
En estos meses se está hablando mucho del renacer de la espiritualidad con motivo de creaciones musicales, literarias y cinematográficas. Sociológicamente parece cierto que hay un repunte entre la población joven, y en algunos países (como la tradicionalmente laica Francia) se atisba un cambio de tendencias, pero es prematuro hacer afirmaciones contundentes. Como Colectivo Treva i Pau, vemos en ese posible renacer una importante oportunidad para las personas y también una oportunidad colectiva.
La espiritualidad ha venido casi siempre de la mano de las tradiciones religiosas. Aunque debemos diferenciarla de estas. Las religiones aportan su propia espiritualidad. Pero existen espiritualidades agnósticas o ateas. Podemos considerar la espiritualidad como el lenguaje que permite a la persona humana estructurarse interiormente. Y esto es importantísimo, para el equilibrio personal y por ende social. La espiritualidad ayuda a abordar las grandes preguntas humanas: el sentido de nuestra vida y de la historia; cómo vivir el sufrimiento, la responsabilidad personal y la libertad. Permite un proceso de madurez, de desarrollo como seres humanos.
Necesitamos sacar la espiritualidad del ámbito individual y que se pueda abordar abiertamente.
Por este motivo, la espiritualidad adquiere hoy especial relevancia. Estamos conviviendo con una anomia creciente. No solo hay desorientación normativa, sino también incertidumbre social y económica, especialmente entre los jóvenes, con consecuencias conocidas: en el 2023, cerca del 60% manifestó haber tenido algún problema de salud mental; el 49%, pensamientos suicidas; hay un fuerte aumento de la ansiedad, con altos consumos de psicofármacos; niveles récord de desconfianza y desafección institucional; siguen aumentando el aislamiento y la soledad… Y la tecnología sigue favoreciendo estas tendencias.
Da miedo tanto miedo: la esperanza como antídoto
Treva i Pau
A pesar de su relevancia, la oportunidad de una mayor y más adecuada espiritualidad sorprende a la sociedad española, poco preparada para aprovecharla. Desde algunas posiciones progresistas con influencia social, sigue manifestándose cierta fobia antirreligiosa, una clara desconsideración del hecho creyente y cierta supremacía moral y menosprecio intelectual respecto a las personas que se manifiestan creyentes. Desde posiciones religiosas más tradicionalistas, que se dan en todas las tradiciones religiosas, se sigue percibiendo la “propia espiritualidad” como la única legítima, “los demás” están en un error del que deberían salir. Y una parte significativa de la población tiene dificultades para moverse en este campo: porque lo abandonó hace tiempo (y solo mantiene formulaciones desadaptadas a su realidad madura) o por no haber recibido ninguna formación, ya que la espiritualidad y la religión han sido marginadas en el proceso educativo. Esta falta de “cultura espiritual básica” nos dificulta para distinguir entre una secta doctrinaria y coercitiva y una espiritualidad positiva. Nos impide diferenciar entre libros vulgares de autoayuda y los grandes escritos espirituales. Nos imposibilita reconocer las diferencias entre ofertas comerciales de las espiritualidades new age y la aportación de las tradiciones religiosas de gran profundidad humana.
Todo esto tiene una lectura muy relevante a nivel social. Cuando buena parte de la población vive en la anomia comentada, el nihilismo crece y hace muy difícil la articulación social conjunta para hacer frente a los retos que tenemos. Y estos son enormes: medioambiental, tecnológico (IA), geopolítico… con consecuencias tangibles en el día a día. La tendencia es clara: la petición de liderazgos autoritarios que nos solventen los problemas (sean de extrema izquierda o de extrema derecha, hoy más abundantes). Por el contrario, las espiritualidades sanas nos abren a los otros. Además de favorecer la conexión con nosotros mismos, nos ayudan a conectar con la realidad tal cual es, sin engaños. Pueden ser sinónimo de construcción de vida en común, solidaridad y esperanza.
Sabemos bien que son absolutamente necesarios cambios estructurales económicos. Pero este renacer de la espiritualidad es una oportunidad. Un renacer tolerante, que acepte la pluralidad, de gran calidad personal y colectiva. Para unos, la espiritualidad vendrá formulada religiosamente (será esa última intimidad de encuentro con Dios) y será fuente de vida y sentido. Para otros, será un vivir una dimensión interior enriquecida, que también será generadora de sentido. Lo relevante es tener criterio para poder discernir qué es lo que nos puede ayudar como personas y como sociedad. Y aquí el diálogo público es fundamental: necesitamos sacar la espiritualidad del ámbito individual y privativo y que pueda ser abordada abierta y respetuosamente.
La ética fue en su momento hija de la religión. Como buena hija, se hizo adulta y se independizó. Hoy puede orientarnos en este diálogo. Proponemos como una aportación a ese diálogo una primera idea: la buena espiritualidad es hoy aquella que favorece la libertad interior, nos permite una mayor atención a la realidad, a la escucha, impele a vivir agradecidos y confiados y favorece el compromiso por la solidaridad y la dignidad de las personas. Y para las personas religiosas, vivir abiertas a la trascendencia. Hablemos.
Treva i Pau (Tregua y Paz)
TREVA I PAU, formado por Jordi Alberich, Eugeni Bregolat, Eugeni Gay, Jaume Lanaspa, Carles Losada, Josep Lluís Oller, Alfredo Pastor, Xavier Pomés y Víctor Pou
La Vanguardia 12 01 2026
