
Viene después [de lo que Blay denomina la oración cósmica] otro aspecto en la oración, que es la oración personal. Yo, además de ser un punto dentro de un conjunto que está evolucionando, soy también un punto de conciencia personal, soy una conciencia que evoluciona de un modo distinto a como está evolucionando el resto de mi personalidad conjuntamente con todo el universo.
Existen dos líneas de evolución: la evolución de todo yo, como elemento de la humanidad, por lo tanto dentro del movimiento general evolutivo; yo que, a través de mi cuerpo, formo parte de la materia de la tierra, por tanto del universo; yo que, a través de mi nivel afectivo, participo del nivel afectivo de la humanidad, y que, a través de mi mente, participo de toda la estructura mental de la humanidad, es decir, yo en tanto que personalidad dividida en estructuras, compuesta de elementos, que estoy sometido y participo de esta evolución total que hemos comentado anteriormente.
Pero además de la evolución conjunta con la humanidad hay en mí una nueva dirección, que es la conciencia individual que yo tengo de mí. Esa conciencia individual sigue un proceso distinto al que es genérico para toda la evolución. Mi evolución de la conciencia personal, de la conciencia subjetiva, es algo que nosotros podemos trabajar directamente, y es a lo que nos referimos cuando hablamos de trabajo de realización espiritual, de mejoramiento interior y de unión con Dios.
Yo quisiera que estas dos dimensiones se vieran con claridad. Una persona está inevitablemente participando del conjunto de todo cuanto existe en el proceso evolutivo, pero al margen, y además de esta línea de evolución general, hay otra línea evolutiva de conciencia individual que es, o puede ser, distinta de toda la evolución general.
Por ejemplo, una persona puede tener una sensibilidad exquisita y un grado de realización espiritual maravilloso, pero se encuentra situado en medio de una humanidad que está viviendo unos valores determinados. Ciertamente no son los mismos valores que él vive individualmente, sino en tanto que humanidad o grupo particular de la humanidad, unos objetivos comunes, unas necesidades, unas circunstancias históricas culturales propias.
Entonces el individuo no puede abstraerse, por muy elevado que esté respecto a esta situación. Tiene que participar inevitablemente en ella, porque él, como personalidad, está viviendo gracias a una interacción constante con lo otro y con los otros. Respira el aire que respiran los otros, come el alimento que produce el grupo, su acción ayuda a la producción general, al bienestar general, y él se beneficia a su vez del bienestar que le pueden proporcionar los demás. Así, pues, hay una interrelación y, en este sentido, una participación del modo de ser y del modo de funcionar del grupo en el cual está situado. Pues bien; esa persona realizará su función como ser humano, dedicándose a un trabajo particular, quizás a la enseñanza, o a un trabajo artístico, a nivel de la necesidad del ambiente que la circunda; es decir, estará haciendo una vida horizontal.
Pero además de esta vida horizontal, cuyo tono estará forzosamente emparejado a todo lo que le rodea, él podrá seguir viviendo, por su parte, en esa altura interior, podrá seguir subiendo hasta lo que él sea capaz de llegar y conseguir, respecto a ese estado de realización superior. Es decir, estará realizando la vida en dos niveles completamente distintos: un nivel vertical, en el cual él trata de vivir su máxima realidad unido con lo que llamamos Dios. Y el nivel o dimensión horizontal, en donde él está ejecutando una función dentro del conjunto. Es interesante comprender que ambas dimensiones son espirituales, ambas dimensiones apuntan hacia el mismo objetivo. Solamente que marchan de un modo distinto y a un ritmo distinto.
Por tanto, se plantea la necesidad de que la persona, además de la oración cósmica, participativa, lleve a cabo su propio proceso individual, su propia evolución personal, fundamentalmente a través de la oración. De la oración personal.
La oración personal consiste en que yo dé expresión de un modo directo a mi aspiración de acercamiento y de participación en lo divino. La oración no es una práctica que deba ser hecha por obligación. La oración no es un deber. La oración tiene muy poco que ver con la moral, en el sentido que estamos hablando nosotros. Tiene muy poco que ver con normas, iglesias o grupos que poseen su propia ética, sus propias reglas. En el sentido en que estamos hablando, la oración no guarda relación con ninguna obligación moral, ni siquiera con el bien o el mal. La oración es la sinceridad, el dar salida de un modo consciente, claro, abierto, total, incondicionado a esa demanda que hay en mí de lo divino. La oración es que yo exprese, que yo me ponga en contacto, o que trate de ponerme en contacto, con este Dios, con ese Absoluto, con este Todo al que aspiro, y que, de un modo u otro, exprese yo esa demanda. La oración es una exclamación de mi verdad, de mi sinceridad. Por tanto, nada tiene que ver con las fórmulas, con las prácticas estereotipadas, aunque, en la práctica, las fórmulas, reglas y prácticas puedan verificarse mediante un auténtico espíritu de oración.
El éxito en la oración, y al hablar de éxito queremos significar que la oración nos ayude de un modo eficaz al resultado que buscamos, depende de unos factores que ya hemos enunciado en varias ocasiones:
En primer lugar que yo me sitúe ante Dios con la máxima noción de claridad y de realidad respecto a Él, que trate de evocar en mí toda la fuerza de aspiración que hay hacia Él, para que sea capaz de intuirlo, para que esté todo presente ante mí. Que yo me dé cuenta del Ser a quien me estoy dirigiendo, que esté lo más clara y realmente posible la idea de Dios como objeto. De la claridad y realidad de Dios para mí dependerá el que yo viva la situación de un modo realmente trascendental, o solamente de un modo intrascendente. En otro momento dijimos que, cuando estamos ante un espectáculo que se sale de lo corriente, también nuestra movilización interna está por encima de lo normal. Cada vez que nosotros tratamos de situarnos conscientemente ante Dios, ante lo absoluto, estamos ciertamente ante algo muy por encima de nuestra experiencia normal. Esto dependerá del realismo, de la claridad con la que yo sea capaz de darme cuenta de la noción de Dios. De esa claridad y de esa realidad surgirá, sin esfuerzo alguno, mi reacción profunda.
El segundo requisito es que yo sea realmente Yo, que yo sea Yo en mis dos aspectos fundamentales: yo como personalidad integrada, como conciencia del cuerpo y de sus funciones, como conciencia afectiva, intelectual, con toda mi experiencia, con todo lo que he desarrollado en mi vivir cotidiano. Que yo sea esa conciencia actual y total de mí, ese yo pleno, verdadero, que para mí es verdadero en la vida diaria. Que sea todo eso en el momento de la oración y que, luego, yo trate de vivir, de evocar la intuición más profunda que tengo de mí mismo como sujeto centrado. Es decir, Yo como ser centrado, y Yo como personalidad. De la claridad y realidad de estos dos elementos surgirá la relación espontánea y total transformante.
La oración nunca debería ser una mera exclamación interior. Cuando la oración surge solamente de mis exclamaciones, de mis deseos, de mis anhelos o de mis demandas es que yo vivo más la realidad de mi personalidad que la realidad de Dios. Cuando, en un momento dado, yo quedo maravillado ante la intuición o ante la percepción real que se abre ante mí, del poder, bondad, grandeza y belleza de Dios, cuando yo me quedo quieto, mudo, silencioso, es que predomina más la conciencia de Dios que la conciencia de mí. No obstante, tanto en un caso como en otro, el proceso es incompleto. Hay unos instantes más sobresalientes, unos momentos cumbres que son revolucionarios, que son transformantes. Y esos momentos son aquellos en los que coincide la máxima actualización del Yo con la máxima actualización del no–yo, o Absoluto, que es Dios. Cuando yo puedo situarme todo yo ante Dios del todo es inevitable que surja una experiencia transformante. Yo no puedo salir de la oración tal como he entrado. Salgo totalmente otro, y no porque salga consolado, tranquilo, feliz, sino porque hay una revolución en mi conciencia interna, una revolución efectiva en la verdad más profunda de mí, del yo y del Dios en una sola experiencia.
La oración debería ser siempre absolutamente revolucionaria. En la medida en que no lo es, nos indica que estamos viviendo solamente en uno de los polos. Y que incluso ese uno lo vivimos también de un modo parcial.
Examinemos nuestra oración y démonos cuenta de qué es lo que le falta, dedicándonos a trabajar de un modo deliberado, sistemático, controlado en aquello que le falta para producir esa actualización simultánea de todo yo y de Dios del todo.
Antonio Blay Fontcuberta. «Caminos de autorrealización«. Editorial Cedel. 1983.
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