
CAPÍTULO II 1. Después de cumplir cinco años, se encontraba un día jugando junto a los charcos que se habían formado después de llover. El agua estaba sucia y él hacía confluir los regatos en una sola corriente, transformándolos en agua limpia sin hacer otra cosa que mandárselo. 2. Luego tomó un poco de barro blando del cieno y formó con él doce pajaritos. Era a la sazón día de sábado cuando Jesús hizo esto jugando. Y había otros muchachos que jugaban juntamente con él. 3. Cuando un judío vio lo que Jesús hacía, fue y se lo contó a su padre José, diciendo: «Mira, tu hijo está en el arroyo y, tomando un poco de barro, ha hecho doce pájaros, con lo que ha profanado el sábado». 4. Cuando José llegó al lugar y vio a Jesús, le increpó: «¿Por qué haces en sábado lo que no está permitido hacer?» Mas Jesús batió sus palmas y dijo a los pajarillos: «Volad y pensad en mí, vosotros los vivientes». Y los pajarillos se echaron a volar y se marcharon gorjeando. 5. Cuando los judíos vieron esto, se llenaron de pavor y se fueron juntos a contar a los otros el milagro que habían visto hacer a Jesús.
CAPÍTULO III 1. Estaba allí junto a José el hijo de Anás, el escriba, y se le ocurrió estropear con un mimbre el embalse, dando salida a las aguas que Jesús había reunido. 2. Al ver éste lo ocurrido, se indignó y le dijo: «Tú, sodomita, impío e insensato. ¿Es que te estorbaban mi embalse y el agua? Pues ahora te vas a quedar tú seco como un árbol, sin que puedas llevar hojas ni raíz ni fruto». 3. E inmediatamente se quedó el muchacho completamente seco. Jesús se alejó mientras tanto camino de casa. Entonces vinieron los padres del lisiado, lloraron su juventud y dijeron a José: «Mira qué hijo tienes».
CAPÍTULO IV 1. Iba otra vez Jesús paseando por medio de la ciudad. En esto vino corriendo un muchacho por detrás y saltó sobre sus hombros. Irritado Jesús, le dijo: «No concluirás tu camino». E inmediatamente cayó muerto el rapaz. Cuando los otros vieron lo sucedido, dijeron: «¿De dónde habrá venido este muchacho, que todas sus palabras resultan hechos consumados?» 2. Y, acercándose a José los padres del difunto, le amenazaban diciendo: «Tú, teniendo un hijo como éste, no puedes vivir en nuestra ciudad, de no ser que le enseñes a bendecir y a no maldecir; pues deja secos a nuestros hijos».
CAPÍTULO V 1. José llamó aparte a Jesús y le amonestó de esta forma: «¿Por qué maldices así, siendo con ello la causa de que éstos sufran, nos odien y pretendan echarnos fuera de la ciudad?» Jesús replicó: «Yo sé que estas palabras que acabo de pronunciar no proceden de ti, mas por amor a ti, ¡oh padre!, callaré. Esos otros, en cambio, recibirán su castigo». Y en el mismo momento quedaron ciegos los que habían hablado mal de él. 2. Los testigos de esta escena se llenaron de pavor y no se atrevieron a enojarle más, pues toda palabra que salía de su boca fuera buena o mala, se cumplía. Cuando José se dio cuenta de que Jesús había hecho esto, se enfadó mucho y, cogiéndole de la oreja, le tiró fuerte. 3. Jesús entonces se indignó y dijo: «Tú ya tienes bastante con buscarme y no encontrar (me), pues realmente no sabes si te pertenezco. Por lo demás, no me aflijas, pues tuyo soy y a ti voy».
CAPÍTULO VI 1. Y cierto rabino por nombre Zaqueo, que se encontraba allí mismo, oyó a Jesús hablar con su padre y se quedó maravillado de que el niño hablara así. 2. Se llegó, pues, pasados unos días, a José y le dijo: «Veo que tienes un hijo cuerdo e inteligente. ¡Ea!, confíamelo a mí para que aprenda las letras. Yo me encargaré de enseñarle todo lo que es menester: respetar a los mayores, padres o abuelos, tratar con mansedumbre a sus iguales, mostrar respeto y veneración hacia sus padres para que él mismo pueda ser amado por sus propios hijos y por los de los extraños». Entonces dijo el maestro a su padre José: «Ven, tráeme este muchacho a la escuela y yo le enseñaré las letras». José le tomó de la mano y lo llevó a la escuela. El maestro comenzó la lección con palabras amables y le escribió el alfabeto. Luego empezó a explicarlo, diciendo en alta voz lo que había escrito. Entonces el niño replicó: «¿He de instruirte yo a ti, o eres tú quien me estás instruyendo a mí? Yo ya me sé las letras que tú pretendes enseñarme. Muchos te condenarán, pues éstas son para mí como un bronce que tañe o como un cascabel que hace ruido, incapaces de reproducir ni una voz inteligible, ni la gloria de la sabiduría, ni la fuerza del alma y de la inteligencia». Luego hizo el niño una pausa y recitó a continuación todo el alfabeto, desde la Alfa a la Omega. Después clavó, airado, la vista en el maestro y le dijo: «¿Por qué enseñas tú la Beta a los demás, sin conocer de antemano la naturaleza del Alfa? Hipócrita, si lo sabes, enséñame primero lo que es el Alfa, y luego te creeré lo referente a la Beta». Entonces comenzó a explicar al maestro la naturaleza de la primera letra. 3. Y dijo a Zaqueo en presencia de muchos oyentes: «Escucha, maestro, y entiende la constitución de la primera letra: cómo tiene dos trazos rectilíneos y los rasgos que ves agudizarse en la mitad unidos, elevados…, triangulares y biangulares, homogéneos…, equilibrados; el Alfa tiene dimensiones iguales».
CAPÍTULO VII 1. Cuando el maestro Zaqueo escuchó la exposición que hizo el niño acerca de los elementos de la primera letra, desconcertado por ver que él nada podía añadir a una respuesta como ésta, ni a una lección como la que acababa de escuchar, dijo: «¡Ay, pobre de mí, que he perdido el juicio! Instruyendo a este muchacho, yo mismo me he acarreado la vergüenza». 2. «Tómalo, hermano José, y llévatelo, pues no puedo soportar su mirada ni la sutileza de sus palabras. Es verdad que este niño es extraterrestre: es capaz de dominar el mismo fuego; ya existía mucho antes de la creación del mundo. Ignoro qué seno materno le ha traído al mundo y no sé qué madre le ha amamantado. ¡Ay de mí!, amigo mío: todo esto se me oculta. Me encuentro aturdido, pues me he engañado a mí mismo, pobre de mí. Deseaba tener un discípulo y me he encontrado con un maestro». 3. «Ahora me doy perfecta cuenta de mi confusión, pues he sido vencido por este niño. Por causa suya no me queda otro remedio que morir humillado. Soy incapaz de mirarle a los ojos, mientras todos son testigos de que me he dejado vencer por un rapazuelo. ¿Qué es lo que puedo añadir, o qué explicación voy a dar acerca de lo expuesto sobre los elementos de la primera letra? No lo sé, amigos míos, pues no comprendo ni el principio ni el fin». 4. «Toma, hermano José, este niño y llévatelo a casa, pues es algo extraordinario: o un Dios, o un ángel o no sé cómo llamarlo».
CAPÍTULO VIII 1. Y en presencia de los judíos que acompañaban a Zaqueo, el niño rompió a reír diciendo: «Den fruto ahora los estériles, vean los ciegos y oigan los sordos en el fondo de su corazón: Yo he venido desde arriba para redimir a los que estaban abajo y elevarlos a las alturas, tal como me mandó quien me envió a vosotros». 2. Cuando el niño terminó su discurso, se sintieron inmediatamente curados todos aquellos que habían caído bajo su maldición. Y desde entonces nadie osaba enojarle, no fuera que le maldijera y quedara lisiado.
“Evangelio Apócrifo del Pseudo-Tomás”. Capítulos II al VIII. Traducido al español de una versión eslava que se distingue por ser una traducción sin pretensiones literarias, de un original griego que hubo de existir alrededor del siglo XI.
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