
Para educar al niño se necesita la tribu, y es obvio que, en estos momentos, la tribu no se aclara. Lo que hacen sus líderes es pelearse y faltarse el respeto públicamente, como si el acuerdo y la colaboración fueran un signo de incapacidad personal.
El respeto es algo inherente al ser humano y la base de toda organización social. Si desaparece es porque el modelo social no se estructura en torno a la dignidad del ser humano y acaba alienando al individuo de su identidad esencial. De hecho, la autoridad no debería merecer un especial respeto, porque el respeto tendría que ser algo natural y universal. Todas las personas y los colectivos, sea cual sea su edad y su función en la sociedad, merecen respeto. Pero el respeto reconoce la necesidad de jerarquía en cualquier organización: en ausencia de jerarquía, ninguna estructura social puede funcionar correctamente. Así que, si no hay respeto por las personas que encabezan esta jerarquía, la autoridad no se reconoce y su ejercicio aparece, de inmediato, como represión.
Por eso, lo primero que se debe inculcar a nuestros hijos es la noción de Esencia y el respeto que esta Esencia merece. Es un respeto que hay que reivindicar para todos los seres en general, no sólo para las personas. Y el niño ha de verlo como algo natural, inherente al amor de quienes lo cuidan y lo protegen. Por lo tanto, no puede manifestarse como imposición ni debe dar lugar a batallas que ignoren esta diferencia o humillen a cualquiera de los protagonistas de esta relación.
No debemos olvidar que, en última instancia, la responsabilidad la tiene la persona cuya conciencia se supone más desarrollada. Así que, el que no es capaz de granjearse el respeto de aquellos a los que tutela y opta por la permisividad, por la violencia o por dimitir de sus funciones, probablemente no sea la persona más idónea para desempeñar esta función. Sin embargo, esto sucede con demasiada frecuencia, tanto si considera innecesario justificar las medidas que propone como cuando, después de haberlas planteado, no es capaz de persistir y afirmarse en ellas. Actuando de esta manera, socava la labor que está desempeñando.
Siempre hay un área de la realidad en la que los niños pueden ejercitar su capacidad de decidir. Y hay que alentarlos a que lo hagan, porque esto les hará evidente que existen otros aspectos de la realidad, igualmente accesorios para ellos, a los que no tienen acceso por sí mismos. Y entenderán que, en tales aspectos, la decisión corresponde a la persona que los cuidan. Este discernimiento es lo que les hará diferenciar entre autoridad y arbitrariedad.
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La educación que dimite de su responsabilidad y se niega a poner límites, con el pretexto de no bloquear el desarrollo o alterar la felicidad de los educandos, no conduce precisamente a su bienestar emocional. A nosotros se nos impidió en la infancia actuar desde el fondo, se nos obligó a desconectarnos de la Esencia que somos y a relacionar nuestro valor personal con la cantidad de bienes o personas que podíamos poseer. No se trata de confundir, todavía más a nuestros hijos, proporcionándoles más cosas, más juguetes y menos limitaciones; no es cuestión de dejar que el niño haga lo que le venga en gana o de admitir que rehúse hacer aquello que le disgusta. Esta permisividad ignora, igualmente, este fondo capaz de entender e integrar la realidad y se despreocupa, todavía más, de desarrollar la sensibilidad en el niño.
El fondo solo se hace consciente cuando se plantea atender la realidad que tiene delante; así que no lo podemos considerar una especie de instinto animal que se da por hecho: la Inteligencia se percibe cuando descubrimos algo que ignorábamos y el Amor se percibe cuando nos interesamos por los demás y por cómo les afectan nuestros actos. En vez de consentir o reprimir a los pequeños, debemos tomarnos la molestia de hacerles comprender el motivo y las consecuencias de determinadas conductas, a fin de que ellos puedan asumir la conveniencia de actuar según determinados patrones mientras dependan de nosotros. Otra cosa es si, más tarde, toman conscientemente la decisión de combatirlos y superarlos; pero será para colocar en su lugar otros más adecuados para estos fines, no para adoptar una existencia anárquica y desequilibrada.
Jordi Sapés y Maria Pilar de Moreta. “Espiritualidad, infancia y educación. Valores, autoridad y libertad”. Editorial Boira. 2022.
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