Las emociones

La valoración que yo hago de mí y que hago del mundo es lo que me induce eso que
llamamos emociones o estados. Cada vez que yo pueda vivir situaciones que van a favor de lo que deseo, me sentiré feliz, afirmado, satisfecho, ilusionado; siempre que mi experiencia va en dirección a esta afirmación -real o ideal- yo vivo un estado positivo. Cuando la experiencia parece que va en contra de lo que yo pretendo real o idealmente, entonces siento una reacción interior negativa. En definitiva, las emociones no son nada más que el contraste entre lo que yo deseo y lo que el mundo me da.

Cuanto más cosas deseo más difícil es que el mundo me dé lo que deseo; en consecuencia, soy más vulnerable emocionalmente, más cosas pueden ir en contra del deseo. Cuanto menos deseo, menos vulnerable soy porque no hay nada que se oponga. Por esto, un estado emocional intenso, muy sostenido, indica que la persona está excesivamente pendiente de lo que desea, y que está constantemente comparando, contrastando este deseo con lo exterior; está esperando de lo exterior la confirmación, la ayuda, la realización de lo que ella desea. Indica que la persona no se vive ella misma en presente sino que se vive en sus deseos, en su proyecto de llegar a ser; no vive su capacidad real, actual, no dinamiza su energía aquí y ahora sino que está pendiente de sus logros o demostraciones futuras. Es un mundo psicológico de fantasía -que todos conocemos por haberlo vivido en un grado u otro- que denota que la persona no vive su realidad, su fuerza, su inteligencia, su capacidad de amar, en presente; está pendiente de una idea-deseo que se expresa a través de la imaginación de un futuro, y eso hace vulnerable a la persona. No encontraremos a ninguna persona con tensión, con angustia o inseguridad, que no esté pendiente de un deseo de futuro y que no lo sienta amenazado. Toda inseguridad, o tensión, o depresión, no es más que la negación, real o supuesta, de este deseo de afirmación futura.

Esto deriva del hecho de que nuestras ideas y valoraciones son injustas o erróneas (por lo menos, parcialmente), pues estamos juzgando no objetivamente sino en relación a nuestros deseos, aspiraciones o exigencias. Esto, que resulta cómico viéndolo en una competición-espectáculo como el fútbol, por ejemplo donde al señalarse una falta, ésta es inevitablemente protestada por los jugadores del equipo culpable y sus partidarios, puede llegar a ser trágico cuando estamos juzgando a personas, a familiares, a colaboradores y les estamos aplicando inconscientemente este criterio de comparación o contrastación con nuestros deseos personales de afirmación.

El juicio objetivo sólo es posible cuando uno no depende para nada de la otra persona ni de la situación, cuando uno se da cuenta de que no le será quitado ni añadido nada sea cual sea el resultado de la situación. Pero mientras yo esté involucrado (o crea estarlo) en una situación, es muy difícil que exista una objetividad real. Esto lo vemos también frecuentemente en las discusiones entre amigos, o familiares, donde cada persona tiene razón. Si uno logra situarse bien dentro de la perspectiva de cada uno por separado, se ve que cada uno tiene razón, mejor dicho, su razón; y desde esta razón particular, es natural y justificable que la persona esté molesta. Pero la misma situación vivida por la otra persona desde su razón, origina su enfado o molestia también perfectamente justificable. ¿Por qué?, porque cada uno está viviendo la situación no por lo que es en sí, sino en virtud de unas valoraciones personales y esto produce una inevitable tendenciosidad. Por eso hemos de ser precavidos al emitir juicios sobre personas. A no ser que estemos estrictamente obligados -a causa de nuestra función de padres o de superiores en el trabajo- a tomar decisiones, hemos de ser sumamente cautos en emitir juicios, pues no basta con ver unos hechos como ciertos; para poder juzgar correctamente una situación hay que ver todos los aspectos, incluido el modo de ser y de sentir de la persona involucrada. Juzgar a una persona por unos pocos datos, por ciertos que sean, es incorrecto; a veces es inevitable hacerlo, pero existe el riesgo de ser injusto.

Lo curioso es que este mismo problema existe con nosotros mismos, pues nos estamos juzgando siempre. Tenemos la misma actitud frente a nosotros que frente a los demás. Yo tengo la exigencia de llegar a ser de un modo X; yo me exijo ser una persona lista, que no se equivoca, que tiene habilidad y una serie de cualidades. Entonces, cuando descubro que tengo fallos, que me equivoco, esto representa una negación de mi valor ante mí mismo, representa una depreciación (una disminución de precio) de mí mismo, y me enfada, me deprime. Constantemente nos juzgamos: ¿He hecho bien esto? ¿He quedado bien? ¿He demostrado mi inteligencia? Y eso es funesto, porque cuanto más yo formule juicios sobre mí mismo, más me alejaré de mi capacidad de funcionar tal como soy; cada vez que interpongo la pantalla del juicio en lo que hago, estoy poniendo un muro a la espontaneidad, a la capacidad real de hacer, de entregarse, de movilizar los recursos interiores, las capacidades profundas, ante una situación.

Antonio Blay Fontcuberta. «Personalidad y niveles superiores de conciencia» . Ediciones Indigo. 1991.

Imagen: Pixabay.

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