¿Los valientes no lloran?

Cuando mi hermano y yo éramos niños solíamos jugar a béisbol. Aunque no tendríamos mucho más de 10 años, llegó un día que nos dejamos de chiquilladas y empezamos a jugar como profesionales: Teníamos un robusto bate de madera mayor que nosotros y, aunque solíamos batear pelotas de tenis, un día compramos una pelota de cuero que pesaba un quintal, cuyo corazón siempre imaginé de hierro.

En una de estas, y ya con la flamante nueva pelota, jugábamos con un amigo y no sé quien fue de los dos que lanzó uno de nuestros potentes tiros. Esa vez, no obstante, a diferencia de lo que pasaba otras veces (parábola ascendente), la pelota salió disparada horizontalmente con un objetivo inesperado: el labio de nuestro amigo. Parte de ese labio se abrió como un melón y nuestro amigo se retorció ácidamente de dolor durante largo rato.

Bastante abrumado por lo sucedido, todavía me descolocó más la insistente reacción del padre del chaval, pues recuerdo muy bien que le espetaba: ¡No llores! ¡Por favor, no llores! Así todo el tiempo, avergonzado e intentando que el niño se reprimiera.
Con la edad que teníamos, y con un golpe tan fuerte que acabó en el hospital con varios puntos, ¿cómo se le podía exigir al niño que no llorase? ¿Se lo exigiría igual si la golpeada fuera una niña?

Yo mismo recuerdo haber hecho lo posible por retener el llanto en gran parte de mi infancia, en toda mi adolescencia y en parte de mi juventud. Recuerdo que la época en que uno más se vanagloriaba de que esto no sucediera era la adolescencia, larga época en la que uno se reía con autosuficiencia cuando ya no recordaba la última vez que había llorado. Eso era  un pasaporte hacia la vida adulta. Ya eras un hombre. Y es que los papás no lloran. Nunca. Llorar es de niñas.

¿Cuántas veces habéis visto llorar a vuestros padres? ¿Y a vuestras madres?
Seguro que la diferencia es notable, si no abismal. Con todos los beneficios que tiene llorar, y con todas las consecuencias que esta descompensación tiene a nivel social.

En mi barrio, la Verneda, los niños y los adolescentes que eran un poco duros ni siquiera sonreían. La gente era dura desde pequeña, nacía dura, como nuestra pelota de béisbol de cuero con el corazón de hierro. Algunos iban con navajas, otros robaban en comercios, ¿Cómo narices iban a llorar? Si lo hacían más valía que se cambiaran de barrio, porque desde luego perderían cualquier crédito y pasarían a ser el hazmerreír de sus adeptos.

Yo intentaba ser de los duros, incluso insensible. Ya de más pequeño había sido el marginado y había padecido la soledad más absoluta, y esta vez, ya en EGB debería espabilar. Sentía un placer mezquino y transitorio cuando otros lloraban, porque según nuestro código de mini-hombres yo era más duro que ellos. Más “hombre” que ellos.

En la tele o en el cine, nadie quería ver a Bruce Willis o a Silvester Stallone llorando. Mucho menos a Schwarzenegger, mi gran ídolo durante tantos años. ¡Sería ridículo! Los queríamos ver machacando a otros en la cárcel, en la calle o donde quiera que estuvieran. Luego ya si serían capaces de cuidar a un amigo encamado o si empatizarían con los sentimientos de sus hijos no era nada relevante en el desarrollo de la trama. De hecho, eso a ninguno nos importaba un carajo.

Personalmente, hoy día todavía siento cierta vergüenza al llorar si estoy en la calle, aunque no lo reprimo si sucede. Es un acto que inconscientemente sigue teniendo la etiqueta social de fracaso, de tristeza, de cobardía, de impotencia. Y siempre es mucho más grave y chocante cuando eres un varón, y adulto. Entonces te desnudas públicamente y tu ego puede quedar gravemente dañado para los que creen que llorar es ridículo. Algo realmente muy gordo te tiene que haber pasado, porque en general te dirán que te has desmoronado, que estás desmontado, que estás mal de verdad. ¡Los hombres no lloran! Cómo no te vas a avergonzar de llorar… ¡Lo sabe todo el mundo! ¡Los hombres no lloran!

Seguro que hay mucho en juego en esta descompensación. La vida, no sé si es un valle de lágrimas, pero desde luego tiene situaciones que nos afectan. A veces el llanto aprieta y es absurdo y nocivo retenerlo, nada natural ni humano; hay que llorar y desahogarse tranquilamente, con sollozos, pucheros y sacada de mocos. Porque, hombres y mujeres, ¿sabéis cuál es la verdad? Que llorar cuando hay que llorar es un gran gozo que nos hace más fuertes, no más débiles. El llanto es una emoción humana necesaria y tremendamente liberadora que necesita su expresión. Nos permite sintonizar con las situaciones difíciles, pasar página de las mismas y seguir disponibles emocionalmente. 

El otro día descubrí a una Psicóloga llamada Pilar Sordo que puso un ejemplo maravilloso. Decía: las personas y sus emociones son como los edificios; los hieráticos y rígidos caen abajo con los terremotos y los flexibles se mueven con la vibración y aguantan firmes y en pie, sin fisuras. Magistral símil. 

A veces, la verdadera fuerza está en la adaptabilidad. La tarde que jugábamos con mi hermano y nuestro amigo, si no hubiéramos tenido la necesidad de “ser más hombres”, hubiéramos seguido jugando con la pelota de tenis —en lugar de con un proyectil de cuero— no habría habido heridos y el juego habría durado hasta muy entrada la noche.

 

4 comentarios en “¿Los valientes no lloran?”

  1. Por esas etiquetas que tiene el llorar públicamente de fracaso, tristeza , debilidad etc nos da verguenza hacerlo y con ello se reprime un acto natural. Como estas consignas son roles aprendidos podemos trabajar esa parte infantil que nos permita liberanos de las etiquetas. Esa es la grandeza de éste trabajo.
    Me gusta el simil de los edificios.
    Gracias por compartir éste artículo Miquel.

  2. Comparto internamente tus reflexiones Miquel; yo que crecí en un ambiente rural esto de que te vieran llorar era un sacrilegio, supongo que en ese contexto era pura supervivencia, tal y como señalas. Bien es cierto que actualmente la realidad ha cambiado y ver llorar a un hombre hoy en día no sorprende tanto e incluso hasta en ciertos ambientes te hace ganar puntos, ya ves… Para mí la conclusión es que todo va a su sitio cuando actuamos en la realidad despiertos porque tanto las lágrimas como las risas se ajustaran suavemente a la realidad imperante.
    Muchas gracias por tu artículo.
    Abrazote.

  3. Muchas gracias Miquel por abrir un tema tan interesante de debate al que espero que se sumen más personas, pues todos tenemos nuestra vivencia personal al respecto.

    Y es que el de las emociones es un ámbito inherente a la condición humana pero que sorprendentemente pocos saben manejar.

    Como bien apuntas, se nos ha enseñado a catalogar las emociones como positivas o negativas y por tanto a desear y mostrar las primeras pero a esconder las segundas, como si fueran indignas. Sin embargo, todas las emociones son igual de importantes en el desarrollo del ser humano y, de hecho, el llanto es la manifestación emocional primaria del niño, su herramienta de expresión desde el momento mismo en que llega a la vida. Sin él, el pequeño moriría al resultarle imposible trasmitir sus necesidades.

    Cierto es que gracias al Trabajo espiritual hemos aprendido a que no sean las emociones las que nos manejen, sino a darnos cuenta de que éstas son una expresión nuestra, pero que nosotros no somos esos estados de ánimo. Ahora bien, ello no hace que no sea necesario aprender a gestionarlas y por supuesto validar aquellas emociones consideradas socialmente como negativas. Porque estar despierta no implica estar de ninguna manera en concreto; estar despierta es estar presente en la conciencia y actuar desde ahí.

    No hay más que observar a los niños para darnos cuenta de que, aunque todavía no han desarrollado un manejo adecuado de las emociones, la espontaneidad natural que muestran dista mucho del modo de actuación adulto basado en la represión, el juicio y la ocultación de nuestros sentimientos (no vaya a ser que me tachen de…).

    En cuanto a la cuestión de género que planteas, es innegable que los hombres lleváis cientos de años arrastrando la pesada losa de que llorar es de chicas, de débiles, de ser poco hombres, etc. Estoy convencida de que a la mayoría os resuenan estas frases cuando lloráis y la triste realidad es que nos sigue sorprendiendo más ver llorar a un hombre que a una mujer. Se trata de ideas grabadas a fuego en el inconsciente colectivo que hemos de trabajar concienzudamente para superar; el primer paso es sin duda darse cuenta de ello y sacarlo a la palestra, como has hecho por medio de este artículo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio