
Hubo una vez un hombre que vivía sumido en una profunda angustia. Sentía un vacío inmenso en el alma y, convencido de que la chispa de lo divino se había ocultado del mundo, decidió emprender un viaje para buscar a Dios. Caminó durante años, cruzando desiertos, escalando montañas sagradas y visitando los templos más suntuosos, pero en ningún lugar lograba encontrar la paz ni la presencia que tanto ansiaba.
Un día, exhausto y con el espíritu quebrado por el cansancio, llegó a la orilla de un lago de aguas mansas y cristalinas, oculto en un valle solitario. El hombre se arrodilló para calmar su sed.
Sin embargo, justo antes de que sus labios tocaran el agua, se detuvo de golpe. Al mirar la superficie, vio un rostro reflejado. No era su propio rostro cansado y envejecido, sino una imagen de una belleza, una serenidad y una luz tan perfectas que su corazón dio un vuelco. Supo, en ese instante, que estaba contemplando la mirada misma de lo sagrado.
Lleno de una alegría desbordante, el hombre estiró los brazos e introdujo las manos en el agua para atrapar aquella presencia divina. Pero en cuanto sus dedos tocaron la superficie, el agua se agitó, el reflejo se rompió en mil pedazos y la imagen desapareció, dejándolo solo con el lodo del fondo.
Desesperado, el hombre se sentó a llorar a la orilla. Esperó horas, lamentando haber destruido con su torpeza lo que tanto había buscado.
Al caer la tarde, el viento se calmó y el agua del lago volvió a quedar completamente inmóvil, como un espejo perfecto. El hombre, conteniendo el aliento, se asomó de nuevo con extrema delicadeza. Allí estaba otra vez el reflejo luminoso, mirándolo con infinita compasión.
Esta vez, el hombre no intentó atraparlo. Se quedó quieto, en absoluto silencio, simplemente contemplándolo. Y fue en ese instante de quietud cuando comprendió: el agua solo reflejaba lo que se ponía ante ella. Aquella luz divina que veía en el lago no estaba escondida en las profundidades del agua; venía de su propio interior. El espejo del lago solo le estaba devolviendo la belleza de su propia alma purificada por el viaje.
Parábola tradicional sufí. Anónimo.
