Práctica diaria

Editorial Sincronia

Esto nos obliga a dedicar todos los días un espacio a este contacto [con Dios], a este reconocimiento de Dios presente, expresándome y vaciándome de lo que me preocupa y dejando sitio en mi mente y en mi corazón                  para que Dios pueda manifestarse de algún modo. Todos los días yo he de dedicar 15 ó 20 minutos (por la mañana si es posible) a esta práctica, con toda sinceridad; y el clima que se produzca, procuraré mantenerlo durante el día. También repetiré cuando me sea posible, aunque sea en períodos más cortos (de unos 5 minutos) el mismo proceso de oración y silencio receptivo, para renovar la experiencia de la mañana.

     Durante la fase inicial hay que obligarse a hacerlo, porque nosotros somos como una máquina de costumbres y nuestra inercia nos lleva a hacernos vivir como siempre, pendientes de las ocupaciones y preocupaciones, de los hábitos y costumbres adquiridos. Es necesario obligarse a introducir estas prácticas, como unos paréntesis en los que nos aislamos por unos momentos de lo cotidiano y del propio mundo mental para establecer la conexión con la Fuente. Esto conviene hacerlo diariamente, una vez por la mañana y luego a  lo  largo  del  día,  tres,  cuatro  o  cinco  veces,  las  que  se  pueda; y   el   resto   del   tiempo                      mantener este clima.

 

     Debe mantenerse esto mediante un esfuerzo de la voluntad; pero no pasarán dos o tres meses (si se practica sinceramente) sin que uno note que hay algo, que algo está viviendo, que aparece, que se hace patente, que se comunica. Entonces dejará ya de existir este esfuerzo de la voluntad, porque en cuanto se gusta el «sabor» de esta Presencia, la calidad de esta Luz, entonces el peligro está por el otro lado; es la voluntad la que debe intervenir, no para hacer la práctica, sino para no descuidar las obligaciones diarias, pues uno se quedaría constantemente abierto a esta Presencia.

 

     Desaparece el esfuerzo y esto va creciendo y creciendo hasta convertirse en algo fabuloso. Como también dice el Evangelio, es como esa «pequeña semilla que cuando cae en buena tierra y crece se convierte en un árbol frondoso donde vienen a hacer su nido millares de pájaros».

 

     Este acto de oración y de apertura a la acción de Dios es lo que va desarrollando la semilla que se convierte en el árbol frondoso que luego llenará nuestra vida transformando el sentido de todo. Y en lugar de ser yo quien busque cobijo bajo la sombra de los demás árboles, yo me convertiré en un árbol firmemente enraizado, y además podré comunicar, podré dar a los otros algo de lo que yo estoy viviendo.

 

Antonio Blay Fontcuberta.    “Personalidad y niveles superiores de conciencia”.     Editorial Sincronía. 2016.

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