La colaboración 

La educación de los niños es responsabilidad de todas las personas e instancias que intervienen en su existencia; nadie puede ignorar o eludir esta responsabilidad y es especialmente importante que se establezca una sintonía entre los dos principales ámbitos en los que se mueve el niño: la familia y la escuela. 

De hecho, es la colectividad la que crea, promueve y difunde los patrones éticos, morales y prácticos que rigen las relaciones entre sus miembros y, lógicamente, debe proporcionar una orientación pedagógica, tanto a la familia como a la escuela, y fomentar la colaboración consciente entre padres y maestros. 

De hecho, es la colectividad la que crea, promueve y difunde los patrones éticos, morales y prácticos que rigen las relaciones entre sus miembros y, lógicamente, debe proporcionar una orientación pedagógica, tanto a la familia como a la escuela, y fomentar la colaboración consciente entre padres y maestros. 

En consecuencia, con esta responsabilidad social, consideramos que la escuela ha de ser pública y obligatoria, y que ha de transmitir unos valores universales a través de una enseñanza general básica de carácter humanista, orientada a fomentar la conciencia personal y colectiva de los niños, el conocimiento de la realidad, la sensibilidad estética y el respeto y la solidaridad entre las personas y los pueblos. 

La educación básica no tiene por qué tener relación alguna con la futura profesión que cada uno podrá desarrollar de mayor. Debe fomentar el conocimiento como algo indispensable para movernos por la realidad y participar en ella, desarrollar especialmente la curiosidad intelectual de los niños y adolescentes y perseguir la comprensión de la realidad; una comprensión que no proporciona la repetición memorística de ideas que la describen y  que tienen una vocación exclusivamente pragmática. 

Esta educación general no quita que pueda haber sectores de la población interesados en resaltar y divulgar sus particulares valores morales, éticos o espirituales. Pero esos sectores se han de organizar para propagar estos valores de forma complementaria a la educación común, como actividad extraescolar, asegurando siempre el respeto por las demás opciones ideológicas, morales y religiosas. Este respeto no solo es inexcusable en toda persona humana, sino que reconoce, además, la existencia de una pluralidad de visiones de la realidad, sin necesidad de profundizar en ellas. Por el contrario, carece de legitimidad moral cualquier enfoque pedagógico, basado unilateralmente en una determinada ideología, porque esta visión exclusiva rechaza, de hecho, a las demás. 

Es urgente que los diferentes planteamientos políticos sean capaces de establecer acuerdos a largo plazo sobre los planes de estudio, evitando modificarlos cada vez que hay cambio de gobierno. Esta práctica reiterada supone una falta de responsabilidad política, que acaba pagando el colectivo. Por eso, es indispensable que se aborde, de común acuerdo, una programación que asegure unos planes de estudio y una estructura pedagógica, con la vigencia temporal suficiente para proporcionar estabilidad a la enseñanza, a corto y medio plazo. De hecho, uno de los valores que debería contener esta programación es la obligación de establecer acuerdos temporales sobre los asuntos fundamentales que afectan a la población, siempre que existan diversas versiones de la gestión pública. 

[…] 

Y conviene combatir, de forma más decidida y efectiva, las ideologías y comportamientos dañinos para el colectivo y las personas, tales como el racismo, el machismo, la homofobia, el incivismo, el abuso, etc. Debemos recuperar el concepto de orden e impedir estas conductas retrógradas, dejando claro que esta represión no se puede considerar una limitación de la libertad, sino todo lo contrario, una defensa de la misma. 

[…] 

El respeto y la solidaridad con los demás es la puerta a la trascendencia; no lo hemos de plantear como una cuestión de orden público, sino como algo que el ser humano no puede ignorar ni maltratar. Esto no quita  que defendamos también la necesidad de normas colectivas que impidan y penalicen comportamientos salvajes. Si nos da miedo asumir este papel, lo acabaremos cediendo a la ultraderecha política y religiosa que, en la práctica, acaban utilizando este pretexto para reprimir las libertades básicas. 

Jordi Sapés y Maria Pilar de Moreta. “Espiritualidad, infancia y educación”. Editorial Boira. 2022. 

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