La unidad (2ª entrega de 3) 

  

[Blay acostumbraba a dar “cursos para antiguos alumnos”. Con ello se refería a aquellos que habían al menos acudido a escucharle una vez los temas básicos de su enseñanza: el personaje, el centramiento, los niveles superiores, etc. Este artículo es la segunda entrega del capítulo dedicado a “la unidad” y procede de la transcripción de uno de esos cursos.] 

3.- Interacción armónica 

Estamos viviendo ya una unidad, aunque la vivamos durmiendo. Cuando despertamos, cuando tomamos conciencia de esa unidad en la que vivimos, esa unidad que somos y en la que somos, entonces nuestra conciencia se expande, vivimos la realidad como es, y me vivo a mi mismo en mí, en lo otro y en el movimiento. Cuando se aprende a vivir así, es como si toda situación fuera como un ballet que hacemos conjuntamente. El movimiento que yo hago está necesariamente seguido por el movimiento del otro que lo completa; constantemente cada acción es consecuente a otra acción y es antecedente de otra acción que la completa. Forma todo una unidad dinámica en todos los aspectos: en el aspecto fí9sicñ, en el aspecto afectivo, en el intelectual, en el de los niveles superiores, en todo. Es sólo nuestra miopía o nuestra rigidez mental la que impide darnos cuenta de esta unidad viviente en todo. 

La existencia es algo que hacemos todos conjuntamente en relación con todo y a la vez nosotros mismos somos todo. En esta especie de ballet, yo personalmente cumplo una parte, pero mi conciencia está viviendo la totalidad del ballet. Yo encarno personalmente un aspecto, y en ese sentido mi personalidad se expresa como parte, pero a la vez, paralelamente, mi conciencia más interna y superior está viviendo activamente la unidad en todo movimiento. Esa conciencia transpersonal que me permite vivir a mí y a lo otro como una parte mía es un aspecto muy concreto de trabajo que conduce a esta conciencia de unidad. 

Ahora bien, cuando yo actúo, cuando yo hablo ¿vivo eso? Para vivir eso es necesario que yo esté viviendo lo mío y lo otro en un mismo acto de percepción. Que yo esté viviendo al otro como algo mío; que esté atento a lo otro, no solamente en mi mente sino también en mi corazón. Y entonces todo lo que el otro hace es a la vez algo que ocurre en mí, a lo cual yo respondo activamente en mi propia personalidad. Y así se produce una interacción constante entre una parte de mí y otra parte de mí, y gracias a esto vivo mi unidad total, me injerto activamente en la unidad objetiva total. 

Siempre que se vive así, la experiencia es gozosa. Es un ballet pero también es un juego, ya que el juego consiste en lo mismo: en que yo esté atento al otro y que mi acción complemente la suya (y la suya complemente la mía). Así, yo entiendo al otro no como un enemigo, no como un competidor, sino como un colaborador en el acto de vivir esa unidad total. 

4.- Ausencia de esfuerzo 

Cuando se vive la unidad de un conjunto se producen varias cosas extraordinarias. En primer lugar, se experimenta la sensación de unidad y de cosa acabada, bella y perfecta, producida por toda acción completa en sí misma. Pero además hay otras cosas más curiosas, como, por ejemplo, el hecho de que, si yo me vivo de manera dinámica en esa unidad, no existe nunca el problema del esfuerzo. 

El esfuerzo solamente se produce cuando hay conciencia de resistencia. Cuando yo estoy abierto a la fuerza del otro, o a la acción, o al poder (del tipo que sea) y a la vez estoy abierto a mi poder, entonces descubro que es un solo poder el que está funcionando en esa unidad que se expresa a través de mí y a través del otro. Esa conciencia en mí del poder en el otro impide la resistencia. Y entonces puedo movilizar, es decir, se moviliza naturalmente en mí una energía que es capaz de hacer grandes cosas. Cuanto más mi mente está dividida, mayor roce, mayor tensión, contraste, resistencia, esfuerzo, fatiga. Cuanto más mi mente vive una unidad, la unidad en todo, entonces esa mente se convierte en el poder único dentro de ese todo; y cuando se manifiesta un poder único, no existe el esfuerzo. 

Cuanto más yo me cierre en mi postura personal como distinto de lo otro, se producirán más miedo, más tensión, resistencia, y mayor necesidad de esfuerzo. Cuanto más pueda yo abrirme a la fuerza del otro (y ese otro puede ser incluso impersonal, intemporal, puede ser cualquier cosa), cuanto más yo pueda vivir la otra fuerza, abierto, de manera que yo la viva como sintiéndola en mí, más yo formaré una unidad dinámica y creativa con esa misma fuerza, sin ningún esfuerzo. 

5.- Necesidad de apertura mental y afectiva 

Toda fuerza que yo vivo como exterior es a la vez un aspecto de mi conciencia. Cuando yo la acepto de ese modo en mi conciencia –y eso es lo que ocurre cuando yo estoy abierto mental y afectivamente-, aquella fuerza no es una fuerza aparte y extraña en mí, sino que es una fuerza en mí que a su vez provoca la respuesta correspondiente también en mí. 

Todo estímulo provoca de modo natural una respuesta equivalente al estímulo. Si cuando yo hablo vosotros estáis atentos, centrados pero receptivos, notaréis que todo eso que digo y yo mismo es como si de algún modo estuviera dentro de vosotros, como si fuera algo vuestro. Si yo ahora hablara de unas cosas más sublimes, más delicadas, esa delicadeza no la veríais en mí solamente, sino que la sentiríais en vosotros. Si yo me pongo a hablar en un tono más fuerte, más frío y más exigente, entonces lo probable es que cada uno se cierre porque sienta incomodidad o miedo; pero si uno es capaz de mantenerse abierto y centrado, de manera que el impacto entre libremente en la mente y la afectividad, entonces uno sentirá dentro de sí toda esa fuerza que yo expreso, la sentirá dentro de sí, y esa fuerza que yo expreso provocará una respuesta equivalente de un modo natural. 

Pero cuando yo freno el impacto de la fuerza con la mente, entonces no se produce esta respuesta; al frenarla porque siento miedo, al defenderme de ello porque lo vivo como algo exterior a mí y quizá peligroso, impido que se produzca esa respuesta equivalente al estímulo. Entonces es cuando yo me cierro, me encojo, y entonces necesito enfadarme mucho para movilizar fuerza o violencia, he de hacer un gran esfuerzo del que se derivan todas las complicaciones. 

Es necesario ver bien ese mecanismo. He empezado esta sesión diciendo: somos seres cósmicos y toda la potencia del cosmos se expresa en nosotros. No es que se exprese ahora, sino que es la que nos mueve en todo momento ya que siempre está detrás de todo lo que estamos haciendo; y podemos abrirnos totalmente a ella ¿Cómo?: sin ningún esfuerzo. 

El problema de la energía, el problema del valor, del coraje, no es nunca un problema de esfuerzo; es justo lo contrario, es un problema de no-esfuerzo. El problema está en impedir hacer el esfuerzo, impedir resistir o cerrar la mente. Yo he de mantenerme centrado y abierto a la fuerza exterior y esto automáticamente producirá mi respuesta interior de energía, sin límites. Cuanto más soy capaz de mantenerme abierto y más fuerte es el estímulo, mayor es la respuesta. Y esto no tiene fin. La resistencia física del hombre sí tiene fin, pero la potencia no tiene fin y la conciencia de esta potencia tampoco tiene fin. Así, en arte de ser capaz de hacer grandes cosas no consiste en hacer mucha fuerza sino en permitir que la fuerza infinita que nos anima funcione, sin ponerle ninguna traba. Y yo no le pongo ninguna traba cuando soy capaz de vivir centrado y abierto a las situaciones. Entonces, vivir así, no crea ningún problema; vivir así es cuando uno es capaz naturalmente de responder a toda situación de la manera que convenga sin tensión, sin el menor esfuerzo. 

Antonio Blay Fontcuberta. “La realidad. Curso de profundización y diálogos. Cap 3, la unidad.” Editorial Indigo. 1994. 

Primera entrega, pincha aquí: https://autorrealizacion.org/la-unidad-1a-entrega-de-3-2/

Imagen: Pixabay 

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