Las bases del personaje (2)

El yo-idea, como todos los complejos, se instala en el subconsciente. La gente procura no pensar en términos negativos sobre sí misma y gusta de identificarse con aquello que quiere conseguir, con su yo-ideal. Sin embargo, de no existir previamente el yo-idea, no se generaría un yo-ideal destinado a evitarlo o compensarlo. Si el sujeto no estuviera alienado, respondería en cada momento a los estímulos procedentes del exterior sin segundas intenciones y sin necesidad de demostrar nada a nadie. Pero si observamos nuestros juicios habituales sobre la realidad y el comportamiento derivado de los mismos, veremos que estamos constantemente intentando demostrar nuestra valía al tiempo que arrastramos la idea de un posible fracaso. Porque cuando uno se considera valioso no necesita hacer demostraciones.

     Y aquí es importante distinguir entre la idea de no valer lo suficiente, que se corresponde con los objetivos del yo-ideal, y la idea de ser deficiente. La idea de no valer lo suficiente nos invita a esforzarnos por llegar a revestir con mayor intensidad una determinada virtud; en cambio la idea de ser deficiente nos advierte todo el tiempo de que estamos en peligro de ser descubiertos y de caer en el descrédito, como si tuviéramos una tara de nacimiento que tenemos que encubrir como sea. Esto cuesta más percibirlo. Para vislumbrar de qué estamos hablando podemos observar las cosas que hacemos “para que nadie pueda pensar o decir que…”. Está claro que con esta conducta queremos evitar un peligro que, la mayoría de las veces, sólo existe en nuestra imaginación, pero parece pender sobre nosotros como una espada de Damocles. Veamos cómo se ha metido en nuestra imaginación.

 

     La manera más fácil es por alusión directa: “este niño es tonto”, “eres un inútil”, “eres malo y egoísta”. También se asumen estas ideas cuando el entorno las da por supuestas aunque no lo diga explícitamente: “tú calla”, “no se lo dejes tocar que lo romperá”, “este niño no se hace querer”. Evidentemente, para que esto se convierta en yo-idea se ha de escuchar repetidamente.

 

     Pero el niño puede llegar a pensar que es tonto, malo o torpe por su propia cuenta, sacando conclusiones de lo que escucha a su alrededor. Uno de los casos más frecuentes se produce, por identificación, cuando el padre o la madre es criticado por el otro progenitor: el niño asume que su padre -y la niña que su madre- son deficientes. Ambos ven devaluada a la persona que, en teoría, les sirve de ejemplo y  con la cual se identifican, de forma que tienden a creer que están condenados a reproducir los presuntos defectos del progenitor señalado como deficiente.

 

     A veces no son los progenitores los que actúan como modelo negativo sino otros familiares por los que el niño siente especial afecto y que son criticados por los padres. El pequeño no está en condiciones de relativizar y considerar como una opinión las afirmaciones que oye, sino que las toma por la verdad. En consecuencia, se encuentra experimentando afecto por una persona que, en teoría, no es conforme al modelo y esto le produce una contradicción interna.

 

     También se genera el yo-idea como consecuencia del énfasis que el entorno pone en determinados aspectos del modelo que considera ineludibles. Si resulta que, en el entorno familiar, ser una persona enérgica se tiene por algo indispensable, una condición sine qua non para sobrevivir en el mundo, el niño puede llegar fácilmente a la conclusión de que él no dispone de dicha cualidad. Sobre todo si ocupa un lugar secundario en la jerarquía familiar. En este caso, la insistencia del entorno produce justo el efecto contrario al deseado.

 

     Finalmente tenemos aquellos casos en los que el hijo recibe la proyección de los padres de un modo exagerado y el encargo explícito de redimirlos de una situación presuntamente injusta y frustrante. En este caso se produce una especie de inversión de la relación parental y es el hijo el que tiene el mandato de proteger al padre o a la madre. Éste es un “encargo” que el niño no puede rechazar, pero internamente se siente incapaz de cumplirlo e interpreta este hecho calificándose de débil o egoísta. Estos “encargos” suelen llevar aparejados la idea de que el niño es alguien superior a los demás mortales, normalmente por herencia o saga familiar. Así que tenemos aquí un ejemplo de yo-idea positivo y enaltecedor que incide también en la mente del niño y le predispone a considerarse alguien especial, al igual que los niños mimados o consentidos.

 

     O sea que el yo-idea no es necesariamente algo negativo, puede ser positivo en términos de consideración social y generar un complejo de superioridad de igual manera que lo genera de inferioridad. El problema, repetimos, es que el niño ve distorsionado su desarrollo personal por una idea previa de cómo es. Desde el punto de vista del niño tan trágica es la idea de ser tonto como la obligación de ser el primero en todo porque se le suponga especialmente dotado. Cuando el yo-idea es positivo, el yo-ideal no juega una función compensatoria sino exigente, porque a una persona que ha nacido extraordinaria, se le puede exigir más que a los demás.

 

     ¿Por qué tiene tanta influencia el entorno en la formación de la mente infantil? Por dos motivos: en primer lugar porque, desde un punto de vista conceptual, el niño nace con la mente en blanco; y en segundo lugar debido a que, previamente, se ha devaluado su capacidad de observar y comprender por sí mismo. Como veíamos más arriba, el niño acaba por desconfiar de sus capacidades genéricas y está predispuesto a sustituir su comprensión por la información que recibe. Y como la mente tiene horror al vacío, necesita disponer de una explicación para la situación en la que se encuentra. El niño deduce que no es “como debe ser” porque lo están corrigiendo todo el tiempo; por tanto, tener datos acerca de esta presunta inadecuación le permitirá diseñar algún tipo de estrategia para manejarse mejor en su realidad cotidiana. También puede serle útil para comprender por qué los demás no actúan como se presupone que deberían hacerlo.

 

     El yo-idea aplicado al propio sujeto le indica al niño qué ámbitos de la realidad le están vedados porque en ellos no cosechará más que dificultades y desprestigio. Y aplicado al entorno le proporciona argumentos para rechazar a las personas que muestran estos supuestos déficits. Ha de quedar muy claro que el yo-idea y el mundo-idea es exactamente el mismo. Por eso decía Blay que las personas por las que más rechazo sentimos son aquellas que encarnan especialmente nuestro yo-idea.

 

     Ante esta afirmación, muchos reaccionan preguntando con incredulidad: ¿esto significa que yo soy como esta persona a la que tengo tanta manía? Y la respuesta es: no, tú no eres de esta manera, pero tu yo-idea teme que puedas serlo. Cuando alguien tiene un complejo, se muestra especialmente incómodo en presencia de personas que manifiestan esta deficiencia: los que tienen complejo de hacer el ridículo se sienten especialmente molestos ante la timidez de otras personas y los que tienen complejo de gordos se ponen nerviosos cuando contemplan a una persona especialmente obesa. Esta imagen les recuerda su presunto déficit particular y el peligro que tienen de que se haga evidente. La persona puede no estar especialmente obesa, pero su yo-idea le dice que tiene que contemplar la posibilidad de estarlo como una grave amenaza para su identidad personal. Para su yo-idea, estar gordo equivale a una muerte social.

 

     Lógicamente esta idea inducirá determinados comportamientos destinados a evitar la obesidad. El individuo no está gordo, pero actúa como si lo estuviera. Probablemente prestará una gran atención a las dietas; o por el contrario, comerá de una manera compulsiva pero con un gran sentimiento de culpa. En cualquier caso, cualquier idea profundamente enraizada en el subconsciente resulta un factor relevante en la conducta de las personas, tanto si es cierta como si es falsa. En el caso de que sea cierta puede mediatizar el pensamiento reclamando una importancia exagerada; y si es falsa pervierte todos los procesos mentales en los que interviene. En cualquier caso, distorsiona la capacidad de ver genérica del sujeto.

 

La sublimación del yo-idea:

 

     Si el yo-idea acaba siendo un factor relevante que influye constantemente en la persona, cuando piensa acerca de sí misma la distorsión es mayúscula, porque convierte en identidad lo que no es más que un rasgo que le ha sido adjudicado, directa o indirectamente, por el entorno. Una persona que goza genéticamente de una fuerza superior a la media, puede vivir toda su existencia con la noción de ser “débil” si durante la infancia ha sufrido malos tratos de forma reiterada o ha sido obligada a enfrentar situaciones de lucha de poder para los que no estaba preparada. Esta persona no es incapaz ni impotente; todo lo contrario: es capacidad de hacer; pero vive ignorante de esta realidad, convencido de carecer de fuerza para enfrentar el entorno.

 

     Y este convencimiento no es un problema de energía, es un problema mental, porque se basa en la idea “soy una persona débil” que está en el subconsciente y por lo tanto no se percibe. Un problema que se reafirma en el momento en que el sujeto procura disimular la supuesta “debilidad” convirtiendo la necesidad en virtud y autodefiniéndose como “paciente”, “sumiso”, “considerado” o cualquier otro calificativo que confiera un significado positivo a esta presunta debilidad. Así, una persona que tiene complejo de ser intelectualmente limitada se autodefinirá como  “avisado”, “tradicional”, “realista”, etc.; y otra que se considere deficiente en términos de afecto se definirá como “sacrificada”, “voluntariosa”, “comprensiva”… Todos estos calificativos tienen un matiz positivo, porque ser alguien “sacrificado” se considera socialmente como algo positivo. Lo malo es que en este caso, uno es “sacrificado” porque cree que no tiene otra alternativa para subsistir en un entorno en el que, presuntamente, nadie le valora.

 

     Por lo tanto, el yo-idea no aparece necesariamente como algo negativo, aunque en el fondo lo sea; lo cual dificulta más todavía la tarea de percibirlo. No es algo que pueda observarse a simple vista ni se pueda deducir a través de un proceso especulativo. Requiere de una observación profunda, susceptible de sacar a la superficie las ideas básicas más escondidas y ver cómo se disfrazan adoptando un aspecto positivo. En cualquier caso, ha de quedar claro que no todos los calificativos positivos que el sujeto se atribuye corresponden al yo-ideal. De hecho, ya se ve que no es ningún ideal ser una persona muy “realista”, muy “sacrificada” o muy “trabajadora”. El yo-ideal presenta contenidos mucho más estimulantes.

 

Jordi Sapés de Lema. “El concepto de personaje en la línea de Antonio Blay”. Editorial Boira. 2020.  

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