Las relaciones humanas creativas 

Hemos visto que el secreto de la fuerza, felicidad y eficacia del individuo reside en el reconocimiento sincero de su propia identidad, de esa naturaleza suya espiritual que radica en el Ser Absoluto, y que, gracias a ese reconocimiento de ser en el Ser Absoluto, puede abrirse en su interior, en su conciencia, a ese Ser Absoluto, y permitir que se manifieste la potencia, la inteligencia y la felicidad, que es el acto de Dios en la Creación. 

Reconocimiento de la entidad espiritual del otro:

Hemos visto que esto, de una manera u otra, es la base del individuo, su base creativa, revolucionaria, transformante. 

Ahora bien. En la relación interpersonal, el secreto del éxito, en el sentido profundo, de una relación feliz, eficaz, creativa, reside en mi capacidad de reconocimiento de la identidad espiritual de la persona con quien hablo, esto es, en descubrir que, detrás de su modo aparente de ser, hay esa plenitud, hay esa realidad, en descubrir que el otro, en su centro, es también Dios en manifestación y que, por lo tanto, básicamente, está hecho de cualidades superiores y llamado a vivir esa plenitud en un momento u otro, un día u otro. 

En el momento en que yo reconozco, mediante esta visión en profundidad, la naturaleza profunda, espiritual, completa, perfecta, en el interior del otro, entonces mi modo de dirigirme a él, de considerarlo, de reaccionar ante él, será de un modo eminentemente creativo, no solo para mí sino para el otro. El medio más rápido, más eficaz, que existe para ayudar a una persona a que viva esa perfección, esa plenitud interior, reside en que yo, cuando trato con ella, la vea en esa plenitud interior, se la reconozca, y la trate como si esa plenitud, de algún modo, estuviera ya presente. Esto es lo que estimula más rápidamente el reconocimiento interior de la otra persona, de su propia naturaleza interna. 

Estamos, por tanto, lejos de esta reacción cuando miramos a las personas como una especie de catálogo de cualidades y defectos, o cuando les colocamos una etiqueta en función de una impresión momentánea, y, como consecuencia de ello, no sabemos tratar a la persona real, profunda, ni siquiera a la persona tal como se manifiesta en el exterior, y no hacemos más que seguir con la idea que nos hemos hecho de ella. 

Examinemos si es posible ver esta perfección interior de las personas. 

Nosotros vemos a los demás a través de los sentidos. La percepción que nos llega del otro es un conjunto de datos suministrados por los sentidos. A través de ellos, vemos lo que la persona hace, dice, expresa de un modo u otro. Y entonces nosotros comparamos esta percepción con unas ideas, con unos gustos, con unas preferencias personales. Luego, emitimos unos juicios y clasificamos a la persona en una u otra categoría: Persona inteligente, persona agradable, persona indeseable. 

¿Pero esto que vemos es realmente la persona? La persona, en el fondo, es una imagen que está existiendo en la mente creativa de Dios, en la Mente Universal, y esta imagen es perfecta, es completa, es total, porque es expresión de la perfección; así, pues, expresa esta perfección de un modo, de una manera. Hay una individualización de esta expresión, pero, como tal individualización, es completa, es perfecta. 

Verdad que la persona no vive esta perfección, porque vive en su mente pensante, y depende, por tanto, de cómo esta mente pensante haya ido aceptando, comprendiendo o viendo las cosas para que se forme como una barrera que actúa a modo de tamiz, de filtro, impidiendo que esa plenitud sea reconocida y expresada en la persona concreta, tal como funciona. Lo que vemos en las personas es, pues, la reducción, y a veces la caricatura, de la persona ideal, perfecta, que hay detrás de la apariencia. Si yo juzgo a la persona por su modo concreto de hacer, por sus hechos, entonces no estoy viendo a la verdadera persona; estoy viendo a una minúscula parte de la persona, y, no sólo la estoy viendo, sino que la estoy fijando en mi mente y la estoy reforzando con mis ideas, con mis juicios y con mis reacciones personales a su modo personal, deficiente, de ser. 

Cuanto más yo veo las limitaciones, los déficits de una persona, más estoy reforzando en la mente de aquella persona su propia barrera, su propia limitación. Cuanto más sé discernir su vida auténtica, profunda, que hay detrás de su personalidad, más estoy ayudando al propio reconocimiento por parte de esa persona en su vida interior plena. 

La persona no tiene defectos, en sí. La persona tiene sólo insuficiencia de cualidades, tiene cualidades no totalmente desarrolladas. Defecto es el nombre que damos a una deficiente presencia de cualidades, y esta presencia es deficiente cuando la comparamos con un patrón, con una idea, con un deseo nuestro. 

Antonio Blay Fontcuberta. “Creatividad y plenitud de vida. Cap XV. Editorial Iberia. 1977. 

Fotografía: Pixabay 

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