Las gotas (2ª parte y final) 

Pasando a la práctica 

Harta de vivir como una gota, Gota Chata tomó la determinación de ir hasta donde fuera necesario para comprobar los enormes potenciales del agua. Había oído hablar de una gota: Gota Sabia, famosa por su profunda comprensión de estos misterios y decidió colocarse bajo su disciplina. 

Gota Sabia, nada más llegar, le comunicó lo que ella ya sabía de memoria: que no era una gota, sino agua. Y algo nuevo: que tenía que dejar de identificarse con su manera de ser gota. 

Recordando su capacidad de aguantar una presión superior a la de los demás gotas. Gota Chata intentó ser más modesta y no alardear de sus virtudes. Se obligó a repetir mentalmente una y otra vez: “yo no soy una gota mucho más capaz que las demás de aguantar la presión sin quejarme: lo que soy es agua”. Pero no obtuvo ningún resultado, ni apareció el agua por ninguna parte. 

Posiblemente, Gota Sabia no era tan sabia como su nombre indicaba. De hecho, todo lo que allí se explicaba se podía encontrar en los libros. Quizá no era cuestión de sabiduría, sino de fortaleza. 

Cambiando de técnicas 

Fiel a su determinación, Gota Chata se dirigió a otra maestra muy famosa, conocida como Gota Fuerte. 

Gota Fuerte le prescribió unos ejercicios para que intentara ensancharse y ser más redonda. Esto, le pareció muy interesante porque era una posibilidad que ella nunca había imaginado. 

Gota Chata se olvidó por completo del agua y se puso a hacer los ejercicios. Con el fin de modificar su forma y ensancharse, tenía que hacer más fuerza contra las paredes de la botella y también contra las gotas adyacentes. 

Lógicamente, estas prácticas aumentaron la presión habitual y el consiguiente malestar. También le acarrearon las protestas de sus gotas vecinas. Pero ambos efectos le proporcionaron la ocasión de demostrarse a sí misma y a las demás gotas, su especial capacidad de aguantar más presión que nadie. Para demostrar lo fuerte que era, siguió unos días más con los ejercicios. 

Sin embargo, cada vez que descansaba, recuperaba su forma inicial. Y tampoco se le aparecía el agua por ningún lado. Quizá no era cuestión de fuerza,  sino de bondad. 

A la tercera, va la vencida 

Gota Buena fue entonces la elegida para lograr lo imposible: conseguir llegar a ser agua. Informada de su situación, la maestra le propuso a Gota Chata que dejara de identificarse con su sufrimiento. 

Una vez más, se entregó con todo su afán a cumplir las instrucciones y se dedicó a tener paciencia con las paredes de la botella y con las gotas de su vecindad. Las miraba sonriendo y les decía: “no me importa la presión que me estáis haciendo, ni el malestar que me ocasiona”. Y pensaba para sus adentros “¡qué capacidad tengo de aguantar tanta presión!” 

Las vecinas empezaron a burlarse de ella y a mirarla como si fuera un bicho raro. Al cabo de un tiempo, constató que la excluían de sus conversaciones y que ni tan siquiera hablaban de ella para criticarla. Empezó a deprimirse y tuvo que reaccionar rápidamente para no caer enferma. 

Afortunadamente, recuperó su salud física y mental y se convenció de que llegar a ser agua era un propósito irrealizable. Peor que esto: no era más que una ficción. 

La vía de la no-acción 

Pero, cuando se es un elegido no se puede abandonar tan fácilmente. Por sus lecturas, Gota Chata sabía de la existencia de un camino muy distinto, un camino en el que lo correcto era no hacer nada. “No haciendo nada –pensaba Gota Chata- no correré ningún peligro”. 

Después de mucho buscar, consiguió encontrar una representante de esta vía. Y después de mucho insistir logró que la recibieran. 

Gota Nula, que así se llamaba, al enterarse de sus intenciones de no hacer nada, la echó a cajas destempladas. Tuvo que insistir muchas veces y escribir innumerables cartas para obtener una segunda audiencia. 

En este segundo encuentro, se le informó de que “no hacer nada” significaba: no hacer nada. En otras palabras: olvidarse por completo de que era una gota. 

Por una parte, Gota Chata se sintió aliviada. Por otra, sus temores reaparecieron: ¿cómo podía olvidarse de que era una gota y resistir al mismo tiempo la presión?, ¿si ella olvidaba que era una gota, no la olvidarían de nuevo todas las gotas del entorno? 

Cuando la renuncia ha de ser total 

A modo de prevención, pidió información acerca de lo que acontecería si la operación de olvidarse de ser gota tenía éxito. 

Recibió como respuesta que no acontecería nada, porque no había nada que pudiera acontecer. Que de hecho, ya era agua y que por tanto nada cambiaría. Preguntó si, por lo menos, desaparecería la presión y recibió de nuevo una respuesta negativa: la presión no podía desaparecer porque era el modo de existencia del agua en el lugar que residía. 

Preguntó entonces qué utilidad podía tener para ella,  como gota, realizar esta experiencia y se le contestó que ninguna. 

Tales respuestas sumieron a Gota Chata en una total confusión: en las palabras de Gota Nula había, sin duda, un sentido oculto que ella no alcanzaba a descifrar. Seguramente Gota Nula lo hacía ex profeso para que ella lo percibiera. 

Quizá, si el experimento no era útil para la gota, debía serlo para el agua. El agua no deseaba nada: en el hecho de ser agua residía todo cuanto pudiera necesitar. 

La ciencia acude en nuestra ayuda 

Por su parte, Gota Oronda había decidido dedicarse a encontrar la manera de controlar y dominar las corrientes del centro de la botella. Su objetivo era desplazarse y detenerse a voluntad. Nadie lo había conseguido, pero sabía que algo se investigaba en los torbellinos.  

Los torbellinos eran unas corrientes que permitían a las gotas moverse en un círculo cerrado, pasando una y otra vez por el mismo sitio. Este movimiento circular, creaba un punto central que giraba a gran velocidad sobre sí mismo, manteniéndose fijo en aquel lugar. 

Dicho fenómeno se utilizaba para transmitir conocimientos a las gotas. Las estudiantes daban vueltas en torno a una gota académica que repetía sin cesar todo lo que había averiguado en sus viajes. 

Naturalmente, solo las gotas que tenían algo importante que explicar podían desempeñar esta función. Ser una gota académica implicaba un gran prestigio y reconocimiento. Porque, las que accedían al cargo debían renunciar a seguir viajando y, por tanto, a renovar y aumentar sus conocimientos.  

Otro grupo de elegidos 

Gota Oronda se matriculó en el Torbellino Superior de Dinámica de Gotas. Quedó muy impresionada al ver que las gotas deambulaban por allí mucho más despacio que en su entorno habitual. Y sobre todo que, dejando de lado a las recién llegadas, ninguna parecía tener ganas de comunicar nada a las demás. 

En cambio, en las clases todo giraba muy deprisa. Gota Oronda, por más atención que ponía, no conseguía asimilar la información que voceaban las gotas académicas. Todo le sonaba a puro trabalenguas. 

Pero no le costó demasiado advertir que el puesto de gota académica podía satisfacer uno de sus más ansiados deseos: disponer de un público obligado a escuchar sus historias. Y se propuso hacer los méritos necesarios para obtener una plaza en el torbellino. 

Tampoco tardó en descubrir que para permanecer en él no era cuestión de entender nada, sino de repetir lo escuchado lo más fielmente posible. Y que esto se conseguía girando mucho tiempo en torno a las gotas académicas. 

La práctica científica 

El paso siguiente fue detectar que cualquier gota que hubiera demostrado ser capaz de repetir los discursos de las gotas académicas de un modo prácticamente exacto podía aspirar a un puesto en el torbellino. 

Todo era cuestión de continuar girando en torno a una determinada gota académica hasta conseguir llamar su atención y convencerla de reunir los méritos necesarios para ser nombrada su ayudante. 

El trabajo de las ayudantes consistía en ocupar circunstancialmente el lugar de las gotas académicas, de tal forma que estas pudieran descansar. Desde luego, no se permitía que las ayudantes explicaran sus propias historias. Tenían que limitarse a repetir los de la Gota Académica a la que sustituían, aunque se consideraba de buen tono olvidar expresamente. 

Cuando las ayudantes no desempeñaban esta tarea, permanecían recluidas sin hacer nada, ocupación que se conocía con el nombre de “investigación”. 

También la ciencia tiene sus heterodoxos 

Sin embargo, algunas gotas ayudantes, aprovechaban esta reclusión para intercambiar información entre sí. No era información científica, sino simples historias personales de su vida anterior, antes de residir en el torbellino. 

Así fue como la Gota Oronda pudo enterarse de muchas leyendas acerca de la existencia de zonas de la botella en las que las condiciones de vida de las gotas eran muy distintas. También recibió cumplida información de toda clase de supersticiones acerca de la naturaleza y posibilidades de las gotas. Entre otras, nuestras ya conocidas teorías del agua. 

Las compañeras que le hicieron tales confidencias le advirtieron del peligro que suponía hacer referencia a estas teorías en las instalaciones del torbellino. Las gotas que mostraban un cierto interés al respecto, eran expulsadas de inmediato.  

Solo estaba permitido hablar de ellas ocasionalmente en el transcurso de alguna fiesta, y siempre con el fin premeditado de burlarse de sus presupuestos y ridiculizarlas. Cuanto más se reían de esto, más científicas aparecían las gotas. 

Cuando vio que estas reuniones eran peligrosas y no le llevaban a ninguna parte, Gota Oronda decidió olvidarse de todas estas teorías y entregar su vida al sueño académico por excelencia: descubrir de qué estaban hechas las gotas y olvidarse de todas estas supersticiones. 

Llevando la heterodoxia al límite 

Gota Oronda llegó a escribir un libro acerca de la naturaleza de las gotas. Y, por azar, cayó en manos de Gota Chata, que había oído que leer era una pérdida de tiempo.  

Como estaba muy aburrida sin hacer nada, pensó que la lectura podía ser otra forma de no hacer nada más divertida. Total, que se sumergió en las teorías de Gota Oronda acerca de la naturaleza de las gotas, hasta llegar a la conclusión de que tales teorías no le aclaraban absolutamente nada. 

No obstante, fue en este libro donde encontró la paz; concretamente en el capítulo final donde Gota Oronda disertaba sobre el diferente comportamiento de las gotas en las distintas zonas de la botella. La cuestión era que a alguien se le había ocurrido preguntarse por la naturaleza, no del agua, sino de la botella. 

Esto despertó a Gota Chata de su sopor, ¿cómo era que a ella no se le había ocurrido tal pregunta? Rápidamente leyó la respuesta: la pregunta era improcedente, porque carecía de sentido. 

Jordi Sapés de Lema.  Las Gotas. Publicación digital. https://autorrealizacion.org/images/adca/libros/las-gotas.pdf 

Si quieres leer el principio del cuento, clica aquí:  https://autorrealizacion.org/images/adca/libros/las-gotas.pdf 

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