Serie de reflexiones sobre la ponencia del III Congreso de ADCA «el compromiso esencial». Séptima entrega: «EL ERROR DE DESCARTES»

pixabay

 

 

«En la cultura griega, desde Homero, el hombre goza de una doble existencia: la de su corporeidad perceptible y la de su imagen invisible; la psique, que cobra vida propia y libre únicamente después de la muerte.

Platón recoge esta idea y la perfecciona: El hombre, es un compuesto de alma y cuerpo. Pero el alma está unida al cuerpo accidentalmente, como el piloto a la nave, el músico a su instrumento, el caballo al carro. Es una unión en estado violento, porque el alma tiende siempre a su situación primitiva, divina, inmortal, espiritual. Por eso el cuerpo es el vehículo del alma; más aún, es su cárcel.

Siglos posteriores, impacta hondamente el gran error de Descartes, consistente en atribuir al pensamiento una actividad al margen del cuerpo. Es un error que separa el cuerpo de la mente; por una parte la materia configura el cuerpo, medible, dimensionado, movido mecánicamente, infinitamente divisible, y por otra, la esencia de la mente, adimensional, asimétrica, indivisible.

Un paso posterior consiste en valorar al alma como inmortal y divina, con una vida eterna que se desarrolla en una dimensión sobrehumana, sustentando los fundamentos de la mística.

Por su parte, la antropología semítica se proyecta con otras categorías. Parte de un principio: Dios ha creado el hombre a su imagen y semejanza, soplando su aliento en arcilla, que simboliza el cuerpo humano. Cuerpo y soplo son inseparables. Cuando se desprende el soplo aglutinador al final de la vida ya no hay “cuerpo”, sino un “cadáver”, es decir, una multiplicidad de elementos bioquímicos que se van disgregando hasta hacer desaparecer una apariencia engañosa de cuerpo-vivo. El cadáver no es ni siquiera cosa, es conglomerado en descomposición, hasta convertirse en polvo.

El hebreo llama cuerpo animado a esa realidad tangible, sensible, expresiva y viviente. Y considera este soplo divino como lo que posibilita la conciencia

     A pesar del adoctrinamiento religioso que recibimos en la infancia, nuestra mente ha sido educada en base al paradigma griego: primero platónico y más tarde cartesiano.

     

     La dualidad alma y cuerpo resultó muy útil en su momento para dirimir el conflicto que se planteó después de la caída del Imperio Romano entre el poder civil y el eclesiástico. La dualidad alma y cuerpo se relacionó con otras dualidades: bien y mal, cielo y tierra, revelación y ciencia, etc. De hecho, ambas instancias llegaron a un compromiso repartiéndose estas dos áreas: el alma para la religión, bajo la supervisión de la Iglesia, y el cuerpo para la ciencia, bajo el control del Estado.

 

     Y nosotros hemos recibido esta educación dual: religión y ciencia, fe y razón, moral y competencia, buenos y malos, etc. Hemos heredado una visión contradictoria de la realidad que nos impide entenderla y, sobre todo, movernos conscientemente por ella.  Y encima nos hemos visto acusados de incapaces, malos o pecadores.

 

Imagen: Pixabay 

     Por eso ha habido en la historia diversos intentos para salir de este bloqueo. El más importante ha consistido en reclamar también para la ciencia el terreno de la mente, asimilándola al espíritu y colocándola bajo una nueva disciplina: la Psicología. Esta nueva ciencia tenía que darnos la posibilidad de prescindir de la trascendencia por completo, de sustituir al confesor por el psicólogo. Pero, si bien ha cuestionado la religión tradicional, no solo no ha conseguido eliminarla sino que, en el entorno de la New Age, ha sido utilizada como caballo de Troya para introducir un montón de creencias, a cual más fantástica. Creencias que han acabado por cuestionar la propia ciencia y por incrementar el desconcierto social.

 

     Pero reexaminado ahora las Escrituras, nos encontramos con la sorpresa de que su planteamiento no siguen este modelo platónico-cartesiano sino un patrón de pensamiento distinto: el paradigma semítico.

 

     Como ejemplo podemos utilizar una de las sentencias más famosas de la Biblia, presente ya en el Antiguo Testamento y que Jesús utiliza en respuesta a la pregunta de cuál es el mandamiento más importante: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo.”  

 

     Salta a la vista que aquí no aparecen dos agentes sino tres: además de dirigirse a individuos con cuerpo y alma, que manejan pensamientos y sensaciones, se nos reclama una interrelación con Dios y entre nosotros mismos; un vínculo que se denomina amor.

 

     Este tercer componente no aparece en Platón ni en Descartes. Resalta que podemos amar, porque Dios, con su soplo, nos ha dado la conciencia que nos permite hacerlo. Él nos ha amado primero haciéndonos conscientes; y, para un ser consciente, amar al prójimo es la única forma de relacionarse con los demás que tiene sentido.              

 

     Así, el espíritu, como protagonista del amor, resuelve la contradicción cartesiana generada por la dualidad cuerpo y alma: soluciona el supuesto conflicto entre cielo y tierra, entre egoísmo y altruismo, entre bien y mal. Hace que el cielo descienda a nuestra existencia cotidiana y que las decisiones que tomamos en ella estén encaminadas a realizar de forma consciente la unidad que ya es un hecho en lo Superior.  

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio