mi libreta al profesor. Su respuesta fue de las que no se olvidan: “¡Ah, fantástico! Enhorabuena, en esas páginas tienes una descripción perfecta de ti mismo”. Lo hubiera matado.

 

No podía ser cierto. Ese hombre al que tanto respetaba y que tantas cosas profundas me estaba enseñando, ahora me estaba diciendo a la cara que todo aquello que no soportaba de los demás me apuntaba también a mí. Increíble.

 

También me dijo que no le creyera, que ya lo iría comprobando por mí mismo. Y me sugirió que agrupara las anotaciones por grupos de semejanza. Es decir, que contara las veces que me habían molestado las personas soberbias, orgullosas, vanidosas, etc. En otro grupo, que contara las veces que me habían molestado las personas violentas, agresivas, etc. En otro, las veces que me habían incomodado las personas envidiosas, y así sucesivamente.

 

La idea era muy clara. Ver qué grupo dominaba en mí. Es decir, que aquello que más criticaba y me molestaba era mi característica principal. De locos. Lo hice y me salió la soberbia. Las veces que había criticado la soberbia de los demás eran incontables. No podía ser. Sinceramente yo me veía a mí mismo como la persona más humilde del mundo. Le hice caso y no me lo creí.

 

Pero poco a poco mi mundo interior, con la ayuda de las propuestas prácticas del profesor (autoobservación, presencia) se fue iluminando, y efectivamente, ahí apareció enorme y risueña …. ¡una soberbia cómo una casa de payés!

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Escrito por Sergi Pérez
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2 comentarios

  • Enlace al Comentario Imanol Cueto Mendo Imanol Cueto Mendo Lunes, 16 Marzo 2020 17:58

    Cuando uno lee este famoso “efecto espejo” casi siempre se hace referencia a aquellos aspectos “negativos” que predominan en el ser humano: orgullo, ira, envidia, pereza… y a veces se nos pasa por alto que cuando vemos algún aspecto luminoso en otra persona también tendemos a rechazarlo: “no soy digno de ello” y paradójicamente si hay algo que es rematadamente cierto es que no puedes ver en los demás lo que previamente no está en ti.

    Muchas gracias Sergi, deseando estamos de verte por nuestro segundo Congreso ADCA

  • Enlace al Comentario Rosa Rosa Domingo, 08 Marzo 2020 20:12

    ¿Cuantas veces nos miramos en este espejo circundante, y precisamente porque es una imagen viva y pone en jaque a la idea que tenemos y queremos tener de nosotros, la apartamos, ignoramos o despreciamos? Mirar con interés para ver, es una forma de aprender a mirar objetivamente el mundo. El efecto espejo nos invita a pasar voluntaria y conscientemente por esta retroalimentación en la que se revela lo oculto y nos empuja a detectarlo. Despertar es mirar para descubrir, lo cual supone olvidar lo que pensamos sobre nosotros y el mundo. Tenemos la responsabilidad de interactuar conscientes tanto de nosotros como de los otros.

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