El campo de batalla en el que involucrarnos

 

Si durante los primeros años de su existencia les hemos comunicado a nuestros hijos unos valores humanos y una estructura familiar sólida y coherente, estarán en condiciones de moverse en medio de la crisis de valores que hemos señalado y llevarán una existencia responsable y fructífera, utilizándola para promover un mundo mejor. Así que no debemos esconderles esta problemática ni mantenerlos ajenos a la misma, protegidos entre algodones, porque serán ellos quienes deberán jugar un papel protagonista en la nueva sociedad que surgirá. 

Nos conviene recordar que nuestra conciencia se refuerza cada vez que actuamos de forma consciente para promocionar este horizonte que intuimos. La especie humana ha progresado a base de superar dificultades, así que carece de sentido comunicar este pesimismo, que a veces nos invade, cuando observamos las dificultades sociales o los cambios climáticos que están afectando al planeta. Al contrario, hemos de sembrar en ellos el propósito de superar esta dificultad mediante su acción consciente. 

La libertad nunca es algo estrictamente personal, siempre tiene una connotación colectiva, porque es la colectividad la que establece el margen de actuación de que dispone el individuo y subordina sus actos personales a los intereses y proyectos colectivos que están por encima de él y lo incluyen. El progreso social siempre se da en términos generales: unos términos que, a su vez, permiten un mayor desarrollo de la individualidad. Si hemos educado a los menores en términos de amor y participación en el entorno, no les costará comprender que algunas decisiones comunitarias, que parecen limitarles personalmente en algún aspecto, les favorecen en otros más importantes. Sin embargo, cuando estos intereses y proyectos colectivos se cuestionan o no se consideran relevantes, la autoridad queda sin justificación, en el momento que intenta limitar el espacio de libertad personal que el individuo reclama. 

Y esto sucede siempre que los problemas sociales aparecen como crisis de valores. En estas circunstancias, se cuestiona la jerarquía porque se consideran sus propósitos como algo ajeno a los intereses de las personas. Cuando esto ocurre, la jerarquía se queda sin referencias y, por consiguiente, sin autoridad. Es muy probable que, en los próximos tiempos, tengamos que atravesar situaciones complicadas a nivel social, pero las crisis sociales nunca afectan al ser humano; son siempre crisis del sistema. Y nunca son negativas: se producen porque están surgiendo otros valores superiores que pugnan por sustituir a los que han quedado obsoletos. 

En estos momentos, estamos inmersos en un cambio acelerado de la técnica que, sin embargo, se muestra incapaz de resolver los problemas más acuciantes de la humanidad. Y este bloqueo se encubre con el espejismo de la constante novedad, con nuevos artilugios que se ofrecen al consumo, en un derroche de energía y recursos materiales, que debieran emplearse en otras cosas más esenciales. La falta de valores éticos se disimula mediante el culto a la juventud, animándola a ser iconoclasta y libertaria, y a reivindicar derechos individuales que ignoran y devalúan lo colectivo o combaten la estructura social, acusándola de inútil y castrante. 

Esta corriente fomenta, en algunos sectores de la población, toda clase de comportamientos antisociales como la drogadicción, el machismo, la homofobia, y el abuso del que tiene más fuerza sobre el pobre y el marginado. Es una reacción inconsciente que se produce como protesta ante la ausencia de horizontes y proyectos de futuro; porque este sistema en declive parece que no tenga nada que ofrecer a las nuevas generaciones. Por eso, se intenta estimular un hedonismo inmediato, que se sitúa en el corto plazo: el próximo fin de semana. Se satura la mente de contenidos para hipertrofiarla y evitar la duda e incluso se condena cualquier muestra de reflexión, como un intento de manipular y engañar. Se promueve el irracionalismo y el narcisismo hasta el punto de justificar la posverdad: solo importan las ideas que a mí me convienen, da igual si son ciertas o no. 

[…] 

Éste es un nuevo campo de batalla en el que no tenemos más remedio que involucrarnos. 

Jordi Sapés y Maria Pilar de Moreta. “Espiritualidad, infancia y educación”. Editorial Boira. 2022. 

Imagen Pixabay

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