La sexualidad en la educación (2). El placer 

La religión occidental ha sido tradicionalmente enemiga del placer, porque lo considera algo perverso relacionado con el instinto y opuesto a la razón. Una razón que ignora que, sin el protagonismo del instinto, caeríamos muertos de inmediato, porque nuestra mente racional desconoce cómo controlar el funcionamiento de nuestro organismo. Pero la religión presenta el instinto como un enemigo del espíritu y se empeña en controlar las pulsiones sexuales, considerándolas ilícitas; solo las tolera como algo inevitable para la reproducción de la especie. 

Esta obsesión de la religión por prohibir el placer, en general y el sexual en particular, lo ha convertido en la quintaesencia del pecado. Lo que, paradójicamente, despierta un interés morboso que ha acabado por impregnar todo lo que rodea a la sexualidad. 

Aquí, debemos tener claro que uno de los aspectos de nuestra naturaleza  esencial es el amor y que éste no está acotado ni se expresa exclusivamente en las relaciones afectivas. El amor se manifiesta, también, en el intelecto como interés por la realidad y se expresa en el organismo como placer. Así que experimentar la felicidad que somos implica gozar de nuestra existencia en estos tres planos: el orgánico, el afectivo y el intelectual. 

En todo caso, nos hemos de preocupar por experimentar la felicidad de una forma completa, en los tres ámbitos. Y esto está reñido con reprimirla o prohibirla en alguno de ellos. Está claro que perseguir el placer, sin tener claras las consecuencias de nuestros actos o las repercusiones que pueden tener sobre terceros, no es recomendable. Y, por descontado, es impropio del ser humano forzar cualquier clase de relación, tanto en términos físicos como psicológicos. Por tanto, la sexualidad, además de placentera, debe ser inteligente y amable. 

Aquí nos tocará denunciar los abusos y la opresión que ha venido sufriendo la mujer, tanto en el ámbito de la sexualidad como de la reproducción, y advertir a nuestros hijos varones de la responsabilidad que tienen de luchar para conseguir eliminar esta lacra social. 

También deberemos combatir la tendencia a convertir el cuerpo  en uno de los ejes centrales de la existencia. Los actuales cánones artificiales de belleza, dictados por la moda, se asocian con el prestigio personal y social, y se difunden de modo que genera incomodidad y desagrado con el cuerpo que la genética nos ha dado a cada uno. Complejo de imperfección del cuerpo que uno tiene. Hay que actuar contra estas ideas, porque la obligación de ser físicamente atractivos genera transtornos psicológicos que desembocan en enfermedades mentales. 

En paralelo, tendremos que inculcar a nuestros hijos, varones y hembras, el respeto por las diferentes orientaciones sexuales. Todavía se considera legítimo, en muchos países, legislar de un modo que impide ejercer sus derechos sexuales y reproductivos a millones de personas y se les persigue si se atreven a infringir esta legislación. Muchos gobiernos, grupos religiosos y líderes políticos intentan dictar e comportamiento ético y moral en su área de influencia, con especial énfasis en la sexualidad. Y es importante evitar que personas cercanas a nuestros hijos e hijas se atribuyan esta potestad. 

Porque la idea de que ellos o ellas no puedan tener control sobre su propio cuerpo y decidir la sexualidad que quieren practicar y el tipo de relaciones que quieren establecer genera impotencia y confusión mental y supone un obstáculo inadmisible en el derecho que el ser humano tiene de vivir una existencia consciente y voluntaria. 

Por eso, no basta con oponernos a la represión, también hemos de atender y desarrollar la capacidad de nuestros hijos e hijas para gozar de la existencia, a través de su cuerpo, haciéndoles conscientes de sus posibilidades. Este amor que somos se puede experimentar en el deporte, la danza, la comida, el contacto corporal y el sexo. Debemos enseñar a nuestros hijos a disfrutar de los alimentos, cultivando el paladar y abriéndolo a diferentes sabores y texturas; debemos transmitirles las pautas adecuadas para cuidar de su cuerpo y hacerlo suyo, y debemos enseñarles a gozar de su sexualidad y a evitar los peligros que ocasiona la falta de información en todos estos ámbitos. 

Si no asumimos nuestra responsabilidad en este aspecto de la educación, vamos a dejar a los jóvenes al albur de las redes sociales y de los intereses económicos que las manejan. El bienestar corporal es algo indispensable para una existencia plena y requiere de una educación que ha de ser experimental e inteligente. 

Jordi Sapés. Maria Pilar de Moreta. “Espiritualidad, infancia y educación”. Editorial Boira. 2022. 

Imagen: Pixabay

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