
¿Qué quiere decir ponerse en presencia de Dios? ¿Pensar que Dios está aquí, que Dios es, que es la presencia de todo, porque es el soporte de todo, que es la inteligencia de todo, la que hay en mí y la que hay fuera de mí? Sí, pero esto no basta. Esto es solamente una especie de preludio.
Ponerse en presencia de Dios quiere decir que yo abra mi conciencia a Su presencia, y hasta que no haya en mí la conciencia activa, experimental, de una energía o calidad superior, distinta a todas las modalidades de mi conciencia habitual, hasta que no haya una experiencia de algo nuevo y distinto, no se realiza esta presencia de Dios.
Esto es muy importante, porque aquí estamos explicando cómo han de funcionar las cosas para que se produzcan efectos. Entonces, no podemos conseguir efectos si no nos ponemos en contacto con la fuente, con la causa, y esto no puede hacerse sólo a base de creer que sí o creer que no. Ha de ser algo experimental. Y cuando se produce esta conexión experimentalmente, los efectos siguen de un modo inevitable. Y si no se lleva a cabo esta conexión, por más que yo crea y afirme, y violente mi voluntad y mi emoción, no conseguiré nada.
O sea que aquí exponemos realmente una ciencia de apertura, una ciencia para sintonizar un nivel vibratorio, un nivel de conciencia realmente superior, distinto a lo que son mis procesos mentales, afectivos e inconscientes.
Por lo tanto, este ejercicio de presencia de Dios requiere, sí, que yo piense que Dios está en todas partes, que Dios está aquí, que Dios es el Ser Todopoderoso, Omnipotente, Omnisciente, que está dentro de mí, que me está dando todo, que yo soy su expresión individual. Pero, una vez que yo he mirado todo esto, he pensado todo esto, debo mantenerme atento, en silencio. Y entonces, en ese silencio, tranquilo, es cuando yo podré notar que viene a mí como una fuerza muy suave, o como una vibración muy suave, o quizá de un modo algo distinto –depende a veces de las personas el notarlo de diferentes maneras-. En ocasiones es en forma de una paz muy sutil, muy fina, pero que me permite respirar mejor, que, por sí sola, me hace sentir como si me hubieran quitado un peso de los hombros, una paz que me despeja la mente, que me aligera, que produce una calma en mi cuerpo y en mi mente. Esa paz, esa tranquilidad, esa vibración sutil, que es algo distinto de todo lo habitual, es el signo inicial de que se está contactando con algo superior.
Y si no hay esta experiencia, es que no hay contacto, porque el contacto es algo que se ha de producir en la conciencia.
Realmente, Dios está presente siempre. El único problema estriba en que nuestra conciencia está cerrada a todo lo que no son los propios productos habituales. Por lo tanto, esto se ha de traducir en una experiencia. Si no hay experiencia, no hay efectos. Y los efectos serán inevitables cuando haya la experiencia, la experiencia de esta Presencia viviente, de esta Presencia experimental. Todo el secreto de la realización espiritual y de los efectos redentores o liberadores de esta conciencia espiritual reside en esta experiencia. Aprender a abrirse más y más a esta Presencia viviente. Si no hay esto, no hay efectos. Si hay esto, hay, de modo inevitable, efectos.
Estos efectos en nuestra conciencia son los de armonizar, automáticamente, la situación que exista. Recordemos aquella frase del Evangelio: «Mi paz os doy, mi paz os dejo; pero no como la da el mundo». Se trata de una paz distinta de lo que es la satisfacción de las necesidades a nivel psicológico. Es una paz de una calidad distinta, y, porque es de una calidad distinta, produce unos efectos distintos.
Este efecto es sustancialmente el de ordenar lo que estaba desordenado. Allí donde había miedo desaparece el miedo, donde había angustia desaparece la angustia, donde había resentimiento desaparece el resentimiento. Es imposible vivir algo negativo y la presencia de Dios al mismo tiempo, porque Dios es lo positivo y Su presencia elimina automáticamente lo negativo.
Y este es el sentido del perdón de los pecados. El perdón de los pecados consiste simplemente en eliminar de la conciencia la conciencia del mal o del error, de la negación.
Por lo tanto, abrirse a esta presencia de Dios. Primero preparándose, reflexionando que Dios es el Ser Absoluto y por lo tanto se manifiesta en lo que llamamos la vida Universal, perfecta. Reflexionemos también que Dios quiere que yo viva una armonía, una plenitud. Dios quiere actualmente eso. Dios nunca quiere que yo esté enfermo. Cuando yo estoy enfermo es porque hay algo en mí que me hace estar enfermo, hay algo que impide que esta voluntad, esta acción divina se exprese libremente.
Antonio Blay Fontcuberta. “Creatividad y plenitud de vida. Cap XI. Salud y enfermedad, el ejercicio de revitalización. 2, nivel espiritual”. Editorial Iberia 1977.
Foto propia.
