La unidad (1ª entrega de 3) 

    [Blay acostumbraba a dar “cursos para antiguos alumnos”. Con ello se refería a aquellos que habían al menos acudido a escucharle una vez los temas básicos de su enseñanza: el personaje, el centramiento, los niveles superiores, etc. Este artículo procede de la transcripción de uno de esos cursos.] 

1.- El todo y la parte 

     El hombre es un ser cósmico. La energía del cosmos es la que le anima, la plenitud del cosmos es la que está en su centro afectivo y la inteligencia del cosmos es la que piensa a través de él. 

Cuanto más pronto nosotros podamos reconocer esa inmensidad de vida, de amor y de poder que somos, esa unidad profunda que nos une a todos y de la que todos somos expresión individual, más rápidamente nosotros viviremos esa armonía, esa paz, ese poder. Pero cuanto más nosotros no aferremos a nuestras pequeñas mentes personales, con sus distinciones, con su querer prevalecer por encima o aparte de los demás, más estamos prolongando nuestro propio purgatorio. 

Hemos de aprender a vivir más la unidad, la totalidad de nuestra conciencia, contrarrestando así el hábito que llevamos desde muchísimas generaciones de vivir amarrados y crispados en  nuestra pequeña personalidad. En cada momento nosotros debiéramos poder vivir sintiendo la unidad de la vida, pero nosotros vivimos sólo una parte de esa unidad como si fuera nuestra única realidad, y esa parte que creemos ser la vivimos contrapuesta a las otras partes de esta misma unidad. 

En cada momento yo tengo la visión particular de algo porque existe también la visión general de ese algo. He de aprender a mantener ese plano más profundo de la conciencia abierto, consciente de la totalidad que percibo, aún cuando yo esté manejándome concretamente en el aspecto particular en el que me estoy moviendo, en el que estoy actuando. Es decir, he de vivir siempre la parte en función del todo. 

He de aprender también a vivir lo que es la forma en relación con el fondo. Cada vez que yo tomo conciencia de algo, ese algo es algo que se destaca sobre un fondo, sobre un fondo interior. Cuando yo me doy cuenta no sólo de la forma particular, de una idea, de un objeto, de un sentimiento, (o de lo que sea), sino que me doy cuenta del fondo desde el cual percibo la forma particular, he cambiado de nivel. También cada vez que tomo clara conciencia de algo, por este mismo hecho ya me sitúo en un nivel más profundo. Pero en lugar de tener esa visión en profundidad nosotros solemos deslizarnos mecánicamente de una forma a otra forma y a la otra. Y así tenemos una actitud incesante pero toda ella en la superficie, lo que nos impide vivir esa mayor realidad que está detrás de cada forma particular, de cada fenómeno particular de conciencia. 

2.-La relación con el entorno 

Otra forma de ver lo mismo, es la de que nosotros siempre actuamos en relación con algo. Y nuestra acción no está desligada, no es algo aparte de ese algo en relación al que actuamos, pues mi acción y el algo con lo cual me relaciono forman una sola unidad dinámica. Pero si yo estoy moviéndome dentro de mis esquemas personales de siempre, yo estoy viviendo la ilusión de estar actuando como algo aparte y distinto de lo otro; en lugar de vivir esa unidad funcional, dinámica, estoy viviendo una parcialidad que se contrapone al resto. 

Cuando estoy hablando con alguien, y yo digo algo, eso que yo digo es como una parte de un todo; el otro me contesta y es como si completara esa parte.  

Al movernos es exactamente igual. Yo me muevo en un medio ambiente, el cual puede ser simplemente el aire, o puede ser un espacio particular. El movimiento que yo estoy haciendo está en relación con ese aire, o con el lugar particular en el que me muevo, o en relación cn el destino al que me dirijo. Entonces ese destino, yo y el movimiento son una sola unidad. También el aire a través del cual yo me deslizo es una parte integrante de esa unidad total que es mi movimiento. 

La interacción humana es algo que está constantemente buscando su unidad, algo que se está completando. Yo ahora os estoy hablando, y mi hablar es un aspecto que está totalmente unido, inseparablemente unido a mi conciencia de vosotros. Por lo tanto, la conciencia de mí, la conciencia de vosotros y el hablar son tres elementos de una sola unidad. A su vez, lo que yo digo, plantea en vosotros una pregunta, o una situación inacabada, algo que requiere que lo comprendáis, que lo aceptéis o que lo rechacéis, o que sigáis unas normas consecuentes a lo que digo. Pero lo que vosotros recibís no queda completado hasta que vosotros respondéis totalmente a ello; y así, desde vuestro punto de vista, mi presencia, lo que os digo y vuestra respuesta forman una sola unidad.  

En cada momento, cada parte se relaciona con todas las partes restantes; es un Todo que es dinámico, que es funcional, y que no hay en él ni una sola parte que esté desconectada o aislada de lo demás. 

Antonio Blay Fontcuberta. “La realidad. Curso de profundización y diálogos”. Editorial Indigo. 1994 

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