
Hasta ahora hemos estado repitiendo que la vida es la expresión de una Realidad Suprema, absolutamente positiva, inteligente, creativa; que, por lo tanto, la vida es, o debería ser, para nosotros, una suma de experiencias totalmente positivas.
Y, no obstante, vemos que, al menos para muchas personas, suele ser todo lo contrario: una sucesión de dificultades o adversidades.
¿Qué es lo que está mal? ¿La vida o nosotros ante la vida?
[…]
El problema principal parece estar en que nosotros tenemos un sentido de los valores que no coincide con el que aparentemente rige la existencia, la vida tal como es. Nosotros, en nuestro impulso a vivir las cosas agradables, para sentirnos satisfechos, para sentirnos afirmados, estamos seleccionando constantemente unas circunstancias o personas o hechos como buenas, como favorables, y rechazamos las opuestas como desagradables, como negativas para nosotros. Así nos apegamos a las personas, nos apegamos a las situaciones. Yo amo a los seres que conviven conmigo porque con ellos hay un intercambio afectivo, vital e intelectual; y entonces quedo supeditado a estas personasl, porque la satisfacción que vivo en este intercambio la asocio tan estrechamente a la imagen de tales personas que para mí se convierte en una necesidad el seguir teniendo esta imagen o esta persona junto a mí. Y cuando ella desaparece de mi horizonte, de mi contacto físico humano, entonces todo yo me siento desamparado, abrumado por esta carencia.
Todo el problema pues, del sufrimiento, de las desgracias, reside en el hecho de que yo estoy utilizando la vida y sus circunstancias para adquirir una seguridad, una felicidad, un bienestar. Y esto parece que no es la realidad, el sentido real de nuestra existencia.
Yo no estoy aquí para acumular o para crear una serie de situaciones agradables en las que yo me afirmo y a las que me apego. Yo estoy aquí, en primer lugar, para descubrir la realidad, la verdad, para descubrir y vivir de un modo directo lo que es este ser que vive, este yo que está detrás de todos mis actos.
La vida tiene inicialmente un sentido didáctico, para que yo aprenda lo que es esencial y lo que es secundario. Esencial es lo que no cambia; secundario es lo que cambia. Lo esencial no depende de nada; lo secundario depende siempre de otra cosa. Lo esencial, como su nombre indica, es algo que ninguna cosa puede darme, es algo que ya es, que está presente, es lo que ya soy; lo secundario, lo accidental, es lo que puedo adquirir y puedo perder. Todo lo que tiene un comienzo tiene un final y, en este sentido, ninguna de las cosas que son efímeras, temporales, que están inscritas en el tiempo, fenoménicas, pueden darme esa realidad plena, esa identidad última que yo busco.
Pero yo, a través de mi hacer, a través de mi existir, puedo ir descubriendo al ser que hay detrás de este hacer, la realidad que hay detrás de todos sus modos de expresión. Aunque la acumulación de experiencias, o la retención de determinadas experiencias o personas o circunstancias, nunca me dará esa felicidad, esa realidad inalterable que yo busco.
Por consiguiente, éste parece ser el primer error básico, el primero y el último fundamental. Cuando, en la vida, yo trato de conseguir cosas en el vivir, en lugar de abstraer la enseñanza que estas experiencias traen consigo, yo quedo apegado a la circunstancia misma. Si yo viviera cualquiera de las cosas que vivo de un modo más consciente, descubriría que las cosas actúan a modo de estímulos, que en mí se produce una respuesta a estos estímulos y que esta respuesta es un modo de mí mismo que me hace descubrir una potencialidad o una capacidad que hay en mí, y que de algún modo es un descubrimiento parcial, progresivo, de mí mismo.
[…]
Cuando, en lugar de tratar de descubrirme a mí mismo en la experiencia, yo confunda la experiencia conmigo mismo, entonces este yo mismo se sentirá lesionado, se sentirá trastornado por las circunstancias adversas que inevitablemente ha de hallar.
Por consiguiente, expresándolo en un lenguaje más o menos vulgar, yo no estoy aquí para pasarlo bien. Estoy aquí para llegar a ser yo, para llegar a descubrir quién soy yo, qué es la existencia, qué es la verdad detrás de esta existencia. Estoy aquí para hacer un trabajo, que consiste, por un lado, en desarrollar todas mis capacidades, y por otro, gracias a ese desarrollo, en descubrirse a sí mismo detrás de ellas.
Dicho en un lenguaje religioso: Estoy aquí para descubrir cuál es la voluntad creadora detrás de la Creación. Y mientras yo quede apegado a unos aspectos de la Creación, no descubriré la voluntad del Ser que está detrás de la Creación. Para descubrir a ese Dios, a esa Realidad única, simple, yo he de soltar las cosas múltiples, las cosas que cambian, dentro y fuera de mí.
¿Significa eso que he de sacrificar lo que yo valoro, lo que yo amo, lo que yo considero bueno en la vida? No. Yo no he de sacrificar nada. En todo caso, lo que tendría que sacrificar es mi error de perspectiva, la ilusión en que vivo, el engaño. Pues mientras viva apoyándome en ilusiones, en engaños, la consecuencia será la desilusión, el desengaño.
Antonio Blay Fontcuberta. «Creatividad y plenitud de vida. Cap XIII Ante las desgracias y dificultades». Editorial Iberia. 1977.
Imagen Pixabay.
