Efectos de la apertura a Dios 

Cuando uno puede abrirse a Dios de un modo experimental, de un modo real, se producen una serie de cosas. 

En primer lugar, la noción de Dios, cuando se vive correcta, auténticamente, hace que yo sea más profundamente yo. Pues a Dios como sujeto –no como campo sino como sujeto- sólo puedo ir a través de mi propia noción de sujeto. Es aquello que se dice que Dios está en el centro del alma y que allí donde acaba mi yo empieza Dios, que es otro modo de decir lo mismo. 

La noción de Dios es la noción íntima, profunda, más allá de mi propio ser, pero que se expande sin límites. Por lo tanto, cuanto más yo me abro a Dios, auténticamente, más yo soy. Dios no es la negación de mí, sino la única y la más rotunda afirmación de mi yo, puesto que es su expansión infinita, ilimitada. 

Pero, además, lo que yo ya soy normalmente, como fuente de mi propio mundo de energía, de inteligencia y de felicidad, aquí lo estoy recibiendo en grande y de manera ilimitada. Estoy con la fuente infinita de todo esto. En la medida en que permanezco abierto a esta Presencia desde mi intimidad, puedo ser canal de recepción, sin límites, sin que nada lo pueda interferir, de toda la abundancia que es el Infinito. 

[…] 

Así pues, el problema de la humanidad no es tanto un problema de circunstancias, de formas exteriores, como un periplo de su conciencia. Es un crecimiento dentro de la conciencia, una peregrinación, un desarrollo de la capacidad de ser consciente, de la conciencia de Ser. Es un llegar a una mayoría de edad. Y en la medida en que se crece en esa conciencia de ser, de ser yo y de ser yo en Dios, esto se va expresando en una mayor capacidad de acción, de fecundidad, de inteligencia, de efectividad, de creatividad. Puede decirse que,  en el fondo, toda mi vida es un crecimiento, un desarrollo de nuevas cosas, de nuevas capacidades, de nuevos gozos, de nuevos descubrimientos, es descubrir a Dios en mí y a mi yo en Dios, es descubrir que Dios a través de mí se expresa en el mundo y que Dios a través del mundo se expresa en mí. 

Y así se forma una conciencia dinámica de unidad en la que todo lo que existe, existe dentro de un Centro como expresión de él en todas dimensiones. Entonces se vive, poco a poco, el gozo inenarrable que es ser, a la vez, centro y esfera, ser al mismo tiempo parte y todo, ser lo relativo y lo absoluto, ser el ser y el parecer, ser los modos y la esencia. 

En el fondo, en esto consiste el gozo, en que, siendo, uno juega a no ser, tratando de llegar a ser. Cuando esto se puede hacer sabiendo y viviendo en el fondo que se es, esto es gozo, esto es afirmación suprema. Cuando esto mismo se hace olvidando que uno ya es, entonces eso es la angustia, el sufrimiento del vivir. 

Y todos tenemos la posibilidad de descubrir, de despertar, de recordar, de realizar que ya somos y que somos en el Ser que Es; sólo que hemos de mirar en esa dirección. Pongamos en ello la misma preocupación, interés y esfuerzo que ponemos en las cosas de la vida, y entonces todo esto se realizará para nosotros. 

Antonio Blay Fontcuberta. “Creatividad y plenitud de vida. Capítulo XVI La realización espiritual”. Editorial Iberia. 1977. 

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