La presencia de Dios

    ¿Cómo se consigue un primer enfoque de trabajo en esta dirección de la Omnipresencia de Dios? En primer lugar, ya lo hemos dicho, hemos de reflexionar sobre hasta qué punto comprendemos esto. Ver si para nosotros es evidente y para verlo necesitamos mirarlo con ganas de comprender, de conocer, de acercarnos a la verdad.  

Tratar de aprender a ser más conscientes de la presencia de Dios en nuestra vida diaria, en todo momento. Procurar no quedarnos detenidos en la simple apariencia de las cosas que percibimos, sino tratar de penetrarlas. Intentar adivinar la presencia que está haciendo y permitiendo que aquello sea lo que realmente es, y no otra cosa. Dirigir nuestra atención, nuestro interés, nuestra intuición más allá del objeto, persona o fenómeno que percibimos. No hemos de quedar atrapados tan sólo en lo sensorialmente perceptivo. Tratemos de captar de algún modo, de tener la sensación de tacto, de ese “algo” que está más allá de nosotros mismos, más allá de la percepción visual, más allá de la percepción auditiva, más allá del fenómeno del conocimiento y del sentimiento, más allá de cada cosa. Y procuremos mantener esa atención a dicha Presencia en silencio. Dedicar ratos exclusivamente a estar atentos a la noción de la presencia de Dios en todas partes, pero, de un modo especial, en mí, aquí y ahora.  

Tratar de ver, de sentir, de intuir en la vida diaria. Luego mantener silencio, en esa misma disposición de atención dirigida a lo que está dentro y fuera de nosotros, no un silencio perezoso, un silencio hueco, sino un silencio pleno de vida, intentando percibir, descubrir y deseando que esa realidad se manifieste a nosotros de algún modo.  

Antonio Blay Fontcuberta. “Caminos de autorrealización”. Editorial Cedel. 1983 

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