
En el capítulo anterior [ https://autorrealizacion.org/los-enemigos/ ] comentábamos, a grandes rasgos, la existencia de varios niveles de conciencia que corresponden a la línea evolutiva del hombre, y de cómo cada nivel de conciencia corresponde a un mundo que se gobierna, se rige por unas leyes que son distintas de las de los otros niveles.
Ley del más apto
Decíamos que, en principio, existe el nivel más primitivo, más elemental, al que corresponde la ley del más apto. Por esta ley el hombre desarrolla, a semejanza del reino animal, su actitud para sobrevivir, para imponerse a los demás y también para defenderse de los demás. En definitiva, para crecer un poco, o un mucho, a expensas de los demás.
En este nivel, la conciencia actúa exclusivamente bajo los impulsos de la afirmación, de la conservación y del crecimiento. Podríamos decir que, aquí, el hombre es como un mecanismo. Sigue necesariamente las presiones del interior y trata de luchar con el exterior para obedecer a esta imperiosa exigencia. La finalidad de este nivel es hacer que el individuo sea fuerte y desarrolle habilidad. Habilidad pasiva de adaptarse o habilidad activa de dominar, de modificar lo exterior. Esto redunda en beneficio de la raza, ya que, mediante la transmisión de estos rasgos, se asegura su subsistencia. El hombre que se mueve a este nivel, nivel que en apariencia la mayoría hemos trascendido, se caracteriza porque tiende a utilizar, sin restricción, su capacidad de imponerse, de adquirir, de poseer, de dominar. Su único freno es el miedo a la sanción social.
Ley de causa y efecto
La segunda zona o plano de conciencia es aquella que está regida por la ley de la justicia equitativa. En ella, la persona descubre que existen otros seres y que éstos tienen valor por sí mismos. Entonces la importancia que anteriormente quedaba absorbida de un modo absoluto por el Yo personal se reparte entre el Yo y el otro. Podríamos decir que se va desarrollando una conciencia social. A medida que la persona va evolucionando, va dando una importancia mayor a este factor social, hasta que, finalmente, acepta la norma de que lo mejor es aquello que beneficia al mayor número de personas y no solamente al propio individuo.
Ésta es, más o menos, la etapa de la conciencia en que vive el hombre actual. La etapa en la que todos sabemos que los actos tienen una consecuencia, una responsabilidad. En este nivel opera, pues, la ley de causa y efecto, lo que en Oriente se conoce con el nombre de Karma. Todo acto realizado, bueno o malo, tiene sus consecuencias inevitables de bien o de mal. En cada acto y en cada actitud que la persona adopte hay una justicia inminente que necesariamente entraña consecuencias matemáticamente justas. Todas las leyes, las leyes de la moral, las del derecho, etc., se basan en este nivel de conciencia. Podríamos decir que la persona deja de ser empujada por aquello que son sus impulsos, que deja de ser el hombre máquina, el hombre pasivo frente a sus propios impulsos para descubrir ciertos valores. Se contrapone el valor de sí mismo con el valor de los demás. Empieza a apuntar una capacidad de autodeterminación. Está es la etapa del desarrollo de las facultades a un nivel humano, del desarrollo de esta capacidad que se llama libre albedrío, en el sentido de que el hombre llega a dar más importancia a lo que considera bueno para todos que a lo que solamente considera bueno para sí mismo. Es el amanecer de la autoconciencia.
Ley espiritual
En el tercer nivel, que podemos llamar nivel de conciencia espiritual, ya no rigen tales leyes. Solamente se vive aquí la conciencia de la única realidad que existe, la divinidad. Todo es expresión de esta divinidad. Desde este nivel todo se vive tal como la divinidad lo está viviendo, lo está manteniendo. Así pues, en este nivel superior existe la verdad positiva de las cosas, la única verdad, el bien total de las cosas y de las personas, el único bien, el amor, la felicidad única de todas las cosas, el único amor y felicidad. Es en este nivel donde el hombre culmina la realización de su ser, de su identidad, haciéndose uno con la Realidad Superior, Dios. Así, pues, cesa en la función de regir personalmente su propia actividad, cesa en el uso de su libre albedrío, en el sentido del segundo plano, para pasar a una culminación total de su libertad. El hombre llega a la libertad total de sí mismo cuando realiza plenamente la realidad de su ser espiritual. Cuando este ser espiritual puede vivirse y expresarse de un modo total, se vive la libertad total, puesto que es la liberación. En este sentido, vivir la plenitud del ser es vivir exactamente toda la capacidad de libertad posible. Esto da, a su vez, una conciencia de independencia interior, de felicidad y de plenitud. Curiosamente, la persona que está todavía en el segundo nivel cree que esto es una negación de la libertad, una privación de algo que considera precioso, sin darse cuenta de que ella, por su parte, sólo tiene una minúscula parte de su verdadera libertad, de su verdadera afirmación como ser consciente y volitivo, como ser capaz de expresar esa realidad que es.
Es en nivel superior donde esa realidad se expresa de un modo pleno, total, es decir, donde se vive de un modo pleno y total en el sentido de liberación, de plenitud, de felicidad, de amor y de energía. Entonces la persona deja de autodeterminarse y vive una conciencia permanente de su identidad divina. Podríamos decir que todo sucede, todo ocurre, pero que todo sucede y ocurre en el ser y por el ser, en el ser y por el ser que es mi verdadero ser.
Antonio Blay Fontcuberta. “Caminos de autorrealización”. Editorial Cedel. 1982. Se puede adquirir en https://autorrealizacion.org/caminos-autorrealizacion/
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