
En lo que concierne al concepto de mí mismo, al principio yo me vivía como una unidad aislada, una unidad que tenía que defenderse y movilizarse en relación con los demás. Pero, a medida que yo voy descubriendo más y más mi modo auténtico de funcionar, a medida que voy descubriendo el origen central de todo lo que constituye mi valor, mi realidad, descubro también que los demás son como yo, que viven exactamente como yo y participan de lo mismo que yo participo. Compruebo que, lo sepa o no, hay una comunión de mí con todos los demás. Yo, en tanto que materia de cuerpo físico, estoy en el mismo proceso de todas las materias físicas, de todos los cuerpos. Todos participamos del mismo aspecto material, físico; básicamente todos tenemos la misma substancia, la misma materia, la cual está en un proceso constante de intercambio con la naturaleza.
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Interiormente ocurre lo mismo. Mi vida vital, instintiva, las fuerzas que me hacen vivir vegetativamente, mis necesidades vividas internamente, son, no solo iguales, sino las mismas que están haciendo funcionar a cada una de las personas. Llega un momento en que se descubre experimentalmente que las fuerzas vegetativas son campos unitarios de fuerza, campos diferenciados, a distintos niveles, dentro de los que el individuo es un vórtice, un foco.
Y lo mismo pasa con nuestra afectividad. Nuestra vida afectiva, que nosotros consideramos tan nuestra, tan íntima, tan personal, realmente forma una unidad, nos demos cuenta o no, con la afectividad de las demás personas. La misma afectividad que hay en mí la está viviendo otro, en una tonalidad distinta, pero participando de la misma substancia, que está en un proceso constante de renovación. Es porque yo estoy circunscrito a mi visión, a mi pequeña percepción física, que creo que lo mío es mío y de nadie más. Y por eso lo defiendo tanto, porque creo que yo soy eso y soy en tanto que eso. Convierto mi afectividad y mis ideas en mi baluarte.
Pero esto no es así. Mi cuerpo, mi afectividad y mis ideas -sí, incluso mis ideas- son mis instrumentos de expresión, son el medio para dar salida a esa potencialidad que hay en mí mismo. Y yo no tengo la propiedad de nada, porque no existe nada que subsista por sí. Todo es un fluir constante de renovación, de intercambio.
Y en lo que se refiere a mis ideas, que yo considero tan importantes para mí, que de hecho me están condicionando tanto, que me están delimitando, ¿cómo puedo en realidad separarlas de las ideas de los demás? ¿Acaso he tenido ya alguna idea con total independencia de las ideas de los demás? Las ideas no son más que formas de una substancia mental, y esas formas se adquieren por sintonía o por reacción a otras formas mentales. Lo mental forma también un campo continuo. Y es porque mi conciencia funciona de un modo muy restringido que yo creo que este sector mío del campo es único, que funciona totalmente separado del campo de los demás.
Cuando la persona ensancha su conciencia interior, va teniendo atisbos de que las cosas no son así. Descubre, por ejemplo, que desde su propio nivel vital puede percibir el nivel vital de los otros, que desde su propio campo afectivo puede percibir el campo afectivo de los otros, que desde su propio nivel mental puede sintonizar con el contenido mental de otras personas. O sea, a medida que la conciencia se va ahondando y se va haciendo más lúcida, es como si el hombre fuera redescubriendo la unidad que hay detrás de la aparente multiplicidad.
La persona va descubriendo así esta comunión de todo lo que existe. Verifica que su vida, su existencia personal y la existencia personal de los demás, no son cosas separadas radicalmente, sino una sola realidad vivida como una conciencia parcial, separada. Yo estoy, por tanto, necesariamente vinculado a la vida de todos los demás, y los demás están necesariamente vinculados a mi vida. Formamos, en conjunto, un todo inseparable y yo no puedo desentenderme de los demás, aunque lo haya hecho muchas veces y aunque otras personas lo hagan. De un modo natural comprendo que yo no puedo seguir considerando mi bien personal aparte del bien de los demás, o mi mal aparte del mal de los demás, y mucho menos que yo pueda pretender mi bien a costa del mal de los demás. Me doy cuenta de que todo constituye una unidad y de que según como yo, foco individual de conciencia, actúe dentro de esa conciencia general, así será la respuesta, la reacción del resto de la conciencia hacia mí, y que todo lo que yo dé, lo que yo exprese, en relación con lo demás, con las personas, con la sociedad, con la vida, con el universo, eso será lo que me devuelva multiplicado por su eco mayor, por su mayor fuerza, la gente, la sociedad, la vida.
Antonio Blay Fontcuberta. “Creatividad y plenitud de vida. Capítulo XVI: La realización espiritual.”. Editorial Iberia. 1977.
Imagen propia.
